En el mismo momento que se puso de rodillas, José Luis
Gramajo López escuchó un ruido sospechoso atrás. Levantó la cabeza para
dirigirle una mirada interrogativa discreta a TripleH que se había quedado
vigilando en la alameda de arena. Lo tenían bien inmovilizado dos gorrillas,
jeans, chumpa de cuero, chayes oscuros, típicos policías en civil.
- Quédate
quieto, José Luis, estamos aquí para apoyar.
Reconoció la voz ronca de Alejandro Flores Batz:
- ¿A usted le gusta molestar la gente que visita a sus
seres queridos, señor de la Dirección General de Investigación Criminal?, preguntó
sin moverse.
- Tómalo con calma, amigo, ya te dije que venimos para
darte una mano.
- ¿A limpiar la tumba? Todavía es como nueva, sonrió
sarcásticamente Gramajo mirando la inscripción: Carolina Menéndez de Gramajo
1977-2010.
- No te la voy a resucitar, viejo, pero agarrar al
pendejo que lo hizo, eso si te lo prometo.
- ¿No me digas?, comentó con ironía el finquero.
- Escúchame, vas a levantarte despacito, sentarte donde
sea y te cuento.
Gramajo López se puso de pie, dio la vuelta. Flores Batz tenía la cara impasible, con los ojos medio
cerrados entre el humo azul de su cigarro.
- ¿No te diagnosticaron un cáncer del pulmón, aun?
- ¡Que si, ya hace tiempo, créeme! Pero hay placeres
difícil quitarse de la vida. ¿Me escuchas?
- Dale, soy todo oído.
El policía le pasó una mano en la espalda:
- Mejor
vamos sentarnos en esa banca, no hay muros pero orejas si, dijo dando un
vistazo a sus dos hombres que agarraban TripleH como si será el enemigo público
número uno.
El Subdirector
General de Investigación Criminal suspiró, tomó su respiración y por fin habló:
- La verdad, al principio pensé que tú la mataste, José
Luis.
- Yo
pensé lo mismo de ti.
- No me
sorprende, y por las mismas razones, seguro.
- Seguro,
confirmó Gramajo López sin mirar a Flores Batz.
- Otra
verdad que te voy a decir, nunca me preocupe por eso, cumplimos ordenes y
basta.
- Quizás
tienes razón, quizás no, de todas maneras ya no importa mucho…
- Tercera
y última verdad, no fue nosotros quienes encontramos el chucho que mató a tu
esposa y a Alfredo Pop Choc. Te recuerdas que habíamos decidido que
mejor no investigar, y contrataste a ese tipo…
- Marco…
- Si, Marco. Supe que no logró mucho sino casi perder la
vida.
- Así es, y mejor tener un empleado despedido que muerto.
- Depende, depende, murmuró misteriosamente Flores Batz.
Lo que quiero decirte, es que le debes una a alguien.
- ¿A ti? me imagino, sonrió el finquero.
- A mi no, le debes una a Víctor Rivera.
- ¿Rivera? ¡Ese ex guerrinche que solo siembra mierda en
el Polochic!
- Este, exactamente. No sé qué siembra pero si es como
pez en el agua en La Verapaz.
Los dos no pudieron esconder una sonrisa:
- Vos,
pez en el agua…
- Pues, te puedo asegurar que tiene un nivel de
información que le envidio…
- ¿Y qué interés tendrá en eso? preguntó Gramajo con tono
sospechoso.
- A saber, esa gente tiene sus trucos, sus cálculos, tan
torcidos como los nuestros. Lo que sé es que le debes una.
- ¿Qué garantía tengo que no me estas engañando?
- ¿Una prueba?
- Si.
- ¿Una prueba irrefutable?
- A ver…
- ¿La confesión del que lo hizo, sería suficiente?
- ¿La tienes aquí grabada?
- Nel, lo tengo a él, aquí.
Alejandro Flores Batz y José
Luis Gramajo López volvieron cerca de la tumba de Carolina
Menéndez de Gramajo.
- Ya
lo pueden dejar, dijo el finquero a los dos policías que no dejaban TripleH ni
mover un dedo. No hay problema, agregó dirigiéndose a su guarura.
- No lo van a dejar, eso te lo juro, amigo, comentó
Flores Batz.
El finquero lo miró, miró a TripleH que tenía los ojos
inyectados de sangre, miró de nuevo a Flores Batz. Se acercó de su
guardaespaldas, a unos cincuenta centímetros:
- ¿Por
qué? interrogó de una voz sorda.
Nadie se dio cuenta cuando ya tenía en la mano la escuadra
que había sacado del cincho de TripleH:
- ¿Por
qué? repitió, quitándole el seguro y apuntando el arma en el cuello del
guardaespaldas, cerca de la carótida.
- Era una puta, boss, una puta, ella y ese indito creído,
balbuceó TripleH, se lo juro, boss, lo engañaban.
- ¿Estas loco? ¿Estas loco? gritó Gramajo. ¿Está loco,
no? es imposible, dijo mirando a Flores Batz.
- Lo averiguamos, se lo inventó todo el idiota. Sabes,
esos brutos, entre el guaro, la ranchera y esas telenovelas, se vuelven
chiflados, totalmente…
Una detonación le cortó la palabra, y otra, y una tercera.
Gramajo dio la vuelta, lívido, dejando caer la pistola en el suelo. Uno de los
dos policías en civil quitó una manchita de sangre de sus chayes. Estaba
preguntándose si en la lavandería le podrían recuperar esa chumpa de cuero
argentino que acababa de regalarle su novia.