Un viento con sabor a sal agitaba el potrero. Iba a
llover, enormes nubes negras amontonándose arriba de las montañas. Cuervos
gritando histéricamente bailaban alrededor de una ceiba. Nunca le gustaron los
cuervos a Marco, no por ese color tan oscuro que tiene reflejos azules sino esa
mirada penetrante que tienen, penetrante e inexpresiva. Sin embargo, se acercó,
por curiosidad.
- Con
cuidado, dijo una voz.
Marco dio la vuelta, le hacia un signo de la mano
un guardián frente el portón de la finca, mejor dicho una finca porque no
reconoció esa entrada. Seguía moviendo la mano el tipo, sus labios se movían
pero no se oía lo que estaba gritando, algo como “¡Que le vaya bien!” Quizás.
Ya había llegado como a unos treinta metros del árbol. Esos animales con sus
gritos estridentes no eran cuervos sino como zopilotes pero con ojos
amarrillos. Ni le ponían atención, ocupados que estaban de comerse los ojos de
la gente ahí colgada. Por la ropa de unos cadáveres suspendidos, supo que eran
indígenas, K’ekchies. Muchos K’ekchies. Una mano se puso en su brazo:
- Vámonos,
Marco, aquí no hay nada bueno para ti.
- ¿Ana Beatriz, que haces aquí?
Estaba de pie, su largo pelo negro flotando, solo
tenía puesto una ropa de dormir. Estaba muy pálida. Marco se asustó:
- Ana
¿Qué haces aquí? respóndeme ¿y porque andas con los pies descalzos? Te vas a
enfermar.
Quiso tomarla en sus brazos pero lo rechazo, sus
inmensos ojos color café oscuro siempre clavados en la nada y repitiendo otra
vez:
- Vámonos,
Marco, aquí no hay nada bueno para ti.
- ¿Viste lo que hicieron a esa pobre gente? ¿Quién
puede merecer tal suerte?
- Vámonos, Marco, aquí no hay nada bueno para ti,
repetía Ana Beatriz, temblando.
- ¿Irnos, que dices, irnos como que no paso nada?
¿Eso propones? gritó Marco.
Se puso a llorar Ana Beatriz:
- Vámonos
de aquí, vánanos avisar a la gente, vámonos y les contaremos lo que hemos
visto, vámonos Marco.
Caminaron hasta la salida del potrero, en el umbral
del bosque, el cielo estaba totalmente negro, la luz gris, pero no llovía
todavía. Marco se fijó de nuevo en los pies descalzos de Ana Beatriz:
- No
entiendo, murmuraba, no entiendo.
Se quedó horas y horas la mirada pegada a los pies
de la joven.
- ¿Horas,
sin darme cuenta, como puede ser? Pero seguro que sí, ya estamos llegando al
pueblo. ¡Ana, mira, llegamos al pueblo!
Mejor dicho un pueblo porque no reconoció esa
aldea. Las calles estaban desiertas. Solo se escuchaba en lo lejano un gallo
gritando con voz metálica, oxidada. Pasaron frente una capilla con sus puertas
abiertas, con nada adentro, parecía un decoro de cine. Les cruzó una bicicleta
pero tan rápido que no pudo ver Marco quien la montaba. Descansaron sentados en
unas llantas empiladas frente un pinchazo. Ana Beatriz se puso a gemir:
- Necesito
agua, siento que me voy a desmayar.
Marco la miró, con su camisola transparente, se
adivinaba sus pequeños pechos, sus nalgas un poco arqueadas y bien firmes.
- ¿Será
que es el lugar y el momento para pensar en eso, después de tantos años sin
haberme dado cuenta? se preguntó. No te muevas, ahorita te encuentro agua.
Dio la vuelta a la esquina para encontrarse cabal
en una tiendita. Había un señor en un rincón como que volando banca, pero medio
agachado, no logró distinguir su cara.
- Otro
bolo, pensó Marco.
En el mostrador estaban perfectamente alineadas
cabezas, recién cortadas. A pesar del pelo pegado a los rostros, Marco
reconoció varios: Dominique Gourbeau Velásquez ¿Qué hacia aquí, no había tomado
su avión para Europa finalmente? Estaba Buey, no podía ser, lo habían matado
frente sus ojos, su propio hermano sospechaba que coqueteaba con su esposa, te
imaginas su propio hermano lo hizo matar ¡putos salvajes! Estaba, con los ojos
abiertos, Oscar Pérez Caal, el vecino tan amable de Las Lomas del Norte. Se
abrió su boca:
- Don
Marco, usted ¡no entendió nada, que lastima!
- Es que es demasiado inteligente, puntuó
irónicamente la cabeza cortada de Julio Chen Toc.
- No hables así, miijo, no seas grosero, lo regaño
otra cabeza.
- Debe ser María Toc Cab, pensó Marco, pero era
difícil identificarla por las múltiples heridas que tenía en el rostro.
- ¡Cállense, estúpidos! gritó el hombre del rincón,
levantándose. Tenía una pistola en la mano y Marco no fue suficiente rápido
para evitar que lo apunte en la frente, entre los dos ojos.
- ¡Triple H, el cuire de Gramajo López! ¿Estas tan
bolo que no me reconoces? preguntó Marco
Solo le escupió en la cara antes de gritar más
fuerte:
- ¡Claro
que te reconozco, metiche, es tan buzo que a todos ustedes les metió en esa
mierda, y a mí, bastante buzo que es!
Quitó el seguro del arma:
- ¡Muérete,
cabron!
Marco sintió que se mojaban sus pantalones. Abrió
los oclayos, le dolía la ñola. Mañana, primera hora, comprar un nuevo colchón.