Citas y reuniones, Marco
tuvo un montón. Pero no se presentaba el chance que él esperaba, según “el
Plan”. Eso, hasta su encuentro con Alejandra Perdomo Sáenz, más
de una semana después de haber llegado en la capital k’ekchi’. Cabal era de
esas rocolas que le caían mal, que nunca trabajaron de su vida, fruto de un
casamiento de interés donde una de las grandes familias viene a salvar, no lo
dicen pero lo piensan, de otra amenazada por la bancarrota. Y además viuda, es
decir sola, y a la merced de unos zopilotes, llamados abogados-notarios en
lengua oficial. Pero simpática, cuando le dijo:
- ¿Sabe
usted, no soy nada más que una de esas viudas que nunca trabajaron y un día se
encuentran solas con un montón de buitres que se quieren aprovechar de su
ingenuidad, para decirlo así, me entiende?
Le llamó la atención a Marco la sinceridad de la vieja, y
el hecho que vendía una finca arriba de Senahú, la finca arriba de Senahú. Por fin… bueno, de hecho, le había
costado solo una semana de citas donde lo dejaron varias veces plantado y unas
reuniones con estafadores. Se juró regalarle al Diplomático una caja de
Etiqueta Negra, y otra para sí mismo por nunca haber dudado de su información.
Se sentía muy bien:
- Que bueno cuando las cosas van según el plan previsto,
pensó, lo que no ocurre muy a menudo, pues.
Y que fácil: esa señora
no sabía mucho más que él en cuanto al cultivo de café y todo lo que tiene que
ver con el tema.
Se pusieron de acuerdo que
se iban a juntar el sábado para ir a visitar la finca El Paraíso. Así que
después de un viernes pasado en la cama a dar vuelta al asunto, Marco tenia la
chispa máxima cuando se encontró con Alejandra Perdomo Sáenz
esperándolo a la par de su 4x4, una Land Rover de saber que milenio que se merecía
un lugar en un museo. Se río la señora:
- No tenga malos pensamientos,
señor Arriola, ese vehículo se parece a mí, tiene recursos inimaginables…
Se le quitó definitivamente la duda al detective cuando
llegaron a la entrada de Senahú a como 150 kph.
- ¿Usted se preguntara si fui piloto de Fórmula 1? Preguntó
ella.
- Mire, Doña Alejandra ¿puedo llamarla así?
- Por favor, Don Pedro.
- Mire, sin ofender, estaba pensando en algo parecido.
- No hay ofensa, mi estimado, no hay ofensa. Si usted me
estaba imaginando manejando en un rally, pues fíjese que no está muy lejos de
la realidad.
Mirando con ironía la
cara sorprendida del Marco, agregó en un suspiro nostálgico:
- Solo
que fue hace medio siglo, como corre el tiempo ¡increíble!
Llegaron a la finca El Paraíso
a mediodía. Después de cruzar unos kilómetros de selva, un camino de terracería
bordado por dos inmensos potreros llevaba hasta un portón majestuoso y sus guachimanes,
la casa de los dueños con sus dependencias, los depósitos de agua, las bodegas
y los talleres. Y estaba el personal indígena trabajando por todas partes. Marco
pensó que todos los beneficios de café se parecen, al final.
- ¿Le
gusta las flores? preguntó Doña Alejandra.
Se dio cuenta Marco que,
a diferencia de otras fincas que había visitado en esos últimos días, esa
estaba literalmente invadida de flores. No sabía mucho sino nel pastel de
flores pero se quedó boca abierta de los centenares de orquídeas salpicando el
lugar.
- Que
belleza, comentó. Y era sincero.
También le sorprendió
agradablemente la bienvenida que le dieron los empleados, las señoras de la
limpieza, hasta los guardianes. Nada que ver con la relación que tenía el
propietario de Las Lomas del Norte con la gente local. Se imaginó cuando
llegaba Carolina
Menéndez de Gramajo en esa
finca, que la recibían con mucho afecto, sentimientos, y por ende respeto. No
el respeto obligatorio al patrón, el respeto para alguien que respeta a los demás.
Doña Alejandra le presentó cada persona, siempre con un cumplido sobre cada
una. Se acercó una señora de tanta edad que se hundían sus ojos entre sus
arugas. Se abrazaron tan efusivamente que Marco se sintió indiscreto:
- Por
favor, acérquese jovencito. Doña Matilde, este es Pedro, no es lo que parece,
es buena gente, se lo puedo asegurar.
El detective sintió un
gran malestar a la vista de las lágrimas discretas en los rostros de las dos
ancianas, tan diferentes, tan diferentes a parte de esas lágrimas, las mismas,
de pura felicidad por encontrarse.
- Perdone
tanta emoción frente un desconocido, Don Pedro, fíjese que esa mujer es la
mujer que me dio luz, ella me confiero mi nahual, tenemos el mismo, pero es un
secreto, usted sabe, dijo poniendo su indexo en sus labios.
- ¿Nahual? se preguntó Marco.
Tengo que consultar el amansaburros más tarde.
- Si voy
bien con las cuentas, tiene más de cien años Doña Matilde ¿así es?
- ¡Hiiii,
mucho más, mucho más! se exclamó la comadrona. Pero usted hace bien no revelar
la edad de una chica a un patojo que saber por dónde y con quien estuvo
andando.
Y las dos viejitas
muertas de la risa, de tanta risa que Marco se temó de que habían elegido ese
momento preciso para un infarto compartido.
Pasaron el día domingo
visitando la finca. A Marco le sirvió mucho lo que le había enseñado la gente
de Las Lomas del Norte, más que todo cuando las discusiones se ponían muy
técnicas. Estaba avergonzado de engañar a esa mujer tan simpática, generosa.
Pero había que seguir el plan sea lo que sea. Dieron una vuelta en tres caseríos
donde vivían los trabajadores del beneficio con sus familias. Por todas partes,
los k’ekchies acogían a Doña Alejandra con mucho cariño. Se lo comentó ella en
el camino de regreso al caso de la finca:
- No se
equivoque, mí estimado Pedro, mi esposo les trataba como animales y nunca tuve
yo que involucrarme directamente en la gestión de la propiedad, la producción y
menos con la gente que trabaja aquí. Usted sabe como es la gente, lo básico que
necesita… entonces, el era el malo, y yo la buena.
- ¿Qué tanto la molesta
ser la buena? respondió impertinente Marco.
- Señorito insolente, no
me molesta eso. Me preocupa que la gente no… mejor dicho sé que he vivido toda
mi vida, y vivo muy bien, del sudor de esa gente que me quiere tanto.
- Nadie es perfecto…
- Nunca había escuchado
una banalidad tan cercana a la realidad.
- Esta bien enojada la señora,
pensó, con sí misma. ¿Para qué tener tanta experiencia, entonces? dime.
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