Las dos semanas en
Monterrico pasaron muy rápido, finalmente. Fue tiempo suficiente para que Marco
salga de ahí moreno y barbudo, con unos kilos más y pelo bien cortadito. Si ponía
los chayes medio-oscuros, era imposible reconocerlo. Como ya tenía todo
planificado cuando salió de Ciudad de Guatemala, se la pasó como que de
verdaderas vacaciones, coqueteando con turistas gringas de más edad que él,
abordándolas siempre con el mismo discursito:
- ¿Me
llevaría usted en su valija de vuelta a su país? no ocupo mucho espacio…
En unas oportunidades,
la historia hubiera podido terminar o empezar en la cama pero Marco le ponía un
alto al juego cabal a la entrada de la habitación de la señora. Porque era solo
un juego, nada de ir a embarazar la hija de Donald Trump, por ser demasiado conservador
el dadi, ni tampoco recuperar unos bubones de una enfermedad exótica de Texas o
Dakota. Con el canal 29, Marco se quedaba feliz.
De hecho, en realidad,
no fue dos semanas sino un mes de descanso que se tomó el dichoso, si incluyamos
el viaje desde Monterrico hasta Cobán, pasando por Tapachula, tan sórdida como
la tenía en su recuerdo de veinte años antes, el DF, tan contaminado en ciertas
zonas que ni puedes respirar, Chetumal, siempre ininteresante, unos días para
ver Tikal, como no señor si usted se lo puede permitir. Si no tomamos en cuenta
que casi se cayó de la terraza del Templo V por hacer el payaso frente un grupo
de turistas japonesas, todo estuvo perfecto. Es que Marco hubiera podido
pasarse la vida entera en los pulman mexicanos, tan le gustaba viajar con ese
medio. Por el buen estado de las autopistas donde se deslizaba el vehículo, no
como Guate que tienes la impresión ser un paquete. También por la
correspondencia total entre el número de asientos y el número de viajeros que
dejan subir, así que no tienes que aguantarte estar de pie en la fila del medio
durante todo el viaje y agacharte cada vez que cruzan un control policiaco,
como en Guate. También el comportamiento respetuoso de los choferes que te
saludan, manejan con cuidado (bueno, no siempre) y no imponen a todo volumen
sus gustos musicales personales, como en Guate. También puedes conocer a gente
nueva, hasta interesante a veces, con quien compartir conversación y comida y
no pasarte todo el viaje espiado por miradas de reojo, como en Guate. También
no vas a tener que ver gente tirando pañales con mierda, botes de cheve o
huesos de pollo por la ventana porque el planeta tiene que ser como mi casa, un
basurero, como en Guate. Sea dicho de paso, a pesar de todo, el pasaporte, un
verdadero pasaporte falso, que Marco recogió en Tapachula, era guatemalteco.
Ahora Marco se llamaba Pedro, Pedro Arriola, y la foto se parecía mucho: un
gordito moreno con barba, pero sin chayes porque ya los prohibió Tío Sam por si
se escondería un terrorista musulmán atrás.
Así que llegó feliz a Cobán
y no con tantas ganas de trabajar. Se instaló en Los Fanales, un lugar sin
mucha personalidad, salvo que parece natural que alguien buscando una finca
para comprar se quede en el hotel más caro de la ciudad ¿no? Marco no tenía
mucha idea de los criterios para elegir un beneficio de café pero era parte del
plan. Muy poca gente no cae en la trampa de quien se hace pasar por un imbécil,
porque muy poca gente tiene esa capacidad: parecer más estúpida de lo que es en
realidad. Digamos: voluntariamente. Solo platicando por aquí y por allá, ya tenía
dos citas previstas para el viernes, a penas cuarenta y ocho horas después de
su llegada en la capital k’ekchi.
La primera era a la hora
del almuerzo con un tal Pascual Ospina Monroy, en un restaurante frente el
hotel. El tipo, bajito, con pantalones tocando acordeón y afeitado con machete,
llegó con casi una hora de atraso. Ni se disculpó. De entrada, le cayó mal a Marco.
Pero dependía más que todo de donde se ubicaba la propuesta:
- Fíjese,
uste, que esa finca la tenemos en la familia desde tres generaciones. Pero se
fue creciendo, comprando cuando había chance. La última vez fue hace siete años
con diez y seis manzanas. Así que ahora tiene sus dos caballerías y medio ¿nada
mal, que le parece?
- Es una propiedad grande ¿tiene nacimientos de agua?
- Como no, tiene seis, también una catarata, produce su
propia energía eléctrica con un molino de agua.
No lo quiso mostrar pero el detective se quedo friqueado
por la idea y se le escapó una exclamación:
- ¡Qué
bien, la autonomía total, su propia agua y su propia luz!
Su interlocutor lo miró
con cara de quien se está preocupando de donde sale este payaso. Pero no
importaba. Ahora la pregunta de las preguntas:
- ¿Dónde se encuentra esa belleza?
- A ver, le hago uno su planito.
Agarró una toallita de
papel y empezó dibujando:
- Es fácil. ¿Uste conoce a Fray, Fray Bartolomé de las
Casas?
Marco respondió cortésmente
que más o menos a pesar de que esa zona no tenía nada que ver con lo que le
interesaba a él. A partir de ese momento escuchó a Ospina Monroy solo con un
oído, asentía de vez en cuando de un gesto de la cabeza. El precio estaba
totalmente exagerado y no quedaba bien claro quién era el dueño de esa belleza.
Sin embargo, le llamó la atención cuando el otro comento que la región de Fray
era tranquilla, no como Senahú:
- ¿Y eso? cuestionó Marco.
- ¿No escuchó
uste lo de Senahú, bueno ahí un poco más arriba de Senahú, hace ya unos meses?
- Pues no ¿qué paso?
- Un doble asesinato, la
esposa de un finquero y su administrador. Les torturaron y luego les
ejecutaron.
- ¿Y se sabe quién es? preguntó
Marco.
- Mire, todo esa cuenca
del Polochic es un lio, todo es político.
- ¿Cómo así?
- Digamos que es como
que sigue la guerra, por un lado los militares, por el otro los ex
guerrilleros, los ixtos entre ellos, y sus tierras, claro.
-¿Quieren sus tierras dice usted?
- No es
tanto que las quieren pero delimiten sus territorios, parece guerra, como
antes.
- ¿Entonces, ese doble
crimen que me contaba usted?
- Los ixtos, los ixtos,
seguro. Chucho no come chucho, uste lo sabe muy bien. Quieren la revancha.
Asusta, claro, pero mire uste, si lo humillan, lo explotan así, desde siempre,
un día se enoja uno ¿no cree uste? Me asusta pero entiendo que el rollo no
puede ser otro.
El detective, en un
primer momento sorprendido por esa nueva hipótesis, la descartó rápido. No era
una probabilidad sino solo las fantasías de un racista.
- Racista
y liso de ni disculparse a pesar de llegar con no se cuanto tiempo de atraso, masculló
Marco.
La segunda cita lo tomó también
por sorpresa pero por otra razón. Tenía que encontrarse con un tal Dominique
Gourbeau Velásquez a las 7:00 de la noche en el bar de Los Faroles. Llegó un
poco antes para gozar tranquilamente de un whisky seco y dar una ojeada a la
prensa del día. No tan tranquilamente porque
ya estaba instalado un grupo de turistas españoles cuya principal característica
no era la discreción. Poco antes de las 7:00 entró una mujer de unos treinta
años, elegante con un vestido rojo seguramente de ejecución italiana y un corte
de pelo recordándole a Marco Juana de Arco. A pesar de la atracción que sintió Marco
por esa aparición un poco a fuera de contexto, se sumó en la lectura de los
últimos acontecimientos en cuanto a crímenes, robos, secuestros, corrupción,
malversaciones, bueno, lo de siempre y de cada día en nuestra querida prensa
nacional. Pero tuvo que emerger de nuevo cuando escuchó los pasos de la mujer
acercándose. Levantó la cara, no solo lo estaba mirando sino que también le
hablaba:
- Perdone la molestia ¿usted es el señor Pedro Arriola
Santos?
- Así es,
respondió el detective ya de pie y ofreciendo a la desconocida que tome asiento
en el otro sillón: por favor…
- Un gusto, dijo ella, con
una mano firme como hierro recién fundido.
- ¿Y con quien tengo el
gusto? si me permite preguntar. Vos, cuando te paras hacer el ridículo, avísame,
pensó.
- Soy Dominique Gourbeau
Velásquez, respondió con una discreta sonrisa.
- Es que… balbuceó Marco.
- No se preocupe, le comentó
la mujer siempre con la sonrisita, estoy acostumbrada. Llámeme Dominique, será
suficiente…
- ¿Sabes que, vos? pensó
Marco, ya no sos ridículo sino que totalmente estúpido...
Mientras la señora
Gourbeau Velásquez pedía un té de manzanilla, Marco trataba entender quien tenía
al frente. Así, a grandes rasgos, de origen francesa y española, con papa y
educación. El objeto de su estudio sumario lo interrumpió en pleno análisis:
- No se
preocupe, repitió, entiendo que se sienta en apuro. De hecho, mi nombre es
masculino y femenino, así es. Y no creo que usted sea de esos profesionales que
tienen capacidades particulares para identificar rápidamente con quien tienen el
gusto…
A la defensiva, el
detective preguntó:
-¿En qué sentido?
- El vestido, la manera
de hablar, de moverse, no sé, dicen que en Estados Unidos, la policía tiene psicólogos
que pueden detectar si alguien miente solo por la posiciones de su cuerpo, el
movimiento de sus ojos y de sus manos…
A Marco le hizo gracias
esa mujer con tanta imaginación que no estaba muy lejos de la verdad:
- ¡No, no
soy policía, gracias a Dios! Pero a mí también me gusta leer novelas
policiacas.
Los dos se rieron como
que si se conocían desde mucho. La señora Gourbeau probó su te antes de colocar
su tasa en la mesa baja:
- Muy
caliente, voy a esperar un poco. Entonces, señor Arriola ¿usted está en
búsqueda de un finca de café?
- Efectivamente, recibí
una herencia y amigos míos me aconsejaron invertir en ese tipo de actividad.
- ¡Que coincidencia! Fíjese
que la finca que tengo a la venta es herencia de un familiar que desapareció
hace poco.
- Todo mi pésame…
- Gracias pero por favor
no tenga esa cara dramática, la recibí de un tío que nunca tuve el honor de
conocer. No vivo en Guatemala, precisó ella. Un gabinete de abogados de la
Capital maneja el asunto pero, otra coincidencia, estoy de paso en Cobán y
tenia curiosidad encontrarlo.
Marco se quedó mudo, no sabía
cómo reaccionar.
- Y sin
ser psicóloga ni policía, me parece que usted no sabe mucho más de café que yo.
Se rieron tanto que los españoles
ruidosos se callaron unos minutos.
Al final de cuenta, la
señora Gourbeau Velásquez y el señor Arriola Santos hablaron de todo, de la
crisis internacional, de Sherlock Holmes, de la existencia real o no del
quetzal, de su desinterés reciproco para el football, de los impresionistas y
del surrealismo, de volcanes y lagos. Se rieron de todo menos del café. Por no
mencionarlo ni una vez. Cuando se separaron, quizás porque sintió que Marco se
iba a atrever a proponerle algo, ella lo saludó fríamente:
- Fue un
verdadero gusto compartir ese momento con usted, pero tengo que acostarme
temprano, tengo mi avión para Europa mañana a medio día
De regreso en su
habitación, Marco pensó que tenía que tener paciencia. Su plan era bueno, su
información más que valida, solo había que tener paciencia.
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