Cuando se despertó en una camilla, tenía varias personas
de batas verdes, azules, blancas agitándose alrededor de él, una quitándole los
pantalones, otra tomándole la tensión arterial, otra metiendo sus efectos
personales en una bolsa, otra preguntándolo de que pasó, otras solo de mirones.
Le hicieron una toma de sangre y luego sacaron la camilla en la sala de entrada
de emergencia. Ahí mientras un joven enfermero instalaba el suero, otro se acercó
por el otro lado:
- Mira, vos ¿este es Carlos Mendoza, no?
- Nel, se llama Marco no se que, respondió el otro.
- ¿Estas seguro, vos? me dijeron que…
- Te digo que no, tu Carlito es otro baleado también,
pero ya hace diez minutos que dio cuentas a Dios.
Marco, cuya cabeza daba la vuelta de uno a otro como el
espectador de un partido de ping-pong, suspiró: bienvenido en el infierno,
mano.
Ahí se quedo acostado esperando siete horas. Se sentía
bien chueco. Las primeras horas fueron las peores. Nunca sabrá Marco porque
tardaron tres horas para darle un analgésico. En cambio, entendió rápidamente
que a ciertos enfermeros, no les molesta mirar el partido en la tele y gritar
goooool mientras gente se está agonizando de dolor a la par. Entendió también que
falta coordinación entre los servicios de policía y el Ministerio Publico. Al
cuarto oficial que llegó para interrogarlo sobre las circunstancias del balazo,
le explicó que se sentía muy cansado y se quedó los ojos cerrados hasta que se
vaya. Igualmente, aprendió que ser una mujer indígena no te da prioridad en la
sala de emergencia de un hospital, al contrario. Finalmente, lo llevaron al
bloque operatorio donde no tuvo el chance preguntar de que iba a pasar. Para
tranquilizarse, Marco se imaginó que ya iban a limpiar y cerrar las heridas, se
veía ya como que nada había pasado cuando se perdió en los vapores de la anestesia.
Era de noche, lo podía ver desde la cama donde estaba,
cerca de una ventana por donde entraba una suave brisa fresca. Se encontraba en
una sala grande, con decenas de camas con hombres durmiendo. Tenía el brazo
izquierdo con vendas de yeso pero no podía moverse para mirar las demás
heridas. Apenas se despertó, lo metieron en una silla de ruedas y lo llevaron a
radiografía. Insistiendo, mientras lo manipulaban como un paquete, logró tener
información:
- Un proyectil le atravesó el brazo izquierdo, tiene
fractura y falta un pedazo de hueso. El brazo derecho, la bala entró por el
codo y salió por el antebrazo, cabal pasó a lo largo del canal del nervio
principal, por eso usted no siente nada. Tiene otra en el glúteo derecho,
metida en el musculo. Usted puede agradecer al Diosito, señor.
- Pues sí, creo que tuve mucha suerte, respondió Marco.
- No es suerte, tiene que agradecer a Dios, créeme,
repitió la enfermera.
- A quien debería agradecer es al fabricante de
cinturones de seguridad, pensó Marco, recordándose el broche que le había
salvado la vida.
Cuando volvió a su cama, lo estaba esperando su vecino,
un joven despertado más por la curiosidad que por la brocha que tenía en la
pierna:
- ¿Y a usted que le pasó?
- Me balearon, respondió Marco lacónico. No tenía muchas
ganas intercambiar penas, que siempre lo hacen para convencer a uno que lo peor
lo están viviendo ellos. Quizás por la hora, o por la edad del patojo, entonces
le preguntó de vuelta:
- ¿Y vos, que te
paso?
- Caída de pedorra, pero caí como gato boca arriba, respondió el chavo y agregando
como para ganarse el primer lugar: tengo veintidós días estar aquí.
- ¡Mierda! Francamente, pasar veintidós dos días así en
una cama sin poder caminar, eso sí le parecía una abominación. Bueno, mi amigo,
me siento totalmente agotado, feliz noche.
Hasta que lo operaron setenta y dos horas después de su
llegada, Marco no sintió pasar el tiempo. Solo ir al baño le costaba fácilmente
media-hora, una ducha mínimo una hora, y todo así. El resto del tiempo se la pasaba
escuchando las quejas de los accidentados y de los baleados, más o menos un 50%
para cada categoría.
- Prohíben el carro y la droga y ya no se necesita hospitales,
ironizaba Marco.
La casi totalidad de las enfermeras eran k’ekchies y los
médicos todos blancos altos. Haciendo la suma del todo, y según lo que el
detective podía constar al largo del día de las relaciones entre ellos, al país
le faltaba todavía para salir de los tiempos de la colonia. Sin hablar de los
pacientes:
- Don Marco ¿le
puedo preguntar algo delicado? Era otro joven, bueno quizás ya no tanto, un
tipo de La Tinta victima de obesidad.
- Dale, vamos a ver.
- Cuando lo llevan a uno a la operación ¿solo la bata
puede tener?
- Pues si ¿qué crees? ¿te van a operar entre camisa y
chumina?
- ¿Pero ni el calzoncillo?
- ¿Para qué lo quieres?
- Es que dicen que a veces se aprovechan para violar a
uno mientras está dormido…
- Puede ser, en tu caso, tan chulo que sos, comentó Marco
conservando la cara seria.
Su propia situación le daba risa a veces. Como en el
segundo día que lo reganaban por moverse mucho:
- ¡Mire, esta roja
de sangre su cama, usted!
A pesar de las protestaciones de Marco, persistían en que
tan inquieto como este, nunca se había visto aquí en cirugía de Cobán.
- ¡Pero que le pasó
a usted, esta roja de sangre su cama! gritó la doctora en su visita de la
mañana. Miró las tres heridas del lado derecho: claro, se olvidaron cerrarlas
ayer, claro que está sangrando, murmuró.
- ¿Tengo todo abierto? se horrorizó Marco.
No respondió la médica. Solo agarró desinfectante, hilo y
aguja redonda y lo tenía todo arreglado en menos de cinco minutos. Y se fue.
- Puta, vos, pensaba Marco, no estoy en un hospital público,
estoy en un campo de batalla, vos, se olvidaron cerrar… puta madre ¿entiendes
eso? ¡Se olvidaron, se ol-vi-da-ron cerrar tres orificios causados por balas de
40 mm! Te digo, la admiro esa médica ¿pero qué mierda de cicatrices me van a
quedar a trabajar así como que estamos en guerra?
Ese mismo día lo visitó Don José Luis Gramajo López. Le contó
que un trabajador de Don Oscar lo encontró desmayado a la par del 4x4,
perdiendo mucha sangre. Llamó a los bomberos quienes estaban ya en camino por
la llamada suya.
- Ni me recordaba
haberles llamado, comentó Maros.
- Por supuesto, en el estado que estaba usted, y que bien
que logró hacer esa llamada. Pasa muy poca gente por ese camino en esa época
del año.
Después de las formulas de circunstancia sobre la
situación penosa de su empleado y decirle que iba a necesitar por lo menos un
año para restablecerse, el finquero abordó el tema:
- No sé si sería conveniente
conversar sobre nuestro asunto ahora…
- Por favor, lo escucho, Don José.
- Mire. ¿Usted identificó el vehículo, sus pasajeros?
- No, respondió categórico Marco.
- ¿Ese tipo de acción no le parece típica de los narcos?
- Salvo si hubo error sobre la persona, seguro que parece
represalias.
- ¿Como así sobre la persona? se sorprendió Gramajo.
- Lo que quiero decir es que quizás su información concernía
más bien el vehículo.
- Ese vehículo es mío, lo usan el personal de la finca.
- Por eso menciono esa posibilidad, confirmó Marco,
constatando que el rostro del señor no había mostrado ningún señal de armonía.
- Lo que sea el blanco que tenían, yo digo que son ellos,
por como lo hicieron.
- Podría ser ex militares, por ejemplo, murmuró Marco,
solo para amolar al cabron.
- Ok, estimado Marco, veo que a pesar del estado en el
cual se encuentra, no ha perdido su sentido del humor, lo felicito.
- Como detective, mi tarea consiste precisamente en no
dejar ninguna posibilidad de lado, usted lo sabe.
- Lo sé perfectamente, respondió el finquero ahora si
irritado. Ex militares del Ejército, de la guerrilla, ya veo a dónde quiere
llegar, otra vez con sus fantasmas del pasado…
- Es solo una hipótesis.
- Claro, claro, una hipótesis, una probabilidad entre no
se cuentas. De toda maneras, aquí y ahora se termina nuestro contrato.
- Usted decide…
- Así decido. Di la orden que depositen en su cuenta
bancaria cinco veces lo acordado y…
- No le pido…
- Así haremos, lo cortó muy secamente José Luis Gramajo
López, así haremos, considerando que lo que le pasó es usted es en parte
responsabilidad mía. Porque, fíjese, Don Marco, que mi interpretación de los
últimos acontecimientos me permite justamente verlo de esa manera, afirmó perentorio
el finquero, la boca llena de su sonrisa irónica. Le deseo que se restablezca
la más pronto posible. Mis saludos.
Se levantó, agarró su sombrero de vaquero y se fue como
al final del episodio de una telenovela.