La Triple N (+c)


NEO porque suena asi como que de moda

NOVELA porque a la gente le encanta las historias

NEGRA porque si no te ries te queda solo llorar

chapina, ni mas ni menos

Como que nunca llegó la primavera este año - 4


Le gustaba levantarse de madrugada, a la hora del nixtamalero, con el frio del alba y las nubes todavía pegadas a las montañas, para caminar por el casco de la finca antes de desayunar. Falsa rubia con ojos café, tenía puesto un grueso pullover de lana de lama, vaqueros con espeso cinturón de cuero y botas mejicanas con tacones y puntas. Le faltaba solo el sombrero blanco y un trasero quizás más imponente para parecerse a esas chavas que colean el culo en los videos de canción ranchera. Pura subcultura de bares (con o sin leonas) y cantinas para quien tiene la polla al lugar del cerebro (pero no al revés) y prefiere tomarse el sueldo que regalarle un nuevo par de zapatos al güiro. A la señora Carolina Menéndez de Gramajo, le encantaba. Mejor dicho: la excitaba. Hasta los olores del campo. No de la naturaleza, del campo, es bien diferente. Aspiró profundamente ese perfume autentico de estiércol que usan para abono.

La Doña parecía tener más o menos la trentena. Era el caso, con treinta y tres años de edad exactamente. Se había casado a los veinte por caer embarazada de un imbécil que tenía más del doble y que le servía de marido desde entonces. De hecho, y se lo masticaba de vez en cuando, de hecho la estúpida fue ella por rechazar la propuesta de aborto que le hicieron sus padres. Por respeto a Dios, repetía la pequeña necia. Arrepentida la Doña, no te puedes imaginar hasta donde… Pero, finalmente, la vida no había sido tan difícil para ella, bien al contrario. El esposo no le exigía mucho, por decir nada. Estaba quizás frustrado de no tener todavía un hijo varón para retomar los negocios. Digo quizás, porque nunca había hecho directamente referencia al tema sino por indirectas comentando el caso de tal o tal fulano.

Pasó la entrada del casco, donde se apreciaba plenamente la magia del lugar. Desde ahí se miraba la ruta de terracería que se juntaba a la carretera de asfalto después de dos kilómetros serpenteando entre las montañas. A su derecha espejeaba une pequeña laguna con las primeras vislumbres del día. A la izquierda, un inmenso potrero, de un verde muy vivo, y luego unos bosques de pino. Dando la vuelta, atrás del casco de la finca desfilaban altas montañas. A unos quinientos metros, salía un camino para el pueblito de los colonos. Ahí, desde hace varias olas, vivían los trabajadores k’ekchies de la finca con sus familias, en sus champas. En una pequeña loma atrás del pueblito se distinguía las tumbas coloradas de su cementerio. Se recordó Carolina de su primera visita del lugar.

Tenía entonces apenas veinte años. A pesar de que estaba embarazada de ocho meses y pico, que nunca había tenido la oportunidad de salir de su barrio capitalino de la zona 1, Don José Luis Gramajo López, con quien acababa casarse porque ya no había por donde, insistió para que visite, así pretendía él, la finca de sus tatarabuelos. La casa del dueño era inmensa, de buen gusto y agradable. Con sus murallas de adobe, conservaba el calor cuando venia el frio del invierno y quedaba fresca a pesar del calor veraniego. También le encantaba el sonido de la lluvia cayendo sobre las láminas y el canto de todos esos pájaros. Pero le chocó el pueblito con sus champas de paredes de palos y sus techos de posh. Apestaba a pobreza.
- Así prefiere vivir esa gente, explicó su marido. Intente arreglar unas cosas pero son felices así: tienen trabajo, casa y su lote para su milpita y su hortaliza. No me vas a creer: ¡Les propuse tener una escuelita pero lo rechazaron!
La jovencita no quedó del todo convencida. Por el contraste y sobretodo porque en veinte años de vivir en la Capital, jamás se hubiera imaginado que podía existir tanta miseria con ese olor insoportable. Sin embargo se acostumbró a la idea: cada uno en su mundo tal como le gusta. Y esa gente ni hablaba español o con dificultad, entonces... En sus momentos de sinceridad o de capricho, pensaba que al fin y al cabo no era desagradable ser la Doña de la finca. También no podía olvidar lo que había pasado en esa primera visita a Las Lomas del Norte.

Ya era de noche. Habían cenado a la luz de candelas. Carolina no se recordaba que habían comido pero si le quedo grabado en el olfato el agradable perfume del ocote. Ahora estaban conversando sentados en el salón mirando el fuego de chimenea, solo ella y ese hombre que tenia de esposo. Se asustó cuando llegaron las primeras contracciones y se puso a llorar. El la abrazó explicándole que era todavía muy temprano para dar luz. ¿Muy temprano? ¿La hora? ¿El día? ¿El año? ¿Qué estaba diciendo ese idiota? Así paso una y otra vez. Carolina ya no aguantaba el dolor y el pánico. Trataba guardar la calma pero ya no aguantaba. Más que todo la cara de estúpido del marido que hablaba como que se la sabía todo. ¡No hacia ni miércoles porque ni entendía lo que estaba pasando! Carolina se puso a gritar:
- Pero ¿vas a hacer algo a me vas a dejar así como una miserable?
Don José Luis Gramajo López salió corriendo y regresó después de una eternidad con dos mujeres del pueblito.
- Son comadronas, te van a ayudar. No te preocupes, ya lo hicieron centenares de veces.
Carolina gemía entre susto y cólera. Se recordaba la visita a la clínica de la Capital donde estaba previsto su parto, tan reconfortante. Las dos viejas pusieron candelas de varios colores por doquier. Mientras una estaba farfullando tirando un polvo en el fuego de la chimenea, la otra hablaba con Carolina acariciándole la frente. ¿Qué le susurraba esa desconocida? ¿Y porque esas incautaciones? El pánico aumento. ¿Dónde estaban los dos mundos juntos pero separados? El otro mundo acababa irrumpir en su vida en el peor momento. Las dos señoras hacían gestos, mimando como tenia Carolina que respirar. No entendía ni una palabra de las dos mujeres, tampoco lo que comentaban entre ellas. Una palpó su vientre enorme y repitió una palabra varias veces a su marido:
- Dice que es una hembra, tradujo.
- ¿Dónde estoy? pensó Carolina ¿Cómo lo puede saber ella? Quiero estar en la clínica, no entre esas brujas.
Casi se desmayó cuando escuchó el pequeño grito. Era una niña. En el mismo instante, Carolina decidió llamarla Dolores. Su esposo, el padre, estaba de acuerdo.

Hoy, Dolores tenía trece años y era una joven fuerte y hermosa. Nunca se enfermaba y era estudiosa, tranquila. En casa o en las fincas, no tenía dificultad para ligarse con los demás niños. Sin embargo, cada vez que la veía jugando con sus niños de ellos, Carolina se recordaba con inquietud de la comadrona echando polvo en el fuego. Luego se tranquilizaba rápidamente imaginándose que por ese misterioso rito, cuando se cruzaron los dos mundos en una noche de dolor y de esperanza, tal vez por eso Dolores era tan perfecta.

Como que nunca llegó la primavera este año - 3

Le costó entrar. En la garita, no entendían o hacían como que no entendían. ¿Por la mala pinta de su carcacha? O solo porque hora del lonch: olía a pollo frito (con hormonas) y tortillas frescas (sin maíz). Por culpa de su nariz que se puso a picarlo y luego de su estomago que se puso a chillar, Marco empezó a tener filo y se recordó que aun no había almorzado. Saber si fue porque se había pasado unas horas documentándose sobre Cobán y la región de La Verapaz, pero se le vino a la mente un kak’ik vaporando acompañado de sus tamalitos y una o ¿por qué no? dos copas de tinto chileno, más precisamente un shiraz del Casillero del Diablo. Le gustaba el nombre, aunque sea como llamaban a una loma redonda en el sur de Francia hace unos cuantos siglos, a él le sonaba como un viaje, mejor dicho un vuelo, en alfombra persa, entre Damas y Bagdad. También este sabor fuerte que queda pegado a la lengua horas después de tomárselo. Se recordó que tenía que pasar a casa del Negro recuperar unas botellas de una caja que compraron justos, a un precio muy interesante… Finalmente les dejaron entrar, él y su escarabajo azul celeste, muy machado, muy chocado, por falta de fondos para un enderezo total.

Cruzó la colonia La Cañada admirando las villas de lujo, más bien el tamaño que el estilo, en general pomposo y de mal gusto.
- Parece que les encanta los columnas griegas y los halls de edificios nuevayorkanos a los embajadores y los narcos, pensó Marco.
Eso se comentaba de La Cañada: un embajador, un narco, un embajador, un narco… De vez en cuando salía en la prensa que habían encontrado unos millones de dólares bien empaquetados en armarios tratados para resistir a los efectos nocivos de la humedad, en espera de que una lavandería se encargue de limpiar esos billetes sucios. En la casa de un narco, no de un embajador, por supuesto, a pesar de lo que podían insinuar los chismes. Llegó frente la casa de José Luis Gramajo López. No se miraba nada sino una muralla como de ocho metros de altura disimulada bajo una espesa capa de uña de gato recubierta por partes de tumbergia. Con la puerta de entrada y la del garaje (para mínimo tres coches) pintadas de negro, la fachada no llamaba la atención, ni tampoco las cámaras hábilmente escondidas en el follaje a cada extremo. A penas iba tocar el timbre que se abrió la puerta sobre un gigante con cara que se quería acogedora:
- Mucho gusto, Don Marco, soy Haroldo Hernández Herrera, fue yo quien lo llamó.
- Un gusto, respondió Marco, sorprendido por la mano suave de la gorrilla. Pensaba que lo iba a machucar…
- Pase por favor, el boss está esperándolo.

Pasaron por el corredor de la entrada, dos salones donde podían entrar varias mesas de ping-pong, amueblados de mesas, sillas y baúles de madera con ese tinte oscuro proprio al estilo antigüeño. Llegaron a una inmensa terraza donde dos niñas jugaban en una piscina del tamaño del apartamento de dos habitaciones de Marco. La vista, esplendida, daba sobre la última finca que queda todavía al final de la zona 14, medio escondida y accesible solamente por la carretera a Bocas del Monte. Sentado en un sofá de mimbre, un gordinflón de más a menos cincuenta años con tacuche se levantó para darle un abrazo de oso:
- Don Marco, es un honor recibirlo en mi modesta casa. Entiendo que usted tendrá antepasados europeos. Me permito decírselo por su puntualidad, agregó riéndose. Es un real placer saber que todavía tenemos une verdaderos profesionales en este país. Por favor, tome asiento, sí, en ese sofá, por favor. Si es que no almorzó aun, le propongo acompañarme…
- Se lo agradezco, muy fino.
- ¿Usted tomará un aperitivo? Scotch?
- Con usted, pero sin hielo, por favor, respondió Marco.
El señor José Luis Gramajo López sonrió, fijando su mirada en los ojos de Marco como buscando algo, antes de decir:
- Y nuestro invitado tiene el sentido del humor ¡Excelente, excelente!
Marco no logró detectar si había apreciado o no la broma. Decidió mejor no atreverse otra vez.

Tomaron el whisky comentando la belleza de la vista. Luego el señor José Luis Gramajo López contó que era originario de Cobán, donde su familia vivía desde cinco generaciones. En la época de la Reforma liberal, a finales de los años 1800, de agricultora su familia pasó a administrar fincas de café creadas por alemanes o más bien suizos-alemanes:
- Quizás por esa razón siempre fuimos y somos gente muy puntual, agregó el finquero, mirando de nuevo Marco fijamente, el rostro impasible. Marco no movió ni un dedo, conservando la cara del alumno atento.
- Este sí que es un alagartado de primera, pensó Marco, mejor cuidarse.
Siguió contando el finquero como poco a poco sus antepasados se convirtieron a su vez en cafetaleros, hasta su padre quien logró adquirir otras fincas en la Boca Costa y Santa Rosa. El mismo había pasado una gran parte de su infancia entre San Marco y Barberena. Pero, explicaba, Las Lomas del Norte, así se llamaba su finca en Alta Verapaz, seguía siendo donde la familia tenía sus raíces. Incluso, cuando un alto oficial de Ejército había tratado comprarla – que sea dicho de paso, a muy bajo precio – en 1976, todos los hombres mayores de edad de la familia se habían juntados en la finca, armados para defenderla hasta donde sería necesario:
- No es casualidad, susurró, que mi padre fue asesinado el mes siguiente. No tenemos ninguna duda sobre quien lo hizo. Si no es indiscreción de mi parte ¿Estuvo una vez usted en las filas, Don Marco?
- Este cabrón, sí que es hoyero, reflexionó Marco. Hice mi servicio militar, respondió.
- Claro, claro, yo también, bueno en realidad en una oficina de la Capital, nada espectacular, comentó el finquero, la mirada flotando en dirección de la piscina:
- No le presente mis dos hijas, Dolores y María, de once y trece años de edad, mis dos preciosidades, el oro de mis ojos. En esos días, mi esposa esta justamente en Las Lomas del Norte, revisando las cuentas.
Por pura cortesía, Marco preguntó donde estudiaban.
- Aquí, en la Capital, la mayor en un colegio americano y la pequeña en el colegio francés. Mejor no meter todos sus huevos en la misma canasta ¿No cree usted? dijo con una risa medio amarilla. Sin esperar una respuesta, preguntó de nuevo: ¿Cree usted que una mujer puede dirigir una finca?
- Ahí viene otra trampa, pensó Marco, seguro que ya tiene la respuesta. La verdad es que no tengo la menor idea en qué consiste la gestión de una finca, respondió.
El señor José Luis Gramajo López se río, complaciente, y lo invitó a empezar a comer.

¡Un almuerzo utz pin pin! hubiera dicho la abuela de Marco. Comenzaron con un guacamole exquisito seguido de un puyazo suculento acompañado de papas como Marco no se recordaba haber degustado. El vino tinto, francés, un medoc Chateau La Branne 2007, era una delicia. No conversaron mucho mientras comían, solo banalidades sobre el clima, los efectos del último huracán sobre la producción agrícola y unos intercambios prudentes sobre la política ni chicha ni limonada del Presidente Obama en cuanto a los migrantes latinos ilegales en los Estados Unidos. Regularmente, la prensa escrita informaba de la situación de los deportados por avión que llegaban al país por centenares cada día. Las dos niñas, bajo la vigilancia de dos muchachas, eran muy discretas y, le llamó la atención a Marco, en ningún momento se dirigieron a su padre. ¿Disciplina suiza-alemana? se interrogó Marco. Después de terminar el postre, un inolvidable sorbete casero a la frambuesa, el señor José Luis Gramajo López invitó Marco a pasar en su estudio para tomar un digestivo.

A su gran sorpresa, el lugar no se parecía en nada a esas tradicionales oficinas de abogado-notario tal como las conocía Marco, con su librería cargada de libros con encuadernación de cuero y diplomas colgados por todas partes. Sabiendo que más diplomas en las paredes… Al contrario, era una oficina high-tech de paredes blancas con escritorio de vidrio, una computadora plana último modelo y un sofá con una mesita también de vidrio donde les esperaba un Fine Napoleón ya servida en dos copas para coñac. Ningún documento a la vista, ningún papel. Cada uno tomó asiento a un extremo del sofá. El finquero suspiró, lisando su fino bigote:
- Me imagino que es tiempo explicarle porque pienso que sus servicios me podrían ser útiles, Don Marco.
- Soy todo oído, señor.
- Bueno, no voy a ir por cuatro caminos. Fíjese que tengo la mala impresión que traficantes están utilizando Las Lomas del Norte para sus negocios, o que lo quieren hacer, a lo peor quieren meter la mano sobre la finca. Parece locura pero ya varios finqueros en las Verapaces y en El Peten tuvieron que abandonar sus propiedades bajo amenazas cuando no fue por el asesino de familiares o del personal administrando esas fincas.
- ¿Qué espera de mi? preguntó Marco.
- Una investigación discreta, muy discreta, en la zona de Cobán y de Senahú. Por supuesto, ninguna intervención directa suya sino toda la información que pueda recolectar. Si no me equivoco ¿Usted estudio unos años en arquitectura en la San Carlos?
- Mira como viene preparado, pensó Marco. Si, efectivamente.
- Excelente, lo presentaremos como encargado de un estudio para remodelar la casa allá, así que usted podrá movilizarse sin que nadie sospeche lo que sea.

Aceptó sin regatear la propuesta económica que le hizo el finquero para esa pequeña investigación: podría reembolsar todas sus deudas y tomarse un año sabático si le venía las ganas. Sin embargo, cuando salió de la villa, a pesar de lo suave de la frambuesa y del coñac, sentía un sabor amargo en la boca.

Como que nunca llegó la primavera este año - 2


Dio otra y otra vuelta en la cama pero imposible dormir más. No por unas cheves nocturnas ¿Qué te vas a imaginar? Tampoco por el tiroteo que les regalaron como postre. Si no dormiría por los balazos que se recibió en la vida, este Marco ya se hubiera ganado el Guiness del insomnio. La molestia venia de un vecino brincando con láminas, dándole y dándole con su pinche martillo. Siempre lo hacen el sábado o el domingo. No queda claro si es para que todos sepan que un buen padre de familia tiene que chapucear el fin de semana, a horas tempranas, claro ¿sino para qué? O es que más tarde tienen muchas cosas que hacer como sentarse a mirar el partido, uno con su lirio, otro con su octavito que saca discretamente de debajo de la caja de herramientas mientras la Seño se fue a misa con la marimba de güiros. Así que Marco se levantó de bastante mal humor. No le convenía. Tenía que calmarse, concentrarse sobre los últimos eventos.

Tomando su expreso, una mezcla de café de Cobán, de Huehue y de Fraijanes acompañado de unas champurradas ya no muy frescas, le echo un vistazo a la prensa que le había dejado Ana Beatriz, su muchacha, en la mesa de la cocina. Bueno, muchacha para decirlo así porque seguro que era la única domestica criolla de todo el país, sabiendo que la mayoría de las llamadas muchachas son patojas menores de edad de aldeas indígenas, cuya necesidad e ingenuidad permite explotarles a fondo. A sus empleadores, muchos de ellos mestizos medio urbanizados y no tan fichudos, les permite creérsela, monos de la oligarquía que pueden así desahogar sus frustraciones sociales sobre más gafo y marginalizado que ellos mismos. Ana Beatriz era sobrina de un antiguo alcalde capitalino, canche de oclayos azules, quien se sentía más vasco que chapín. Cuando supo que la chava estaba adicta a la cocaína ¿con tanto pisto y aburrimiento, quien no lo hubiera estado? este hijo de conquistador no tuvo mejor idea que dar la consigna a toda la familia de no conocer ni reconocer a la joven ni cruzándola en la calle. Por pura chiripa, se encontraron ella con Marco en una panadería de la zona 10: nácar de amor eterno, nada de sexo casual, solo limpiar el pequeño apartamento dos veces a la semana, y dejar la prensa cuando pasaba ella cada mañana para ir en otra casa vecina a cuidar niños.


Nada novedoso, siempre los mismos temas de siempre: el espectro de la inseguridad y sus cadáveres salpicados por toda la bendita Nación, los últimos casos de corrupción descubiertos por casualidad o por denuncia de un rival (raras veces por investigación de los servicios oficiales encargados), y el anuncio del próximo huracán, Johnny. Los gringos le dieron nombre en inglés al pendejo, algo excepcional. ¿Será que les acusaron de demagogia por darles nombre en español a esas tormentas que no se cansan de cruzar el Caribe y América Central a lo largo del año?
-¿Por qué no darles nombres africanos con todo lo que tuvo que aguantarse la gente de la Nueva Orleans? se preguntó Marco.


Agarró su cuadernito de apuntes para empezar a poner en orden sus ideas en cuanto a su nuevo trabajo cuando una foto en la portada de Prensa Libre llamó su atención. Abajo de la ilustración, la leyenda decía: “Destrucción de 332 kilos de cocaína decomisada en Cobán.” Se veía una gran fogata con representantes del Gobierno asistiendo al evento. Era espectacular el cliché por ser tomado de noche. Sin embargo, a pesar de la obscuridad, se distinguía bien los rostros de los participantes: el representante del Ministerio Publico en Cobán, el Jefe de la Policía Nacional Civil, el Jefe del Departamento de lucha contra los narcóticos de la misma policía y un cuarto personaje un poco atrás identificado como “el señor José Luis Gramajo López, propietario de la finca Las Lomas del Norte”. Igualito como cuando recibió Marco en su salón tres días antes en su elegante casona de La Cañada en la Capital, el Don vestía ropa italiana hecha sobre medida que disimulaba sutilmente una muy fuerte corpulencia. Intrigado, se puso a leer el artículo.

Afirmaba que “según un trabajador, el administrador de la finca Las Lomas del Norte, Alfredo Pop Choc, desde hace varios meses autorizaba aterrizajes en la propiedad contra retribución de los traficantes. Parece que hubo un desacuerdo entre ellos sobre la suma que recibía y que por esa razón denunció la presencia de los narcos en la zona al dueño de la finca, José Luis Gramajo López. Ese último informó a las autoridades, quienes allanaron el lugar en la noche de viernes a sábado. En la casa del propietario encontraron los cuerpos de su esposa y del administrador. La señora de Gramajo estaba de descanso durante esos días en la finca. Los dos cadáveres mostraban claras evidencias de tortura.”

En una declaración, el Jefe de la Policía indicaba que “Sobre insistencia del mismo señor José Luis Gramajo López, nos acompaño en el allanamiento. Estaba cuando entramos en la casa. Es una pena.” Por si el lector no había bien entendido, el periodista insistía en que “vio todo y no hizo ninguna declaración, totalmente perturbado por el espectáculo de los cadáveres de su esposa y del administrador, más que todo de su ser querido”.
- ¿Que mierda es eso? pensó Marco. Un tipo lo contrata el miércoles para averiguar si no usan sus fincas para narcotráfico y matan a su esposa y su administrador el día siguiente, unas horas antes de que las autoridades descubren los cuerpos y una montaña de cocaína.
Ahora sí, empezaba el dolor de ñola.


Trató imaginarse a José Luis Gramajo López, como se sentía. ¿Estaba todavía en Cobán, en otro lugar consolando familiares o ya de regreso por helicóptero en la Capital, en La Cañada, donde vivían sus hijas? Se recordó de la llamada telefónica:
- ¿Usted es Don Marco?
- Si, el mismo.
- Aquí le habla Haroldo Hernández Herrera. Lo llamo por parte del señor José Luis Gramajo López, de Cobán, a quien lo recomendaron a usted como un excelente profesional.
- Le agradezco el cumplido. ¿En qué les puedo servir?
- Mire, Don Marco, el señor Gramajo López le propone un encuentro en su casa de la Capital el día miércoles, si es que usted seria disponible. Se encuentra en zona 14, La Cañada ¿conoce usted?
- Sí, claro.
- ¿Tiene para apuntar? Cuarta calle, 7-74.
- Muy bien ¿A qué hora?
- Después de mediodía, a la hora que le conviene mejor a ustedes.
- Digamos a las 13:30 de la tarde ¿Le parece?
- Perfecto. Lo esperamos entonces.
Y este Haroldo Hernández Herrera colgó sin más comentarios ni las habituales salutaciones de cortesía entre gente que no se conoce.

Como que nunca llegó la primavera este año - 1



- El ultimo, vos, ya no reconozco ni a mis rieles…
- ¿Seguro que son tuyos?
- ¡A la gran, que te importa, vos, no chingues!
Marco se calló. Otro delicado más con la jipa complicada. Seguro que pegará a su mujer cuando llegará a casa. Si logra recordarse donde se encuentra el dulce hogar. Marco hizo la cuenta: son quince botellas de Gallo vacías bien alineadas en la mesita, mientras se tomada una, Buey se chupaba cuatro, con la que se está terminando entonces son once, lo que podría explicar su mirada flotante, si no es por mosqueado. Impresionante ver un tipo de esa corpulencia con enojo. Mide casi su metro noventa, con brazos más gruesos que las piernas de Miss Guatemala. Cargar y descargar quintales de una cosa u otra durante todo el día vale el mejor de los gimnasios. Bueno, gimnasios entre la Novena y donde estaba la Terminal Sur no debe haber muchos. Así no perdió Buey un cuerpo atlético adquirido poco a poco con un entrenamiento diario durante quince años en el Ejército. Por lo que acababa contarle a Marco, no fue del todo fácil su regreso a la vida civil en el país de los chaparritos: 
- Los pinches políticos, mano, te despiden de un día para otro con unos lenes y te la tienes que arreglar. Sin hacer bulla ¿me captas?
 

No fue su caso cuando lo contrató una de esas empresas privadas de seguridad atentas a reclutar los “buenos elementos” que salen del rango y buscando chance. No había terminado su mes de prueba que Buey ya se había metido con unos colegas en un súper plan para robar un transporte de valores entre Cobán y la capirucha. Estaba bien bravo Buey, porque sospechaba a uno de sus cómplices:
- ¿Qué crees tú? El pisado se asustó… compartió su preocupación con su mujer quien se fue a chismosear con la vecina quien se lo comentó a saber quién. ¡Hasta tal punto que el chisme dio tantas vueltas que nos llegó suficiente a tiempo para dejar esa mierda!
A pesar de bolo aplastado por los vapores etílicos que parecía, Buey se partió de la risa, una risa como la de un enorme ogro de esos cuentos que aterroricen a los niños, dándole del puño a la mesa, hasta que se cayeron varias botellas en el piso sucio de la cantina Las Gemelas, sembrado de colillas y escupitajos. Se acercó una de ellas para jalarle las orejas:
- Vos, Buey ¿te crees en casa de mami o qué? No estás en tu aldeíta ¿me entiendes? Aquí es un negocio tranquilo ¡no estás en la placita de vaqueros!
El regañado fijó la patrona a través las brumas del patin. No se parecía por nada a esas chavas en bikini exhibidas en las paredes de este honorable comercio en carteles de publicidad para aceites, llantas y otros productos de talleres grasosos:
- ¿Me lo dices por moreno? preguntó con tono poco amigable. No se preocupe, no se va a armar la gorda.
- Te lo digo por cansado que te ves, papaíto, comentó con voz ya más simpática. Vamos a cerrar ¿te regaló la ultima y me liberan el lugar, si?
¿Otra? Seguro que con esa decimotercera chela, Buey no iba a dar nada más de información, de lo poco que se logro extraerle con pena, sobre “el asunto”. Ya se tiraba con otro tema, más suyo:
- ¿Viste como nos tratan, mano? Yo soy del Progreso, palabra grande para un departamento tan pequeño que lo cruzas sin darte cuenta. Así decía mi papa. Aquí, en la Capi, nos tratan como burros. Como que todos somos vaqueros. Bueno, mi papa era vaquero, y lo respectaba mucho la verdad. El me enseñó que quien tiene trabajo duro, más duro es su trabajo, más lo consideran como una mierda ¿sabías eso?
No sé si fue para apoyar su afirmación profundamente filosófica, Buey tiró un pedo de… buey.

- ¡Caballeros, ya es hora! gritó la dueña.
Gruñón, Buey se puso de pie, titubeando, el resto de las botellas se fue volando. El borracho casi se resbaló pero sorpresivamente, tal una campeona de patinaje artístico, recuperó el equilibrio de inmediato:
- ¡Aquí, nadie me va a tumbar!
- Está bien, está bien, comentó la gemela mastodonte, que les vaya bien.
Y a pesar de que Buey estuvo repitiendo que a la ley de Cristo, cada quien con su pisto, le tocó a Marco cancelar todo por tener más capacidad no tanto económica sino mental.
Marco se paró en el umbral, poco alumbrado por un pobre farolito de luz roja, esperando Buey. A ver si lograría fijar otra cita con él… Pero Buey le pasó al frente, directo a la calle:
- Déjeme que me eche una araña rapidito, que ya me hago.
Como que para aportar su contribución ciudadana al fuerte olor a orina y zope invadiendo la entrada, Buey se pegó a la pared y empezó a regarla. Marco miró su reloj: ya las 3:00 de la mañana. Solo escuchó un motor que venía a toda velocidad, muy pegado a la acera.
- ¡Cuidado, Buey, son capaces atropellarnos empatinados que son! gritó Marco.
Vio el brazo saliendo del vidrio bajado atrás de la 4x4 pero ya era demasiado tarde. Una ráfaga labró la pared, agarrando Buey a altura de la cintura.
- AK47, identificó Marco, tratando tirarse a dentro de la cantina. Escuchó tiros pasándole a ras de las orejas.
Reptando, volvió a fuera. Nadie salió de la cantina sino que se cerró la puerta de metal atrás de él.
- Bonita la solidaridad, pensó Marco, sonriente. No me sorprende…

El coche ya había desaparecido a la esquina. Se levantó Marco, acercándose de Buey, nadando en una charca de sangre. Le puso dos dedos en la yugular: pulso cero. Mejor irse rápido, antes de que lleguen los chontes, si es que circulan todavía las pachucas a una hora tan tarde. O que den la vuelta esos pendejos para venadearlo. Sin correr, Marco se alejó del lugar, agarró la cuarta calle hasta la tercera avenida y camino hasta la gasolinera que quedaba siempre abierta. Ahí había dejado su carro. Sacó un sweater limpio, un casquete tipo parisino que se había comprado en México el año pasado y oclavios tipo profesor de segundaria. Entró en el centro de convivencia, donde pidió un americano con dos nonas. Se iba a quedar un tiempito en la zona, a ver si corría información, por si acaso. Era difícil entender lo que había pasado. ¿Eran unos locos probando su nueva compra, querían darle aguas a Buey, a él, a los dos? ¿Tenía que ver con el asunto por lo cual lo contrataron a Marco hacia apenas 48 horas? Entonces, si, son bastante rápidos y furiosos los malditos.