Tenía cita con Pascual Reyes García a las 10:00. Se aprovechó para tomar tranquilamente su desayuno en el patio del hotel: huevos estrellados a la ranchera con chirmol, frijol volteado con queso de capa y platanitos con azúcar, acompañados de un jugo de naranja natural y, más que todo, un excelente expreso de este café de Cobán con sabor mezclado a flores y frutas con una discreta acidez. Sin azúcar, por supuesto. Seria criminal. Aquí tenemos cultura de café pero no tememos cultura de café, pensó Marco. Por supuesto, hay una explicación: hasta que ocurra la crisis del café del año 2000 – que nunca se supo exactamente lo que pasó pero no hay duda que pequeños cafetaleros perdieron todo en esa época –, el café de calidad era destinado a la exportación y el que se quedaba flotando a la superficie del tanque de agua iba para los nacionales. Hace apenas diez años que se puede comprar café en los supermercados que no sea de lentejas.
Se recordaba Marco la chistosa historia de la legalización espiritual del café. Es que tenía sus adversarios, fíjense, pretendiendo que era bebida del mismísimo Belcebú. Bueno, esa gente para quien, lo que no es de su gusto es que es del Diablo, las brujas, los judíos, los negros y la vecina que anda con minifalda. Lo que les caía mal en aquel tiempo es que el café venia de regiones con una mayoría de gente de religión musulmana. ¡Hasta llegaron al Vaticano para que sea prohibido el café! El entonces Papa Clemente VIII decidió que lo más inteligente era probarlo. Se tomó una tasa del diabólico brebaje y decidió que no había razón dejar el gozo exclusivo de esa delicia a Satanás y los infieles sino que se vuelva una bebida cristiana. ¿Bendito buen sentido, no?
Luego dio un paseo por la plaza de Cobán, Ciudad Imperial. Al fondo estaba la Catedral con el Convento a su par. Quizás es por el espacio tan exagerado que ocupa este ultimo que la Catedral tiene solo un campanario... En el centro de la Plaza de la Paz, un kiosco tipo de los años treinta. Feísimo, pensó Marco. A la derecha el Palacio de Gobernación, une belleza arquitectónica con sus arquerías en los corredores exteriores de la fachada de dos pisos. Entre el kiosco y la punta de la plaza, la escultura de Manuel Tot, indígena independentista que murió torturado por la denuncia que hizo su confesor. Los religiosos no tienen siempre buen juicio ¿no?
Se encontraron con Pascual Reyes García en un pequeño restaurante dando sobre la plaza y de donde se puede ver el monumento dedicado al indígena mártir. De cómo se conocieron con Marco dos años antes fue una pura coincidencia: Marco investigaba para un particular sobre las razones por las cuales un amigo suyo empresario había organizado su propio asesinato. Cuando iba por acercarse de una explicación plausible pero todavía sin pruebas tangibles, habían intentado eliminarlo en dos ocasiones. Ante esa situación, se había parado la investigación y se le había asignado durante seis meses dos elementos de la Policía Nacional Civil, uno de los dos estando Pascual, k’ekchi’ originario de una aldea muy aislada de la región de Cahabón. Media como 1.85, por la abuela que tuvo que hacerse amiga con el finquero alemán para poder sobrevivir, decía él, riéndose. Se hicieron cuates y luego siguieron en contacto cuando Pascual venia de visita a la Capital.
- No te dije nácar por teléfono, sabes cómo son las cosas…
- Claro, respondió el policía, está bien, lo entiendo. Entonces ¿cuál es el asunto?
La mesera se acercó:
- ¿Les tomo la orden?
- ¿Tiene expreso? pregunto Marco.
- ¡Ja ja ja! se río Pascual ¿por qué crees que elegí este lugar? Y para mi, una tisana de apazote, agregó dirigiéndose a la jovencita. ¿No quieres comer algo?
- No, gracias, desayune tarde, respondió Marco. Mira, la razón oficial de mi presencia aquí es para la remodelación del casco de una finca.
- ¿De veras? ¿Te volviste designer? bromeó Pascual.
- Pues, oficialmente, si, respondió Marco, sonriendo.
- ¿Tienes tu diploma? preguntó.
- Nel pastel, trabajo a base de inspiración, comentó sarcásticamente Marco.
- Entonces, sigues con lo mismo, ya me siento más tranquilo…
- Que bien, que bien, se río Marco. Como que de nada dio una ojeada alrededor y murmuró: se trata de una finca en el Norte.
- Entonces, llévate una buena chumpa porque hace un frio por allá…
- Gracias por el consejo, y me imagino que en las lomas, de noche, es peor.
Pascual le envió una mirada explicita. Ya entendía de qué se trataba. Tosió y se agachó discretamente en la mesa:
- Todo lo que salió en la prensa son babosadas.
- Miércoles, pensó Marco ¿y eso qué? ¿Todo, todito? preguntó.
Se acerco de nuevo la mesera para proponer otro expreso. Pidieron dos.
Cuando se alejó la chavita, el polaco confirmó:
- Todiiiiiito!
Marco se quedó calladito. ¡Vaya sorpresa! Pascual siguió:
- Miraste un mapa, me imagino.
- Pues sí, claro.
- Un mapa con montañas, valles, valles más que todo en lo que nos interesa ¿no? Por donde puedes llegar y salir. No por lomas ¿para qué irse a perder en una loma, salvo si lo necesitas absolutamente?
- Si, me di cuenta que estamos a fuera de un camino lógico. Pensé tal vez un lugar para descansar, donde uno puede dejar sus cosas mientras tanto…
- Pero si ya tienes donde descansar, como dices, si tienes tu posada en tu mismo camino ¿para qué ir a buscar otra a fuera de tu trayecto habitual? insistió el chonte.
- Como te digo, también me llamó la atención… respondió Marco. ¿Existe otra lectura?
- ¿Oficial? No, esta conviene perfectamente al proyecto de lanzar una gran operación contra esa gente dentro de poco.
- Entiendo, comentó Marco ¿pero esa teoría que salió en los medios no es de fuente oficial?
- Parece, por testigos del lugar mismo. Digo parece porque no está probado eso.
- Entonces, no van a investigar ustedes…
- No creo. Hay otras prioridades, aquí en la cabecera, y ni alcanzan los recursos, lo de siempre, suspiró Pascual.
Llego la mesera con los cafés. Miró a Marco con sonrisa de niña. Muy joven esa güira, pensó. ¿Cuándo van a entender que los niños tienen que estudiar y no trabajar? A lo mejor, los hermanos van a la escuela pero las patojas no. Pinche mentalidad, no vamos a avanzar con esa manera arcaica de ver las causas.
- ¿Y tú?
- Dando las circunstancias, podría ser cualquier estupidez, hasta cacos que llegan ahí, se meten y entran en pánico y viene la catástrofe…
- ¿Vale la pena ir a ver con sus propios ojos? preguntó Marco.
El policía se agacho más en la mesa y susurró:
- ¿Sabes qué? Pienso que es precisamente lo único que hay que hacer si se quiere saber algo más que el romance que salió en la prensa.
- Cabal, respondió Marco, voy allá por la tarde. En helicóptero, agregó.
- Vaya, vaya, señorito, bromeó Pascual. Qué bien. Si te interesa, te pongo en contacto antes de que te vayas con un colega que estuvo en el lugar el viernes. ¿Sí?
- Ok ¿cuándo? ¿Dónde?
- Dame dos segundos. Llamó por su celular, dos o tres palabras y colgó: a las 12:00, en tu hotel ¿es el de la Doña, sí?
- Así es.
- Entonces 12:00. Se llama Víctor Rivera.
Cuando salió de la cafetería Marco, el chipichipi ya había empezado y se mojó en el camino. Lo papearon con este rollo de los narcos, y ahora llovía recio. Se había ido la buena onda de la mañana.