Ne le gustaba manejar de noche. No se mira nada, el riesgo de un asalto, los monstruos dentudos que podían surgir en cualquier momento de la obscuridad, no importa la razón, a Ramón Estrada Coy, no le gustaba manejar de noche, agachado en el timón como un topo miope tratando de ver algo a través el parabrisas. Así que se preguntó si iba a ir más despacio o acelerar cuando vio esos dos energúmenos agitarse en la orilla de la carretera. Miró su reloj: ¡Puchi, las 11! ¿Será trampa? Verificó la seguridad de las puertas, y paró. Porque Ramón Estrada Coy es así. Es buena gente. Se acercaron los dos desconocidos de su vehículo: un señor con un foco en la mano y une señora que se quedaba un poco atrás. Gente que no es de aquí, obvio. Tampoco turistas, se mira que son chapines. ¿Capitalinos perdidos? Tampoco de la alta. Se aseguró que tenía su machete corto cerca y bajo de unos centímetros el vidrio del conductor. Porque Ramón Estrada Coy es así. Es buena gente pero no quiere problemas.
- Perdone la molestia, no somos de aquí y nuestro carro nos traicionó, dijo el señor.
- Habla de su coche como que es una mujer, pensó Ramón. No es de aquí, pues. ¿En qué les puedo apoyar? preguntó.
- ¿Usted sabrá algo de mecánica?
- Uste sabrá de… puro académico este señor. No me sorprende que no sepa cómo funciona un coche, pensó Ramón. ¿Tienen cedulas ustedes?
- Pues, si.
- ¿Me las muestran?
El señor se alejó de unos pasos, dio la vuelta y entró en conversación con la señora, a voz baja. Es que pocas veces se les pide su cedulo a policías… Regresó y pasó los dos documentos por el espacito del vidrio bajado.
- Si le cuento a mi mujer, se va a burlar, la maldita. Porque Ramón Estrada Coy es así. Es buena gente, no quiere problemas y ahora tiene en la mano dos cedulas que el mismo pidió pero no sabe leer. Mula que soy, pensó, ya me metí en líos.
Hizo como que estaba leyendo la documentación, mirando al mismo tiempo que estaban haciendo estos. Lo estaban mirando con cara de espera, un poco desesperados la verdad.
- Bueno ¿Qué hago?
Se tomó la decisión: guardar las cedulas, bajar con el machete en la mano y darle un vistazo al coche de esos molestones.
- Bueno, présteme las llaves y quédense… ahí donde está el palo, les dijo indicándoles del dedo un lugar a unos veinte metros.
Disciplinados, los dos desconocidos se pusieron ahí. Ramón trato encender el motor, nada. Miró la batería, todo bien. Revisó la candela, nueva. Preguntó:
- ¿El coche es suyo?
- No, es de renta, respondió la señora.
- Malditos, pensó Ramón, les papearon, seguro. Agarró una rama torada en el piso, le quitó las hojas, abrió el tanque y averiguó porque nunca se sabe con esos malditos. ¡Cabal! Le falta gasofia, este coche, les dijo.
- Pero ¿no entregan el carro con tanque ful? preguntó la señora.
- Pues sí, insistió el señor.
- Mire, mamita, yo sé un poco de coches pero de coches rentados, ni me pregunte, respondió Ramón. Miró la tapadera del tanque. Suertudos ustedes, comentó.
- Si usted lo dice… se río el señor. ¿Y eso?
- Es diesel, el mío también.
Sacó unos litros de gasolina de su propio tanque y les paso en el otro. El coche arrancó de una vez. Se miraba felices los dos desconocidos, agradeciéndolo una y otra vez.
- ¿A dónde van ustedes? les preguntó.
- Senahú, respondieron los dos de una misma voz.
- ¿A qué hotel van ahí?
- No sabemos, es primera vez que llegamos por acá, respondió la señora.
A Ramón, se le puso a funcionar el cerebro a toda velocidad:
- Si les parece, les prestó un cuarto en mi casa. Pero somos gente modesta, ustedes saben…
- Se lo agradecemos mucho pero no queremos molestar, dijo la señora, y lo pagaremos. Usted nos salvo la vida, hoy, dijo la señora.
- No, no, es un gusto, dijo Ramón. No sería malo unos legues no previstos pues, pensó.
Les devolvió sus cedulas:
- Sílguenme, entonces.
Cuando entraron en la casa de la familia Coy, ya era las 2:00 de la mañana. Era una casa de muros espesos de adobe, con su techo de lámina muy bajo. Les dio la bienvenida la señora Coy, de nombre Marta, quien les esperaba con une sopa bien caliente de ayote. Y su cuarto ya estaba listo.
- Que bueno invento, el celular, pensó Ramón.
Carmen y Martin vieron la cama para dos personas. Intercambiaron una mirada discreta pero no hicieron ningún comentario. La comida les recalentó. Platicaron con la pareja Coy, Ramón haciéndole la traducción a Carmen porque Marta hablaba solo k’ekchi’ y ella no lo entendía. Les contó que tenían siete hijos, tres varones y cuatro hembras. A Carmen siempre le chocó esa palabra hablando de personas pero tampoco no hizo ninguna reflexión sobre el tema. Don Ramón tenía su milpa. Una pequeña hortaliza les procuraba verduras y también unos frutales y un aguacate. Se quejó que la vida no era fácil todos los días. Martin pensó que esos campesinos siempre se quejan pero cuando Ramón agregó que vivían tranquillos y felices, se arrepintió de su pensamiento un poco rápido. Ya era muy tarde, muy tarde. Agradecieron a los Coy y se fueron a la cama.
- Eso tenía que ocurrir un día ¿no? preguntó Martin.
- Pues sí, confirmó Carmen, pero no te preocupes, voy a tener la pistola cargada cerca por si tienes crisis de sonambulismo erótico.
Martin se río. Se adurmieron de inmediato. La inspectora Carmen Guzmán Cordón soñó del caso de hace unos años del abogado que organizo su propio asesinato. Marco estaba ahí con su cara impasible contándoles lo que había pasado en realidad. ¡Qué pesadilla! ¿En cuanto al inspector Martin Tista Rodas? Soñó lo mismo.