Fue por pura chiripa. Era mediodía, estaba observando los
dos mecánicos, Luis y Gualberto, peleándose con un motor de secadora, siempre
el mismo parece, que no quería arrancar. María les trajo su almuerzo porque:
- Es un hábito que tenemos los dos, almorzar donde las
maquinas, las queremos mucho, se río Luis.
Le propusieron a Marco compartir la comida:
- Así, informal, dijo Luis.
Aceptó, era una oportunidad para conversar con ellos dos
y conocer a Gualberto quien era, al contrario de su colega, poco comunicativo.
No decía más de un palabra por hora salvo cuando s trataba de cuestiones
mecánicas, pero sin embargo fue él que hizo la pregunta:
- ¿Usted está
aquí por lo que paso?
- ¿Lo que paso? preguntó Marco con cara de inocente.
- El doble asesinato, precisó Luis. Desde que habían
empezado a cotorrear, siempre terminaba las conversaciones lanzadas por
Gualberto, las raras veces que se le ocurría lanzar una.
- No estoy aquí para eso, ustedes lo saben muy bien, pero
pónganse en mis botas: no es todos los días que llegó en un lugar donde se
cometieron dos crímenes poco antes de mi llegada. ¿Ustedes estaban, así es?
- Pues sí, susurró Gualberto, mala pata la nuestra.
- Y fue de noche, si entendí bien… se atrevió Marco.
- Medianoche, dijo Luis.
- Antes, lo contradijo Gualberto, ni eran las 11:00
porque a esa hora tengo que tomar mi medicina.
- Tu tisana de bruja, se río Luis. Tienes razón, fue
antes de las 11:00, alguien gritando. Pero yo pensaba que era afuera, cerca la
entrada.
- Pero funciona, fíjate, ya no me duele la barriga cada
vez que como algo, dijo Gualberto. Yo escuché solo un grito pero saber de dónde
venía.
- Pero saliste primero, vos, shute que sos.
- Es que cuando tengo miedo, mejor me meto sino más miedo
tengo, vos.
- Así que el más tímido no es siempre el cobarde de
servicio, pensó Marco.
- Cuando saliste, a mi más miedo me dio, fíjate, vos,
reconoció Luis.
- ¡Fíjate, cuando salí, la vieja ya se iba como que de
nada a ver qué estaba pasando!
- ¿La María? pregunto Luis.
- Pues sí.
- Si, me di cuenta, tiene huevos la vieja, cuando
entramos ahí, ni se asustó, es que no creas, hay mujeres que tienen más huevos
que los hombres, vos, declaró Luis como que ya se lo sabía a pesar de cuanto
sorprendente podía ser lo que acababa afirmar.
- ¡Puchis! ¿Ustedes entraron primero ahí? preguntó Marco.
- No, no, ya estaban Guillermo y Juan Francisco,
temblando como la gran puta con sus rifles en la mano, respondió Luis. Sangre
por todas partes, y la Margarita echando la momia, mira, ya se me fue el
apetito, mano, cambiamos de tema.
- A mi también, mejor voy a dar un paseo, señores, dijo Marco.
Se levanto y se fue a pasear, pensando que no había aprendido más de lo que ya sabía.
Marco salió del casco. Se preguntó si TripleH estaba
todavía tratando recuperar un poco de lucidez en su cama o saber dónde. Avisó a
los guachimanes que iba a dar unos pasos por el pueblito. Cuando entró ahí, una
manada de niños dieron vueltas alrededor, gritando en k’ekchi’, riéndose. Una
vez más, le choqueó los pies desnudos de los güiros. Pensó en las hijas de Don José
Luis Gramajo López, comparación fácil pero real. Todas las champas tenían su
puerta abierta. A fuera estaban gente platicando, sentados frente las casas,
grupitos de hombres o de mujeres. Un señor lo llamó desde lejos:
- Don Marco, por favor ¿le apetece un cafecito?
Se acercó. El hombre tenía seguramente más de sesenta
años, con pelo todavía bien oscuro pero un rostro que había atravesado mucho
tiempo. Los demás hombres sentados con él en el suelo tenían más o menos la
misma edad, también marcados por la edad.
- ¿Con mucho azúcar? Por hábito, iba a responder solo
café con café pero mirando el líquido pálido, cambio de opinión:
- Si, por favor, con mucho azúcar. ¿Cómo puede ser que
tomen eso cuando trabajan en un beneficio de café? Se recordó que la más
pequeña máquina para hacer expresos vale mínimo sus mil dólares y que él mismo
nunca había logrado comprar una. Me perdonan que no hablo k’ekchi’, se disculpó.
- No se preocupe, todos hablamos la castilla, los que
estamos aquí, respondió el anciano.
- ¡Qué bien! lo dije porque en la finca hay una señora
que no lo habla.
- Doña María, si, pocas mujeres lo hablan en nuestras
aldeas, comentó otro señor fumando tabaco envuelto en una hoja de papel grueso.
Frente la expresión interrogativa de Marco, agregó: es que los k’ekchies, no
nos gusta que la esposa hable español, somos celosos.
Los demás se rieron mientras uno de ellos le ofrecía una taza
de café a Marco.
- ¿Dónde aprendieron el español, pues? cuestionó Marco.
Le respondió el señor que lo había invitado:
- Es que nos somos de aquí, venimos de Cahabon. Cuando
hubo el conflicto, nos cambiaron de lugar, nos organizaron en patrullas y ahí
nos obligaron a aprender la castilla, a los hombres.
- ¿Los militares, dice usted?
- Si, los militares. Decían que era para nuestro bien,
por la guerrilla que andaba donde vivíamos. Nos regalaron casas con agua y luz,
nos dieron apoyo de abono para los cultivos. Nosotros teníamos que estar en la
patrulla y aprender la castilla. Luego, nos trasladaron aquí, en Las Lomas del
Norte.
Marco tomó un poco de su café con azúcar, más bien su
azúcar con café, observó a los cuatro ancianos antes de hacer su comentario:
- Tengo entendido que ustedes ya saben todo de mi, por
eso me permitió preguntarles a ustedes sobre esas cosas…
Se rieron otra vez.
- Así es, dijo uno, el lugar es pequeño y somos pocos.
¡Cuando llega un extranjero es un evento nacional para nosotros!
Marco se puso a reír también:
- Pasa lo mismo que sea gringo o capitalino, me parece.
- Pues sí, no es de aquí.
- ¿Y cuántas familias viven aquí? interrogo Marco.
- Pocas, respondió otro, como cuarenta, unas no quisieron
pasarse aquí.
De nuevo, Marco, comiéndose una uña, miró los rostros de
los cuatro señores. Lo hubiera apostado: ya sabían que iba a preguntar:
- ¿Ustedes saben lo que paso aquí antes de que lleguen?
- Claro, aquí, y no solo aquí, mataron a mucha gente por
todas partes. Nosotros tuvimos suerte. Pero cada familia aquí tiene un tío, un
primo, un familiar que se fue a vivir en otra comunidad y que mataron.
- Y ahora viven tranquillos, dijo Marco. Apenas terminó
su frase que se dio cuenta de su torpeza.
- Tranquillos, hasta hace unos días, puntuó un señor con
cara seria. Ahora, estamos otra vez con miedo y tristeza.
- Entiendo, dijo Marco, entiendo, es normal. ¿Pero
ustedes no tienen nada que ver, no?
- Todo tiene que ver con todo, Don Marco. La señora era
muy amiga con nuestra gente, seguimos viviendo aquí.
Se arrepintió Marco de cómo había abordado el tema. Se
dieron cuenta:
- Mire, retomó la palabra el hombre con rostro severo,
muchos se mancharon las manos en el conflicto, no les gustaría que les
recuerdan lo que hicieron.
Marco decidió quedarse callado. De repente, apareció
corriendo una joven, pero Marco no entendía de qué estaba hablando. Los cuatro
señores se levantaron:
- Con permiso, Don Marco, es que tenemos que acudir con
un señor que tiene graves problemas de salud.
- Si puedo ayudar en algo… comentó Marco.
- Muy fino de su parte, Don Marco, con permiso.
Sin insistir, Marco se levantó, les agradeció y volvió a
la finca, preguntándose de quien podría tener las manos sucios aquí.
Tomó el camino para el casco de la finca, cuando vio Gualberto
sentado en la orilla, bajo los árboles, fumando un cigarro.
- Don Marco ¿tiene unos minutos?
- Claro, todo el tiempo del mundo, sonrió Marco, sentándose
a la par del guardián, entre el monte.
- Mire, Don Marco, solo unas palabras.
- Lo escucho.
- No soy de aquí, pero aquí, en el pasado, antes que
lleguemos con nuestras familias, aquí pasaron cosas feas, usted ya sabe de eso.
- Si, varias personas me contaron.
- Bueno, entonces hay gente, aquí, que estuvo en esos
tiempos feos ¿me entiende?
- Claro, me imagino ya estaba…
- No, no, nada de nombres y apellidos, usted lo tiene que
pensar, lo interrumpió Gualberto que ya se ponía de pie.
- ¿Y porque tengo que pensarlo, Gualberto? preguntó Marco
molesto de como el guardián manejaba la conversación ¿Usted me está amenazando?
- Por nada, pero se entiende que usted está aquí no solo
como… arquitecto, digamos. Lo que le digo, es que aquí hay personas que no
tienen la conciencia tranquilla y que si hay algo que aprendimos por toda esa
sangre que se derramó durante el conflicto, es que cuando se derrama sangre es
porque hay personas que no tienen la conciencia tranquila.
- Entiendo que un administrador, por su trabajo, puede
tener que esconder cosas pero la esposa del…
El guardián le corto la palabra por segunda vez:
- Lo que le dije, personas
que no tienen la conciencia limpia.
Cuando
termino pronunciar esas palabras, ya se había ido.
- Bueno, no es tan
tímido como parece, pensó Marco.