Una idea es como una
nube: nace, se extiende, cambia su forma hasta dejar el espacio a otras nubes,
diluirse en ellas, etc. etc. Los que creen que se les viene una idea, buena por
supuesto, como una bombilla que de sopapo se enciende ¡Eureka! son unos babosos.
Así había opinado sobre el tema en el último partido de póquer
regado de Etiqueta Roja con Conejo, Negro y El Diplomático. Se imaginó con un
poco de nostalgia que podrían estar haciendo los hermanos mal criados en este
momento.
- Bueno, primero
voy a dar otra vuelta en el mundo trabajador de esta finca. Luego llamo al Diplomático.
Es que esa nueva idea de
que el asesinato de la esposa y del administrador tenía que ver con acontecimientos
pasados en Las Lomas del Norte estaba tomando forma. Marco le daba ya más importancia
a lo que le había contado Víctor Rivera en Cobán sobre la esposa del finquero
husmeando en los archivos del INTA.
- ¡Mejor moverse rápido antes de que se diluye! se burló Marco
para sí mismo.
Jacobo le sirvió de guía. Durante el desayuno, Marco
había tratado resumir los avances de su investigación. Primer punto: versión
oficial, autoridades y prensa, el narco. Segundo Punto: versión non oficial,
todos los testimonios en la finca, nada de narco sino que rollo ligado al
pasado. Tercer punto: dos semanas ya de investigación y solo una impresión
vaga. Conclusiones: pocos avances. A Jacobo no necesitó explicarle nada:
- Estamos a la
orden, Don Marco.
Ya tenían media hora caminando en el pinche lodo. El
cielo se había literalmente caído sobre la finca durante la noche.
- Espero que no
vamos a chapotear horas porque hoy no tengo ganas, pensó Marco en plena
digestión.
Como si había adivinado sus pensamientos, Jacobo le grito
desde arriba de la loma donde llegaban:
- ¡Ultimo pequeño
esfuerzo, Don Marco, ya estamos!
De pie en la punta de la roca que acaban de escalar, Marco
miró el paisaje. Aun no lo aburría el verde oscuro de las plantaciones de café,
continuaba el lugar ha captivarlo de su magia perniciosa. Escucho voces,
reales, en español y en k’ekchi’. Se acercaron del extraño espectáculo: un
señor le estaba gritando en español a otro señor respondiéndole en k’ekchi’:
- ¡Mira, vos,
indito haragán, me quiebras otra rama y yo te quiebro la cabeza! ¿Oíste?
El otro le respondió algo en k’ekchi’, Marco lanzó una
mirada a Jacobo pero ese no comentó nada.
- ¿Me crees idiota? ¡Esa rama estaba bien antes de que empieces
aquí! Cuando se dio cuenta de la presencia del administrador acompañado de un
desconocido, cambio el tono: bueno, regresa al trabajo y ponle atención.
Jacobo se acerco del hombre que estaba gritando y le murmuró
unas palabras que Marco no logró oír, y volvió con él:
- La desventaja
de nuestro café, es muy alto, y nuestra gente es bajita…
- ¿Entonces? preguntó Marco.
- Ocurre que quiebran ramas cuando limpian y se pierden
granos para las próximas cosechas. ¿Se recuerda, le dije que es mejor el café
brasileño?
- Si, me recuerdo, no tanto por su sabor que por su
pequeña altura.
Se rieron los dos para suavizar la atmosfera.
- Si no le
molesta, Jacobo, voy a dar unos pasos, es primera vez de mi vida que veo gente
trabajando el café.
- Por favor, voy a aprovechar esa visita para arreglar unos
mandatos.
A Marco, no le gustaba el trabajo en general, menos
todavía el trabajo manual. Y menos aun ver gente trabajando en el lodo bajo un
sol de plomo. Entrevió el anciano quien lo había invitado a conversar con una
taza de azúcar con café en el pueblito. Le guiño el ojo, discretamente.
- Ni sé su
nombre, que cretino soy, pensó Marco.
La gente trabajaba en silencio, limpiando el monte. Unos
hombres trabajaban el torso desnudo, flaco y quemado.
- Parecen robots
¡que mierda! se asqueó Marco, para no decir esclavos. Se recordaba que le habían
enseñado en la escuela la esclavitud en los tiempos de los Antiguos Mayas. ¡El
mundo no cambia! reflexionó.
De regreso, vio que Jacobo estaba discutiendo con cinco
hombres, uno de ellos era el tipo que estaba gritando cuando llegaron. De un
signo del pulgar con el índice, Jacobo le indicó que espere un poco. Marco se quedó
atrás mirando la escena. Jacobo parecía calmo pero agitaba las manos mientras
se dirigía a esos hombres. Marco notó que los cinco eran de tamaño alto, de tez
clara a pesar de muy bronceada, con botas de cuero y no de hule como los
trabajadores. Dos de ellos llevaban bigotes y dos llevaban un chispero en el
pantalón. No miraban Jacobo de frente. Por los gestos de uno y otro, Marco tuvo
la impresión que esas pistolas eran el objeto de la regañada.
Lo confirmó Jacobo cuando se junto a él después de que
los demás vuelvan a sus tareas:
- Ya les dije mil
veces, no quiero que lleguen al trabajo con sus armas. Pero esos capataces son
necios. No entienden que estamos en el tercer milenio y no en los tiempos de la
Conquista.
- ¿No son de aquí, quiero decir no son k’ekchies? Peguntó
Marco.
- No, son mestizos que vienen de otra finca que tiene el Don
en la Costa.
- ¿Viven aquí?
- Un poco más arriba, atrás del pueblito pero sus
familias se quedaron allá, en Santa Rosa. Les cambian cada año, pero cada vez
se ponen muy bravos a cabo de estar unos meses aquí, suspiró Jacobo.
- ¿Es a propósito?
- ¿Qué les organizan de esa manera? ¡Claro! Cuando no
trabajan de capataces en las fincas, son guardaespaldas, o matones a saber donde…
Le aconsejó no acercarse de ellos, Don Marco, por favor, esa gente es
peligrosa… y racista.
- ¿Con los indígenas?
- Con todos los que no son con ellos, fíjese, así son,
brutos.
- ¿Pero, usted, como administrador?
- Es el problema, me respetan porque soy el jefe, pero me
odian por ser k’ekchi’. A menudo crean líos con los trabajadores, les maltratan
en las plantaciones, a veces se van a meter en el pueblito a molestar las
chicas. Les tengo siempre a la vista, controlándoles, no pudo darles la espalda
ni un minuto.
- ¿Usted cree que…? ni lo dejó terminar Jacobo:
- No lo dudo, ya hubo casos por aquí de administradores
indígenas que tuvieron ¿cómo decir? accidentes...
- Perdone la indiscreción, Jacobo, ¿entonces para que
asumir ese puesto si es peligroso, sin hablar de aguantarse el desdén de esa
gente?
- Es una suerte de acuerdo. Me explicó: si el
administrador de Las Lomas no sería un k’ekchi’, ya no habría ni un trabajador
aquí. Quizás, trabajadores mestizos o indígenas de otras regiones, pero eso
tampoco le convendría al Don. Se llama paz social. Mirando la cara sorprendida
de Marco, siguió: la tierra es propiedad de los finqueros en el papel pero
pertenece a los K’ekchies por la historia, ¿no sé si me hago entender?
- Creo que sí, entiendo que estoy yuca ¿Qué digo? Que
vivo en un país complicado, y loco.
- También muy injusto, Don Marco, muy injusto, este es el
mayor problema que tenemos, los Guatemaltecos.
- Me cae bien este Jacobo, pensó Marco.
Tenía tiempo el detective no encontrar un hombre para
quien sentir una cierta admiración por la claridad en cuanto donde estaba y
porque.
Después del lonch, más exactamente después de su siesta
habitual después del lonch, Marco llamó a su amigo El Diplomático. No
respondió, le dejó un mensaje. El Diplomático, de nombre de pila Luis y de
apellidos Cortez Mejía, era todo un personaje. Hijo de un riquísimo empresario
propietario de varias decenas de tráileres, andaba vestido como un vago. Tenía
una maestría en administración de empresas de la Marroquín y otra de financias
internacionales de una universidad gringa pero no podía quedarse quieto en una
oficina más de media hora. Con su físico de modelo para anuncios de belleza,
hubiera podido tener una pareja diferente cada mes del año. Pero no, andaba con
una mujer más grande de una decena de años, y por supuesto celosa a morir. Al
lugar de vivir en una de las mansiones de su padre, prefería alquilar un
pequeño cuarto que compartía con un holandés medio hippy en zona 1 de la
Capital. La pregunta era: ¿De qué vive? De lo poco que sabía Marco, El Diplomático
vivía de información, de informaciones. Tenía un verdadero don para encontrar
información, cual que sea el tema. Conocía a toda la gente de las esferas del
poder en la Capital. Usted necesita información, pregunte al Diplomático. Salvo
si se le pide informaciones para arruinar la vida de otro, según él, tiene la
garantía que la mercancía será de calidad... Si paga como se debe, por
supuesto.
Poco después que lo llamó Marco, El Diplomático le
devolvió la llamada. Le explicó a grandes rasgos la situación, la versión
oficial sobre el móvil de los crímenes, y sus dudas. Compartió sus sospechas,
que no eran sospechas muy concretas la verdad sino una pura intuición.
Acordaron que El Diplomático iba a buscar toda la información posible sobre José
Luis Gramajo López, sobre la finca de nombre las Lomas del Norte, donde el Ejército
perpetuó una masacre en junio 1982, sobre un ingeniero del Instituto de
Transformación Agraria quien supuestamente estuvo ahí en esa fecha con un
asistente, haciendo medición de terrenos.
- También Víctor
Rivera, mira si encuentras también algo sobre ese señor.
- ¿No quieres nada sobre los chafarotes que estuvieron
metidos allá? bromeó El Diplomático.
Se río Marco por el chiste sobre la Gran Muda.
- ¿Cómo te paso la información? preguntó El Diplomático.
- Mira, te llamo lunes ¿te parece?
- Perfecto, saludos, que estés bien.