La Triple N (+c)


NEO porque suena asi como que de moda

NOVELA porque a la gente le encanta las historias

NEGRA porque si no te ries te queda solo llorar

chapina, ni mas ni menos

Como que nunca llegó la primavera este año - 28

Cuando se despertó en una camilla, tenía varias personas de batas verdes, azules, blancas agitándose alrededor de él, una quitándole los pantalones, otra tomándole la tensión arterial, otra metiendo sus efectos personales en una bolsa, otra preguntándolo de que pasó, otras solo de mirones. Le hicieron una toma de sangre y luego sacaron la camilla en la sala de entrada de emergencia. Ahí mientras un joven enfermero instalaba el suero, otro se acercó por el otro lado:
- Mira, vos ¿este es Carlos Mendoza, no?
- Nel, se llama Marco no se que, respondió el otro.
- ¿Estas seguro, vos? me dijeron que…
- Te digo que no, tu Carlito es otro baleado también, pero ya hace diez minutos que dio cuentas a Dios.
Marco, cuya cabeza daba la vuelta de uno a otro como el espectador de un partido de ping-pong, suspiró: bienvenido en el infierno, mano.


Ahí se quedo acostado esperando siete horas. Se sentía bien chueco. Las primeras horas fueron las peores. Nunca sabrá Marco porque tardaron tres horas para darle un analgésico. En cambio, entendió rápidamente que a ciertos enfermeros, no les molesta mirar el partido en la tele y gritar goooool mientras gente se está agonizando de dolor a la par. Entendió también que falta coordinación entre los servicios de policía y el Ministerio Publico. Al cuarto oficial que llegó para interrogarlo sobre las circunstancias del balazo, le explicó que se sentía muy cansado y se quedó los ojos cerrados hasta que se vaya. Igualmente, aprendió que ser una mujer indígena no te da prioridad en la sala de emergencia de un hospital, al contrario. Finalmente, lo llevaron al bloque operatorio donde no tuvo el chance preguntar de que iba a pasar. Para tranquilizarse, Marco se imaginó que ya iban a limpiar y cerrar las heridas, se veía ya como que nada había pasado cuando se perdió en los vapores de la anestesia.


Era de noche, lo podía ver desde la cama donde estaba, cerca de una ventana por donde entraba una suave brisa fresca. Se encontraba en una sala grande, con decenas de camas con hombres durmiendo. Tenía el brazo izquierdo con vendas de yeso pero no podía moverse para mirar las demás heridas. Apenas se despertó, lo metieron en una silla de ruedas y lo llevaron a radiografía. Insistiendo, mientras lo manipulaban como un paquete, logró tener información:
- Un proyectil le atravesó el brazo izquierdo, tiene fractura y falta un pedazo de hueso. El brazo derecho, la bala entró por el codo y salió por el antebrazo, cabal pasó a lo largo del canal del nervio principal, por eso usted no siente nada. Tiene otra en el glúteo derecho, metida en el musculo. Usted puede agradecer al Diosito, señor.
- Pues sí, creo que tuve mucha suerte, respondió Marco.
- No es suerte, tiene que agradecer a Dios, créeme, repitió la enfermera.
- A quien debería agradecer es al fabricante de cinturones de seguridad, pensó Marco, recordándose el broche que le había salvado la vida.
Cuando volvió a su cama, lo estaba esperando su vecino, un joven despertado más por la curiosidad que por la brocha que tenía en la pierna:
- ¿Y a usted que le pasó?
- Me balearon, respondió Marco lacónico. No tenía muchas ganas intercambiar penas, que siempre lo hacen para convencer a uno que lo peor lo están viviendo ellos. Quizás por la hora, o por la edad del patojo, entonces le preguntó de vuelta:
-  ¿Y vos, que te paso?
- Caída de pedorra, pero caí como gato  boca arriba, respondió el chavo y agregando como para ganarse el primer lugar: tengo veintidós días estar aquí.
- ¡Mierda! Francamente, pasar veintidós dos días así en una cama sin poder caminar, eso sí le parecía una abominación. Bueno, mi amigo, me siento totalmente agotado, feliz noche.

Hasta que lo operaron setenta y dos horas después de su llegada, Marco no sintió pasar el tiempo. Solo ir al baño le costaba fácilmente media-hora, una ducha mínimo una hora, y todo así. El resto del tiempo se la pasaba escuchando las quejas de los accidentados y de los baleados, más o menos un 50% para cada categoría.
- Prohíben el carro y la droga y ya no se necesita hospitales, ironizaba Marco.
La casi totalidad de las enfermeras eran k’ekchies y los médicos todos blancos altos. Haciendo la suma del todo, y según lo que el detective podía constar al largo del día de las relaciones entre ellos, al país le faltaba todavía para salir de los tiempos de la colonia. Sin hablar de los pacientes:
-  Don Marco ¿le puedo preguntar algo delicado? Era otro joven, bueno quizás ya no tanto, un tipo de La Tinta victima de obesidad.
- Dale, vamos a ver.
- Cuando lo llevan a uno a la operación ¿solo la bata puede tener?
- Pues si ¿qué crees? ¿te van a operar entre camisa y chumina?
- ¿Pero ni el calzoncillo?
- ¿Para qué lo quieres?
- Es que dicen que a veces se aprovechan para violar a uno mientras está dormido…
- Puede ser, en tu caso, tan chulo que sos, comentó Marco conservando la cara seria.
Su propia situación le daba risa a veces. Como en el segundo día que lo reganaban por moverse mucho:
-  ¡Mire, esta roja de sangre su cama, usted!
A pesar de las protestaciones de Marco, persistían en que tan inquieto como este, nunca se había visto aquí en cirugía de Cobán.
-  ¡Pero que le pasó a usted, esta roja de sangre su cama! gritó la doctora en su visita de la mañana. Miró las tres heridas del lado derecho: claro, se olvidaron cerrarlas ayer, claro que está sangrando, murmuró.
- ¿Tengo todo abierto? se horrorizó Marco.
No respondió la médica. Solo agarró desinfectante, hilo y aguja redonda y lo tenía todo arreglado en menos de cinco minutos. Y se fue.
- Puta, vos, pensaba Marco, no estoy en un hospital público, estoy en un campo de batalla, vos, se olvidaron cerrar… puta madre ¿entiendes eso? ¡Se olvidaron, se ol-vi-da-ron cerrar tres orificios causados por balas de 40 mm! Te digo, la admiro esa médica ¿pero qué mierda de cicatrices me van a quedar a trabajar así como que estamos en guerra?

Ese mismo día lo visitó Don José Luis Gramajo López. Le contó que un trabajador de Don Oscar lo encontró desmayado a la par del 4x4, perdiendo mucha sangre. Llamó a los bomberos quienes estaban ya en camino por la llamada suya.
-  Ni me recordaba haberles llamado, comentó Maros.
- Por supuesto, en el estado que estaba usted, y que bien que logró hacer esa llamada. Pasa muy poca gente por ese camino en esa época del año.
Después de las formulas de circunstancia sobre la situación penosa de su empleado y decirle que iba a necesitar por lo menos un año para restablecerse, el finquero abordó el tema:
-  No sé si sería conveniente conversar sobre nuestro asunto ahora…
- Por favor, lo escucho, Don José.
- Mire. ¿Usted identificó el vehículo, sus pasajeros?
- No, respondió categórico Marco.
- ¿Ese tipo de acción no le parece típica de los narcos?
- Salvo si hubo error sobre la persona, seguro que parece represalias.
- ¿Como así sobre la persona? se sorprendió Gramajo.
- Lo que quiero decir es que quizás su información concernía más bien el vehículo.
- Ese vehículo es mío, lo usan el personal de la finca.
- Por eso menciono esa posibilidad, confirmó Marco, constatando que el rostro del señor no había mostrado ningún señal de armonía.
- Lo que sea el blanco que tenían, yo digo que son ellos, por como lo hicieron.
- Podría ser ex militares, por ejemplo, murmuró Marco, solo para amolar al cabron.
- Ok, estimado Marco, veo que a pesar del estado en el cual se encuentra, no ha perdido su sentido del humor, lo felicito.
- Como detective, mi tarea consiste precisamente en no dejar ninguna posibilidad de lado, usted lo sabe.
- Lo sé perfectamente, respondió el finquero ahora si irritado. Ex militares del Ejército, de la guerrilla, ya veo a dónde quiere llegar, otra vez con sus fantasmas del pasado…
- Es solo una hipótesis.
- Claro, claro, una hipótesis, una probabilidad entre no se cuentas. De toda maneras, aquí y ahora se termina nuestro contrato.
- Usted decide…
- Así decido. Di la orden que depositen en su cuenta bancaria cinco veces lo acordado y…
- No le pido…
- Así haremos, lo cortó muy secamente José Luis Gramajo López, así haremos, considerando que lo que le pasó es usted es en parte responsabilidad mía. Porque, fíjese, Don Marco, que mi interpretación de los últimos acontecimientos me permite justamente verlo de esa manera, afirmó perentorio el finquero, la boca llena de su sonrisa irónica. Le deseo que se restablezca la más pronto posible. Mis saludos.
Se levantó, agarró su sombrero de vaquero y se fue como al final del episodio de una telenovela.

Como que nunca llegó la primavera este año - 27

Bueno, solo en casa, para decirlo así. Durante la breve pero memorable estancia de Don Gramajo, Marco había entendido el mensaje: si tiras un pedo, el boss lo sabe de inmediato. Y no por la gorrilla, quien nunca estaba por aquí de hecho. Seguro que ahora estaba emborrachándose saber con qué cómplices en una sórdida cantina de los alrededores. Marco escrutó el cielo, a ver si no paseaba por allí un satélite con un anuncio avisando que “Las Lomas del Norte lo están observando”. Se río el detective, amarrillo. La tenia fácil Don Gramajo, conocía el lugar mejor que nadie, quizás había nacido aquí. Y con la fortuna que poseía, solo tenía que esperar que le lleguen los informantes. Sin olvidar que por ser cuelludo beneficiaba seguramente del apoyo de cuates suyos en la policía o saber dónde. Sin embargo, si efectivamente lo sabía todo, sospechaba quien había asesinado a su esposa y su administrador. Entonces ¿para qué contrató un investigador privado? ¿Para molestar precisamente sus amigos del Ministerio por cuentas pendientes del siglo pasado? ¿No lo absolvieron de una multa por exceso de velocidad? Quizás para protegerse, por si el asesino o los asesinos se pusieran a la defensiva: matan al detective indiscreto, y se salva el finquero. Hablando de se salva el finquero, tal vez era parte de los que no tienen la consciencia tranquilla con su pasado. Mejor pongo mi proprio detective, sigo a donde van sus investigaciones, agarró al criminal pero sin que vayan a meter la nariz en asuntos míos poco respetables. ¿Dónde estaba Gramajo cuando hubo la represión en la región de Senahú? A ver que dice mañana El Diplomático sobre esa cuestión… Otra hipótesis en cuanto a porque el finquero contrató a un investigador: ¿Culpabilizaba por una razón u otra sobre la muerte de su esposa? ¿Había una tercera pista? ¿Una cuarta…?
- ¡Alto, veo gatos aparejados! pensó Marco.


Cabal el celular le interrumpió su gran reflexión: número desconocido. Seguramente era El Diplomático: Efectivamente era él, directo al grano como siempre:
- Vos me pediste informaciones ya debidamente investigadas por la Comisión de Esclarecimiento Histórico, solo es cuestión cruzarlas y leer entre las líneas, se jactó.
- ¡Qué bien! ¡Dale, Sherlock!
- Entonces, la finca las Lomas del Norte, masacre del 18 de junio de 1982, se estima más o menos trescientos personas asesinadas, k’ekchies, de 0 a 76 años de edad, ningún sobreviviente. Responsable de la acción: el Ejército. Motivo: apoyaban a la guerrilla con comida y buzones. ¿Me escuchas?
- Si, si, te escucho, respondió Marco, con la garganta seca. Aquí estoy, estaba pensando, donde ocurrió esa gran mierda…
- Bueno, entonces, en el papel principal de jefe de tropa, el capitán Alejandro Flores Batz, y en el papel del soplón…
- ¿Un soplón? le cortó Marco.
- Hubo muchos en aquel tiempo, más o menos el mismo teatro, con el soplón con pasamontañas para que no lo reconozcan los demás, y él designando los cómplices o supuestos cómplices de la subversión.
- ¿Por qué supuestos?
- Porque como en toda guerra, se aprovecharon para quitarle su terreno al vecino, su cooperativa, su esposa, comerse el mandado ¿Ya sabes, no? Pero déjame terminar. Al principio, mataron a cada tipo que denunciaba el soplón y luego exterminaron a toda esa gente, sus animales, pusieron fuego a sus casas y sus cosechas. La pacificación total, pues. Ahora, escucha bien eso: el soplón no era un verdadero soplón, digamos del mismo pueblo, sino otro militar, o más bien ex militar que estuvo en la misma promoción que Alejandro Flores Batz y se llamaba, bueno sigue llamándose José Luis Gramajo López.
- Tiene un amigo oficial quien opera en la región, se pone de acuerdo con él para limpiar su finca de toda influencia de la guerrilla, casi treinta años después su esposa mete la nariz en el asunto y lo pone en peligro, entonces la mata ¿así de fácil?
- Pues, si, así de fácil, salvo que…
- ¿Salvo que?
- Salvo que te olvidas que tenia cómplice…
- ¿Ese capitán, dices tú? El también hubiera podido arralarse con las investigaciones de la Señora de Gramajo, claro.
- Sobre todo si de capitán hace años y años te convertiste hoy en un copetón…
- ¿Cómo así?
- Nada menos que el Subdirector de la Dirección General de Investigación Criminal (DGIC), compadre.


Por el sexto sentido que tienen los verdaderos detectives, se le vino a Marco la imagen de la pareja de anónimos con caras y maneras de polacos que choteándolo en Senahú.
- Ok, entonces podría ser uno de los dos, o los dos, ok.
- Yo encuentro la información, tú la analizas, papito. Ahora, los dos tipos del INTA, el ingeniero y su asistente, parece que si tomaron fotos después de la salida de los militares.
- ¿Les encontraste? pregunto Marco.
- ¿El fin de semana? Claro, fíjate que estaban los dos midiendo un robalo que acababan… Olvídale, papi, se murieron los dos en una caída de helicóptero en Huehuetenango uno meses después. Nada que ver con nuestro asunto, parece. Ahora, si, deben encontrarse esas fotos en los archivos de la finada INTA pero saber donde, suspiro El Diplomático.
- ¿Las tiene escondido…? iba a preguntar Marco.
- ¿El enemigo? cuestionó El Diplomático burlón. El enemigo no es ni menos ni más que el gran desorden que tienen ahí, se necesitaría años de trabajo y un fuerte apoyo financiero internacional para lograrlo, así que olvídalo, mejor. Mira, tango que irme, si tengo más, te llamo.
Marco agradeció una vez más al informante por su excelente trabajo antes de colgar.
-  A ver cuando nos juntamos para un billar, pensó.
El aire se volvía irrespirable. Marco sabía que tendría en un momento u otro, por las necesidades de la investigación, que presentarse en el pueblo, donde estaba el otro pueblo antes. Pero lo peor de todo era imaginarse su próxima conversación cara a cara con Don Gramajo, ex encapuchado y genocidio. Agarro el 4x4 para irse a dar una vuelta, a cambiarse las ideas, si es que fuera posible.

Por el tiempo árido, la ruta de terracería hacia mucho polvo. Se dio cuenta Marco, un poco más arriba de la entrada de la granja de Don Oscar, cuando vio en el retrovisor una nube blanca acercándose a alta velocidad. Para no entrar en una carrera estúpida, decidió dejar pasar el otro vehículo, esperando que despeje el humo de tierra y arena. Apenas retrogradó para la segunda, escucho unos ruidos secos, la sangre, su sangre volaba por todos lados, ya no sentía sus manos, sus brazos, apagó el motor, intentó quitarse el cinturón de seguridad pero una bala había aplastado el broche.
- El cinturón me salvó la vida, sino esa mierda me cruzaba el páncreas, el hígado, el estomago, agradecemos a la recomendación de la Policía de Tránsito, pensó Marco, sarcástico.
Finalmente, logró salir del carro, llamar a los bomberos, juntar documentación y pasta que tenía en el bolso atrás de su pantalón, ensangrentados por un proyectil que se fue a meter en su santisisimo culo, la nalga derecha más precisamente, dio una mirada a las heridas en los brazos, no le gustó ver que se había ido un pedazo de hueso porque le importaba mucho la idea quedar entero, sea lo que sea, antes de decidir que tenía tiempo antes de la llegada de saber quien llegaría, entonces se acostó en la orilla de la carretera para dar la pálida tranquilamente. Estaba el riesgo que regresen para darle el tiro de gracia pero ya era demasiado tarde para cranear tanto.