La Triple N (+c)


NEO porque suena asi como que de moda

NOVELA porque a la gente le encanta las historias

NEGRA porque si no te ries te queda solo llorar

chapina, ni mas ni menos

Como que nunca llegó la primavera este año - 14

Ne le gustaba manejar de noche. No se mira nada, el riesgo de un asalto, los monstruos dentudos que podían surgir en cualquier momento de la obscuridad, no importa la razón, a Ramón Estrada Coy, no le gustaba manejar de noche, agachado en el timón como un topo miope tratando de ver algo a través el parabrisas. Así que se preguntó si iba a ir más despacio o acelerar cuando vio esos dos energúmenos agitarse en la orilla de la carretera. Miró su reloj: ¡Puchi, las 11! ¿Será trampa? Verificó la seguridad de las puertas, y paró. Porque Ramón Estrada Coy es así. Es buena gente. Se acercaron los dos desconocidos de su vehículo: un señor con un foco en la mano y une señora que se quedaba un poco atrás. Gente que no es de aquí, obvio. Tampoco turistas, se mira que son chapines. ¿Capitalinos perdidos? Tampoco de la alta. Se aseguró que tenía su machete corto cerca y bajo de unos centímetros el vidrio del conductor. Porque Ramón Estrada Coy es así. Es buena gente pero no quiere problemas.


-  Perdone la molestia, no somos de aquí y nuestro carro nos traicionó, dijo el señor.
- Habla de su coche como que es una mujer, pensó Ramón. No es de aquí, pues. ¿En qué les puedo apoyar? preguntó.
- ¿Usted sabrá algo de mecánica?
- Uste sabrá de… puro académico este señor. No me sorprende que no sepa cómo funciona un coche, pensó Ramón. ¿Tienen cedulas ustedes?
- Pues, si.
- ¿Me las muestran?
El señor se alejó de unos pasos, dio la vuelta y entró en conversación con la señora, a voz baja. Es que pocas veces se les pide su cedulo a policías… Regresó y pasó los dos documentos por el espacito del vidrio bajado.
-  Si le cuento a mi mujer, se va a burlar, la maldita. Porque Ramón Estrada Coy es así. Es buena gente, no quiere problemas y ahora tiene en la mano dos cedulas que el mismo pidió pero no sabe leer. Mula que soy, pensó, ya me metí en líos.
Hizo como que estaba leyendo la documentación, mirando al mismo tiempo que estaban haciendo estos. Lo estaban mirando con cara de espera, un poco desesperados la verdad.
-  Bueno ¿Qué hago?
Se tomó la decisión: guardar las cedulas, bajar con el machete en la mano y darle un vistazo al coche de esos molestones.


-  Bueno, présteme las llaves y quédense… ahí donde está el palo, les dijo indicándoles del dedo un lugar a unos veinte metros.
Disciplinados, los dos desconocidos se pusieron ahí. Ramón trato encender el motor, nada. Miró la batería, todo bien. Revisó la candela, nueva. Preguntó:
-  ¿El coche es suyo?
- No, es de renta, respondió la señora.
- Malditos, pensó Ramón, les papearon, seguro. Agarró una rama torada en el piso, le quitó las hojas, abrió el tanque y averiguó porque nunca se sabe con esos malditos. ¡Cabal! Le falta gasofia, este coche, les dijo.
- Pero ¿no entregan el carro con tanque ful? preguntó la señora.
- Pues sí, insistió el señor.
- Mire, mamita, yo sé un poco de coches pero de coches rentados, ni me pregunte, respondió Ramón. Miró la tapadera del tanque. Suertudos ustedes, comentó.
- Si usted lo dice… se río el señor. ¿Y eso?
- Es diesel, el mío también.
Sacó unos litros de gasolina de su propio tanque y les paso en el otro. El coche arrancó de una vez. Se miraba felices los dos desconocidos, agradeciéndolo una y otra vez.
-  ¿A dónde van ustedes? les preguntó.
- Senahú, respondieron los dos de una misma voz.
- ¿A qué hotel van ahí?
- No sabemos, es primera vez que llegamos por acá, respondió la señora.
A Ramón, se le puso a funcionar el cerebro a toda velocidad:
- Si les parece, les prestó un cuarto en mi casa. Pero somos gente modesta, ustedes saben…
- Se lo agradecemos mucho pero no queremos molestar, dijo la señora, y lo pagaremos. Usted nos salvo la vida, hoy, dijo la señora.
- No, no, es un gusto, dijo Ramón. No sería malo unos legues no previstos pues, pensó.
Les devolvió sus cedulas:
-  Sílguenme, entonces.


Cuando entraron en la casa de la familia Coy, ya era las 2:00 de la mañana. Era una casa de muros espesos de adobe, con su techo de lámina muy bajo. Les dio la bienvenida la señora Coy, de nombre Marta, quien les esperaba con une sopa bien caliente de ayote. Y su cuarto ya estaba listo.
- Que bueno invento, el celular, pensó Ramón.
Carmen y Martin vieron la cama para dos personas. Intercambiaron una mirada discreta pero no hicieron ningún comentario. La comida les recalentó. Platicaron con la pareja Coy, Ramón haciéndole la traducción a Carmen porque Marta hablaba solo k’ekchi’ y ella no lo entendía. Les contó que tenían siete hijos, tres varones y cuatro hembras. A Carmen siempre le chocó esa palabra hablando de personas pero tampoco no hizo ninguna reflexión sobre el tema. Don Ramón tenía su milpa. Una pequeña hortaliza les procuraba verduras y también unos frutales y un aguacate. Se quejó que la vida no era fácil todos los días. Martin pensó que esos campesinos siempre se quejan pero cuando Ramón agregó que vivían tranquillos y felices, se arrepintió de su pensamiento un poco rápido. Ya era muy tarde, muy tarde. Agradecieron a los Coy y se fueron a la cama.
-  Eso tenía que ocurrir un día ¿no? preguntó Martin.
- Pues sí, confirmó Carmen, pero no te preocupes, voy a tener la pistola cargada cerca por si tienes crisis de sonambulismo erótico.
Martin se río. Se adurmieron de inmediato. La inspectora Carmen Guzmán Cordón soñó del caso de hace unos años del abogado que organizo su propio asesinato. Marco estaba ahí con su cara impasible contándoles lo que había pasado en realidad. ¡Qué pesadilla! ¿En cuanto al inspector Martin Tista Rodas? Soñó lo mismo.

Como que nunca llegó la primavera este año - 13

En su cama, Marco esperaba el sueño, escuchando el ruido monótono de la lluvia sobre las láminas. Se sentía súper bien. Lo habían recibido como un rey y la gente era muy simpática, muy atenta. Se recordó de donde había crecido hasta la adolescencia, un caserío perdido de Peten, entre los Itzas. Su familia era la única familia mestiza, ladina decían en aquellos tiempos, de la zona pero vivían como los demás campesinos, comían lo mismo, tenían las mismas costumbres, compartían los mismos sufrimientos y momentos de felicidad. Cuando apagaron el motor del helicóptero y que empezó a cruzar la entrada de Las Lomas del Norte después de que se haya despedido el señor Oscar Pérez Caal con su sonrisa eternal, lo atenazó una cierta nostalgia de la magia en la cual vivía entonces. Por ser niño y por cómo la gente se ubicaba en su universo, siempre con los antepasados a la par. Se recordaba cuanto le había costado el primer año en la Capital.
- El día que construyen torres aquí, seguro que los antepasados se van a ir por otro lugar, pensó melancólico.
También, había sentido como un malestar cuando le hicieron visitar el pueblito de los trabajadores de la finca y sus familias. No tanto por la miseria que reinaba ahí -  ya la conocía con su olor insidioso - sino por lo que le había contado Víctor Rivera en Cobán.
- ¿Será que saben lo que paso aquí? se preguntó. ¿Será que lo saben pero preferirían no saberlo? Podían instalarse en otro pedazo de la finca pero quizás el Don les obligó a vivir donde hubo esas atrocidades, por asigúnes propios suyos, borrar las cuentas. ¿Será que lo saben y por eso siguen aquí?
Le gustaba mucho ese sentimiento de vincularse al lugar a través de la memoria del mismo lugar. Le recordaba su infancia.

Después del almuerzo, había insistido para que le expliquen el procesamiento del café. Se encargo Jacobo Chub Tzib, secretario y contable del finado administrador, un señor bien acomedido. Se miraba que andaba con mucha tristeza por lo ocurrido a pesar de que no lo comentó ni una vez. Pero no se río cuando Marco le confió:
- ¡Siempre estoy diciendo que tenemos cultura del café pero no tenemos cultura del café y, yo mismo, ni sé como lo fabrican!
Empezaron por dar una vuelta en los alrededores del casco de la finca donde Jacobo le enseño que había dos tipos de plantación: el café guatemalteco que manejaban desde los tiempos de los Alemanes, con una altura como de hasta tres metros y otro que aquí lo sembraron hace solo una decena de años, el brasileño, más pequeño pero con el mismo rendimiento:
- Es más fácil para recoger los granos y así no se dobla, precisó Jacobo.
- Claro, se río interiormente Marco, no es que los alemanes recolectaban sino que son los mismos de siempre que hacen el trabajo, los chaparritos, sin hablar de los niños, seguro…
Chapín o del país de la samba, le gustaba el verde oscuro y brillante del follaje.

Luego regresaron al casco para que le enseñen el beneficiado del café.
- El café es como la esposa la noche de bodas, hay que quitarle sus envoltorios: la cascara de cereza, lo que llamamos la pulpa, el mucilago que envuelve los dos granos, el pergamino y, por fin, la fina película sedosa que protege el famoso grano de oro.
Marco estaba todo oído.
- ¿Usted conoce la diferencia entre beneficio seco y beneficio húmedo, Don Marco?
- Me lo explicaron en la escuela pero la verdad hace mucho tiempo, cuénteme.
- Bueno. El beneficio seco, se deja secar el grano al sol con su cascara y la purpura. Entonces se necesita un tiempo seco y cálido pero así prolongado…
- Me imagino que con el chipichipi…
- Exacto, aquí practicamos el beneficio húmedo mientras en la Costa Sur van con el beneficio seco. Afortunadamente el café lavado es de mejor calidad que el seco. La calidad del grano va con el color: de verde ¿cómo decir? de verde jade digamos hasta azulado.
- ¡Café azul! se río Marco.
- Pues sí, azulado. Más alto la plantación, más azulado se tiene el grano, más bajo la finca, es más verde. En Guatemala va del verde oscuro hasta azulado.

Caminaron hasta inmensos tanques de cemento:
- Eso son pulperos, para quitar la pulpa y para la fermentación, y estos son los lavaderos. Si usted mira de este lado, esos patios de calicanto, antes les usábamos para el secamiento. Había que mover todo el tiempo el grano con rastrillos para que el sol lo seque por todos lados.  Digo antes, porque ahora es más rápido con esas maquinas. Le enseño del dedo unas maquinas de bajo de un techo de láminas:
- Esas son secadoras mecánicas. Antes dependía del tiempo, y había que protegerlo del sereno durante la noche con láminas. Se podía tardar más de una semana mientras ahora nos cuesta menos de una semana para todo el proceso: la cosecha, el despulpado, la fermentación, el lavado y el secado.
- Agradecemos a la tecnología, comentó Marco.
- Eso sí, respondió Jacobo. Mucho más rápido y menos preocupación por el clima. Pero tiene su costo.
- ¿Cómo así?- Pues, instalaciones como estas, de una finca que tiene casi dos caballerías de café, son muy caras pero que trabajan en realidad solo 3 o 4 meses al año. Hay que verlo para darse cuenta, el proceso es rápido. Se despulpa el café inmediatamente después de su cosecha, luego reposa en esos tanques de agua donde fermenta entre un día y medio y dos días para quitar el mucílago
- ¿Y esas maquinas allá? cuestiono Marco.
- Estas son las que vienen después. Son lavadoras mecánicas para remover el mucilago, como que limpiar bien el café. El paso siguiente es este canal de cemento, el correteo lo llamamos, para clasificar el café.
- Eso si me recuerdo, dijo Marco. El más pesado, de mejor calidad, se va al fondo y el resto se queda a la superficie.
- Así es, y en seguida se escurre y se seca el grano entre uno y tres días. Luego lo pasamos aquí, en el aventador para no quede nada de polvo y basura, y después aquí con esa pulidora, para que brilla bien.
- El famoso café de oro, comentó Marco.
- Eso, confirmó Jacobo, el que se vende más caro.
Marco dio unos pasos entre los tanques, patios y maquinas.
- Impresionante de donde viene mi pequeñito expreso sin el cual no podría levantarme cada mañana, reflexionó. ¿Y se termina el proceso?
- ¡Ay no! falta clasificar por la forma y el tamaño: en una banda que va corriendo pero no está ahora. En general son las mujeres que quitan los granos manchados o quebrados y lo que queda lo pasan por una zaranda, así los granos salen todos igualitos. Por fin, por fin empacamos el café en sacos de fibra natural y se coloca sobre tarimas de madera y no tienen que tocar nada, ni las paredes ni el techo de laminas, y no debe haber en el mismo lugar otras cosechas, menos el cardamomo sino mata el aroma del café.
- ¡Claro, bromeó Marco, el cardamomo se agrega en la tasa si así le gusta a uno, no antes!
Don Jacobo Chub Tzib seguía con cara muy seria a pesar de que se sentía su entusiasmo a contar el proceso del café.
- Pobre, pensó Marco, parece bien mal por los asesinatos. ¿Cuál le afecto más, el de la señora o el administrador? Bueno, no es el mejor momento para preguntar.
- ¿Y cómo lo sacan de aquí?
- Por carretera, con camiones, respondió el secretario y contable.
- Mire, le agradezco mucho su tiempo y todas esas explicaciones. Solo, tengo otra pregunta.
- Dele, Don Marco, no hay pena.
- Gracias. ¿Qué hacen con la pulpa? pregunto.
- ¡Ay, que buen alumno es uste, Don Marco! pero aun con cara deprimida. Aquí lo usamos para abono en los mismos cafetales. Pero hay gente, por haraganería, prefieren tirarla y contaminar ríos para comprar fertilizantes químicos que ellos también envenenen la tierra.

Bien ovillado en su cama calentita, Marco sonrió. Un muy agradable e interesante día este primer día aquí, pues. A pesar de todo…