El viernes hubiera podido ser un día casi de descanso
para Marco. Pasó las primeras horas retomando tranquilamente sus notas. La
tesis sobre los narcotraficantes quedaba definitivamente descartada. Según la
nueva tesis, se hubiera eliminado a la esposa del finquero por buscar
información sobre la masacre de 1982. De la cual podían haber sido testigos un
ingeniero y su asistente, y existir pruebas en los archivos del INTA en Ciudad de
Guatemala. ¿El administrador? Quizás ayudó a Carolina Menéndez de Gramajo en su
investigación, o estaba por casualidad presente en el momento que la asesinaron
a ella. Todos los testimonios recogidos por Marco iban por ese lado: Don
Vicente, a su manera, el personal de la finca, ese Víctor Rivera, quizás también
el vecino Oscar Pérez Caal con sus insinuaciones. Tenía que tomar en cuenta la
presencia en Senahú de los dos inspectores capitalinos de la Subdirección General de Investigación Criminal. ¿Qué
sabían ellos?
De hecho, nadie sabía
nada. Digamos, nadie le había dicho nada preciso sobre el asunto, solo hacían
referencia.
- Una especialidad nuestra, los guatemaltecos, pensó Marco.
Se preguntaba si la
supuesta segunda pista no era un efecto de la paranoia generalizada en este
país. ¡Ni había puesto el pie en Las Lomas del Norte que ya todos tenían
entendido que su visita no era para diseñar no se qué remodelación sino para
investigar el doble crimen! También tenía una duda: ¿No habrá gente viva aquí
que estuvo involucrada en la masacre, un soplón, una guía? Parecía imposible, Víctor
Rivera había sido categórico, demasiado categórico. Marco se sentía manipulado
por fantasmas, impotente. Sin embargo, no era la primera vez que en una
investigación se descubría que la explicación de un asesinato se encontraba a
centenares de kilómetros de los hechos.
- Tengo que aprovechar el tiempo para descansar hasta que
hablemos con El Diplomático. De todas maneras, ya no hay nadie a quien
interrogar, pensó Marco.
Tenía impaciencia.
La telepatía no existe, o todavía no es posible pero a
veces parece funcionar. Sonó su teléfono, miró la pantalla: numero no
identificado. Pero reconoció de inmediato la voz de su interlocutor: El Diplomático.
- ¿Qué paso, ya no
puedes apoyarme, compadre? preguntó Marco, provocativo.
- Al contrario, amigo, fíjate que ya tengo todo lo que te
puedes imaginar sobre Víctor Rivera.
- Una vez más, me quedo admirativo por tu rapidez, ironizó
Marco.
- No fue muy difícil, en realidad, el tipo tiene un
expediente grueso en la Secretaria de Asuntos Estratégicos.
- ¿La SAE, el trabaja ahí?
- Si, trabaja ahí pero no solo eso.
- Te escucho, papito.
- Este señor fue oficial en la guerrilla del Ejercito de
los Pobres, desde 1979 hasta la desmovilización en 1997. Tenía la
responsabilidad de coordinar en logística y transmisión en Ixcán, al norte del Quiché
y Alta Verapaz, también México, por supuesto. Estuvo como empleado en la Fundación
Guillermo Torillo que se encargó de la reinserción de los ex combatientes, a
ver ¿Donde metí esa notita? Aquí esta: hasta hace siete años. Parece que tuvo
divergencias de punto de vista con esa organización. Luego se involucró en un
proyecto de cooperativa fundada por ex guerrilleros cerca de Cobán, pero no funcionó.
Hace cinco años y pico, lo contrató la SAE para cubrir el departamento de Alta
Verapaz.
- Así que mi amigo policía Pascual no se burló de mí sobre
la calidad de su contacto, comentó Marco.
- Te pasó lo mejor que se podía encontrar, aso si, confirmó
El Diplomático. Tengo otra cosa interesante para ti.
- Dime, amigo.
- Es un detalle pero sabes cómo somos puntillosos los
verdaderos profesionales, bromeó El Diplomático. En sus hojas de servicio de
los últimos cuatro meses, sus actividades estuvieron concentradas únicamente en
el Polochic, más precisamente en la zona donde estas tu.
- ¿Y qué tiene de raro, eso? cuestionó sorprendido Marco.
Si estaban convencidos en la Capital que el narco iba abrir una nueva ruta por acá…
- Lo raro es que durante esos meses aumento mucho la
conflictividad, como la llaman ellos, más al sur del Polochic, por Panzos, La
Tinta, conflictos de tierra, hasta se murió gente en desalojos organizados por
la policía.
- Si, me recuerdo haber visto artículos sobre el tema.
- Pues, fíjate que tu Rivera, en los últimos meses,
menciona muy poco esos acontecimientos. Hasta el punto que figura una nota de
reprimenda en su expediente por parte de sus superiores.
- ¿Criticando su falta de objetividad como ex guerrillero
en conflictos donde se sospecha que estén involucrados varios de ellos? No me
sorprende, pues, ironizó Marco.
- ¡Nel! Que está gastando últimamente los subsidios
públicos en una supuesta investigación en la región de Senahú, pero no indican
mas, cito: “sin justificación fundada”.
- ¿Tú crees que estaba metido en donde estoy metido yo
ahora? lo interrogo Marco.
- Francamente, no sé, respondió El Diplomático, pero no
se puede descartar nada. Te toca atar cabos.
Marco no le puso mucha atención al almuerzo. Lo que le
había contado El Diplomático a propósito de Víctor Rivera lo dejaba dubitativo.
¿Por qué no le había mencionado que se había pasado los últimos meses en la
zona de Las Lomas del Norte? ¿Por precaución personal? Mientras el detective
estaba masticando sus dudas y deducciones, se escuchó un helicóptero aterrizando
en el potrero a la entrada de la finca. Marco se levantó para ir a ver el
espectáculo, porque ya reaccionaba como la gente de esos lugares retirados para
quien la llegada o salida de un helicóptero se volvía todo un evento. Cuál fue
su sorpresa cuando vio bajar un hombre de la nave: ¡el señor José Luis Gramajo
López en persona! El patrón, el boss como decía TripleH… Y como una sorpresa en
general no viene sola, bajaron también dos mujeres, rubias o falsas rubias, con
cuerpo escultural. Siempre con esa manía que tenia, el finquero abrazó
brutalmente a Marco:
- ¡Qué bueno
verlo, Don Marco! Déjeme ver: ¡se mira muy bien de salud, usted, y todo
bronceadito, que bien, que bien! ¿Qué le parece si lo acompañamos en su
almuerzo, míster?
- ¡Excelente, que sorpresa! respondió Marco, por favor,
su casa es su casa, Don José. Marco miró de lado a TripleH que se había
acercado también, recogiendo maletitas. Seguro que lo sabía, el hijo de su
madre, y no me comentó nácar, fulminó Marco.
Le puso aun menos atención al almuerzo ¿A qué venía esa
visita sin avisar, lo hacía a menudo? Podía ser, un viernes, pasarse el fin de
semana en una de sus fincas, aprovechando para enterarse de los avances de la
investigación de Marco. Le llamaban más la atención las dos mujeres muy
aperjumadas, altas, con tacones y falditas cortas, bastante cortas. Se llamaban
Anna y Patricia, eran salvadoreñas.
- Putas de lujo, pensó Marco. Se le fue rápido la
tristeza al viudo, pensó Marco, recuperó rápido.
Como si la situación era absolutamente natural, y lo tenía
que ser para ese pendejo, pensó Marco, el finquero no hizo ninguna referencia
directa a las dos jóvenes. No tenían más de veinticinco años. Durante el fin
del almuerzo, Anna no paraba mirarlo, con las piernas muy relajadas.
- Como que ya se hubieran organizados durante el viaje,
entendió Marco.
¡Cabal! Don Gramajo López se levantó de la mesa
informando que tenía que ir a hablar con el personal. Pidió a TripleH
acompañarlo e invito a… Patricia para un paseo en su propiedad, la cual protestó
por no tener zapatos adecuados. Sin embargo, bajo la mirada insistente, para no
decir autoritaria del finquero, cedió.
Solos en el salón, Marco y Anna empezaron a conversar,
banalidades. Luego, Marco no se recordaría quien dio la idea de tomarse tragos,
whisky con coca para los dos, y de copa en copa, más whisky y menos coca hasta
terminar compartiendo el mismo vaso. Contemplando Anna tirada en el sofá al
frente de él, Marco podía entrever de vez en cuando las calzonetas rosadas de
la señorita que dejaba sus muslos abiertos a la vista.
- ¡Como que ni se
da cuenta! suspiró Marco. Y con braguitas finas, aquí, en pleno campo…
Para romper el encanto y retomar el control, le propuso a
Anna dar unos pasos afuera. Ahora, a pesar del aire fresco, le tocó embolarse
con la pachanga de las caderas de la joven. Cuando ya bien entrada la noche Anna
se coló entre sus sábanas, ya no pudo resistir más y la naturaleza retomo sus prerrogativas.