La Triple N (+c)


NEO porque suena asi como que de moda

NOVELA porque a la gente le encanta las historias

NEGRA porque si no te ries te queda solo llorar

chapina, ni mas ni menos

Como que nunca llegó la primavera este año - 3

Le costó entrar. En la garita, no entendían o hacían como que no entendían. ¿Por la mala pinta de su carcacha? O solo porque hora del lonch: olía a pollo frito (con hormonas) y tortillas frescas (sin maíz). Por culpa de su nariz que se puso a picarlo y luego de su estomago que se puso a chillar, Marco empezó a tener filo y se recordó que aun no había almorzado. Saber si fue porque se había pasado unas horas documentándose sobre Cobán y la región de La Verapaz, pero se le vino a la mente un kak’ik vaporando acompañado de sus tamalitos y una o ¿por qué no? dos copas de tinto chileno, más precisamente un shiraz del Casillero del Diablo. Le gustaba el nombre, aunque sea como llamaban a una loma redonda en el sur de Francia hace unos cuantos siglos, a él le sonaba como un viaje, mejor dicho un vuelo, en alfombra persa, entre Damas y Bagdad. También este sabor fuerte que queda pegado a la lengua horas después de tomárselo. Se recordó que tenía que pasar a casa del Negro recuperar unas botellas de una caja que compraron justos, a un precio muy interesante… Finalmente les dejaron entrar, él y su escarabajo azul celeste, muy machado, muy chocado, por falta de fondos para un enderezo total.

Cruzó la colonia La Cañada admirando las villas de lujo, más bien el tamaño que el estilo, en general pomposo y de mal gusto.
- Parece que les encanta los columnas griegas y los halls de edificios nuevayorkanos a los embajadores y los narcos, pensó Marco.
Eso se comentaba de La Cañada: un embajador, un narco, un embajador, un narco… De vez en cuando salía en la prensa que habían encontrado unos millones de dólares bien empaquetados en armarios tratados para resistir a los efectos nocivos de la humedad, en espera de que una lavandería se encargue de limpiar esos billetes sucios. En la casa de un narco, no de un embajador, por supuesto, a pesar de lo que podían insinuar los chismes. Llegó frente la casa de José Luis Gramajo López. No se miraba nada sino una muralla como de ocho metros de altura disimulada bajo una espesa capa de uña de gato recubierta por partes de tumbergia. Con la puerta de entrada y la del garaje (para mínimo tres coches) pintadas de negro, la fachada no llamaba la atención, ni tampoco las cámaras hábilmente escondidas en el follaje a cada extremo. A penas iba tocar el timbre que se abrió la puerta sobre un gigante con cara que se quería acogedora:
- Mucho gusto, Don Marco, soy Haroldo Hernández Herrera, fue yo quien lo llamó.
- Un gusto, respondió Marco, sorprendido por la mano suave de la gorrilla. Pensaba que lo iba a machucar…
- Pase por favor, el boss está esperándolo.

Pasaron por el corredor de la entrada, dos salones donde podían entrar varias mesas de ping-pong, amueblados de mesas, sillas y baúles de madera con ese tinte oscuro proprio al estilo antigüeño. Llegaron a una inmensa terraza donde dos niñas jugaban en una piscina del tamaño del apartamento de dos habitaciones de Marco. La vista, esplendida, daba sobre la última finca que queda todavía al final de la zona 14, medio escondida y accesible solamente por la carretera a Bocas del Monte. Sentado en un sofá de mimbre, un gordinflón de más a menos cincuenta años con tacuche se levantó para darle un abrazo de oso:
- Don Marco, es un honor recibirlo en mi modesta casa. Entiendo que usted tendrá antepasados europeos. Me permito decírselo por su puntualidad, agregó riéndose. Es un real placer saber que todavía tenemos une verdaderos profesionales en este país. Por favor, tome asiento, sí, en ese sofá, por favor. Si es que no almorzó aun, le propongo acompañarme…
- Se lo agradezco, muy fino.
- ¿Usted tomará un aperitivo? Scotch?
- Con usted, pero sin hielo, por favor, respondió Marco.
El señor José Luis Gramajo López sonrió, fijando su mirada en los ojos de Marco como buscando algo, antes de decir:
- Y nuestro invitado tiene el sentido del humor ¡Excelente, excelente!
Marco no logró detectar si había apreciado o no la broma. Decidió mejor no atreverse otra vez.

Tomaron el whisky comentando la belleza de la vista. Luego el señor José Luis Gramajo López contó que era originario de Cobán, donde su familia vivía desde cinco generaciones. En la época de la Reforma liberal, a finales de los años 1800, de agricultora su familia pasó a administrar fincas de café creadas por alemanes o más bien suizos-alemanes:
- Quizás por esa razón siempre fuimos y somos gente muy puntual, agregó el finquero, mirando de nuevo Marco fijamente, el rostro impasible. Marco no movió ni un dedo, conservando la cara del alumno atento.
- Este sí que es un alagartado de primera, pensó Marco, mejor cuidarse.
Siguió contando el finquero como poco a poco sus antepasados se convirtieron a su vez en cafetaleros, hasta su padre quien logró adquirir otras fincas en la Boca Costa y Santa Rosa. El mismo había pasado una gran parte de su infancia entre San Marco y Barberena. Pero, explicaba, Las Lomas del Norte, así se llamaba su finca en Alta Verapaz, seguía siendo donde la familia tenía sus raíces. Incluso, cuando un alto oficial de Ejército había tratado comprarla – que sea dicho de paso, a muy bajo precio – en 1976, todos los hombres mayores de edad de la familia se habían juntados en la finca, armados para defenderla hasta donde sería necesario:
- No es casualidad, susurró, que mi padre fue asesinado el mes siguiente. No tenemos ninguna duda sobre quien lo hizo. Si no es indiscreción de mi parte ¿Estuvo una vez usted en las filas, Don Marco?
- Este cabrón, sí que es hoyero, reflexionó Marco. Hice mi servicio militar, respondió.
- Claro, claro, yo también, bueno en realidad en una oficina de la Capital, nada espectacular, comentó el finquero, la mirada flotando en dirección de la piscina:
- No le presente mis dos hijas, Dolores y María, de once y trece años de edad, mis dos preciosidades, el oro de mis ojos. En esos días, mi esposa esta justamente en Las Lomas del Norte, revisando las cuentas.
Por pura cortesía, Marco preguntó donde estudiaban.
- Aquí, en la Capital, la mayor en un colegio americano y la pequeña en el colegio francés. Mejor no meter todos sus huevos en la misma canasta ¿No cree usted? dijo con una risa medio amarilla. Sin esperar una respuesta, preguntó de nuevo: ¿Cree usted que una mujer puede dirigir una finca?
- Ahí viene otra trampa, pensó Marco, seguro que ya tiene la respuesta. La verdad es que no tengo la menor idea en qué consiste la gestión de una finca, respondió.
El señor José Luis Gramajo López se río, complaciente, y lo invitó a empezar a comer.

¡Un almuerzo utz pin pin! hubiera dicho la abuela de Marco. Comenzaron con un guacamole exquisito seguido de un puyazo suculento acompañado de papas como Marco no se recordaba haber degustado. El vino tinto, francés, un medoc Chateau La Branne 2007, era una delicia. No conversaron mucho mientras comían, solo banalidades sobre el clima, los efectos del último huracán sobre la producción agrícola y unos intercambios prudentes sobre la política ni chicha ni limonada del Presidente Obama en cuanto a los migrantes latinos ilegales en los Estados Unidos. Regularmente, la prensa escrita informaba de la situación de los deportados por avión que llegaban al país por centenares cada día. Las dos niñas, bajo la vigilancia de dos muchachas, eran muy discretas y, le llamó la atención a Marco, en ningún momento se dirigieron a su padre. ¿Disciplina suiza-alemana? se interrogó Marco. Después de terminar el postre, un inolvidable sorbete casero a la frambuesa, el señor José Luis Gramajo López invitó Marco a pasar en su estudio para tomar un digestivo.

A su gran sorpresa, el lugar no se parecía en nada a esas tradicionales oficinas de abogado-notario tal como las conocía Marco, con su librería cargada de libros con encuadernación de cuero y diplomas colgados por todas partes. Sabiendo que más diplomas en las paredes… Al contrario, era una oficina high-tech de paredes blancas con escritorio de vidrio, una computadora plana último modelo y un sofá con una mesita también de vidrio donde les esperaba un Fine Napoleón ya servida en dos copas para coñac. Ningún documento a la vista, ningún papel. Cada uno tomó asiento a un extremo del sofá. El finquero suspiró, lisando su fino bigote:
- Me imagino que es tiempo explicarle porque pienso que sus servicios me podrían ser útiles, Don Marco.
- Soy todo oído, señor.
- Bueno, no voy a ir por cuatro caminos. Fíjese que tengo la mala impresión que traficantes están utilizando Las Lomas del Norte para sus negocios, o que lo quieren hacer, a lo peor quieren meter la mano sobre la finca. Parece locura pero ya varios finqueros en las Verapaces y en El Peten tuvieron que abandonar sus propiedades bajo amenazas cuando no fue por el asesino de familiares o del personal administrando esas fincas.
- ¿Qué espera de mi? preguntó Marco.
- Una investigación discreta, muy discreta, en la zona de Cobán y de Senahú. Por supuesto, ninguna intervención directa suya sino toda la información que pueda recolectar. Si no me equivoco ¿Usted estudio unos años en arquitectura en la San Carlos?
- Mira como viene preparado, pensó Marco. Si, efectivamente.
- Excelente, lo presentaremos como encargado de un estudio para remodelar la casa allá, así que usted podrá movilizarse sin que nadie sospeche lo que sea.

Aceptó sin regatear la propuesta económica que le hizo el finquero para esa pequeña investigación: podría reembolsar todas sus deudas y tomarse un año sabático si le venía las ganas. Sin embargo, cuando salió de la villa, a pesar de lo suave de la frambuesa y del coñac, sentía un sabor amargo en la boca.

Como que nunca llegó la primavera este año - 2


Dio otra y otra vuelta en la cama pero imposible dormir más. No por unas cheves nocturnas ¿Qué te vas a imaginar? Tampoco por el tiroteo que les regalaron como postre. Si no dormiría por los balazos que se recibió en la vida, este Marco ya se hubiera ganado el Guiness del insomnio. La molestia venia de un vecino brincando con láminas, dándole y dándole con su pinche martillo. Siempre lo hacen el sábado o el domingo. No queda claro si es para que todos sepan que un buen padre de familia tiene que chapucear el fin de semana, a horas tempranas, claro ¿sino para qué? O es que más tarde tienen muchas cosas que hacer como sentarse a mirar el partido, uno con su lirio, otro con su octavito que saca discretamente de debajo de la caja de herramientas mientras la Seño se fue a misa con la marimba de güiros. Así que Marco se levantó de bastante mal humor. No le convenía. Tenía que calmarse, concentrarse sobre los últimos eventos.

Tomando su expreso, una mezcla de café de Cobán, de Huehue y de Fraijanes acompañado de unas champurradas ya no muy frescas, le echo un vistazo a la prensa que le había dejado Ana Beatriz, su muchacha, en la mesa de la cocina. Bueno, muchacha para decirlo así porque seguro que era la única domestica criolla de todo el país, sabiendo que la mayoría de las llamadas muchachas son patojas menores de edad de aldeas indígenas, cuya necesidad e ingenuidad permite explotarles a fondo. A sus empleadores, muchos de ellos mestizos medio urbanizados y no tan fichudos, les permite creérsela, monos de la oligarquía que pueden así desahogar sus frustraciones sociales sobre más gafo y marginalizado que ellos mismos. Ana Beatriz era sobrina de un antiguo alcalde capitalino, canche de oclayos azules, quien se sentía más vasco que chapín. Cuando supo que la chava estaba adicta a la cocaína ¿con tanto pisto y aburrimiento, quien no lo hubiera estado? este hijo de conquistador no tuvo mejor idea que dar la consigna a toda la familia de no conocer ni reconocer a la joven ni cruzándola en la calle. Por pura chiripa, se encontraron ella con Marco en una panadería de la zona 10: nácar de amor eterno, nada de sexo casual, solo limpiar el pequeño apartamento dos veces a la semana, y dejar la prensa cuando pasaba ella cada mañana para ir en otra casa vecina a cuidar niños.


Nada novedoso, siempre los mismos temas de siempre: el espectro de la inseguridad y sus cadáveres salpicados por toda la bendita Nación, los últimos casos de corrupción descubiertos por casualidad o por denuncia de un rival (raras veces por investigación de los servicios oficiales encargados), y el anuncio del próximo huracán, Johnny. Los gringos le dieron nombre en inglés al pendejo, algo excepcional. ¿Será que les acusaron de demagogia por darles nombre en español a esas tormentas que no se cansan de cruzar el Caribe y América Central a lo largo del año?
-¿Por qué no darles nombres africanos con todo lo que tuvo que aguantarse la gente de la Nueva Orleans? se preguntó Marco.


Agarró su cuadernito de apuntes para empezar a poner en orden sus ideas en cuanto a su nuevo trabajo cuando una foto en la portada de Prensa Libre llamó su atención. Abajo de la ilustración, la leyenda decía: “Destrucción de 332 kilos de cocaína decomisada en Cobán.” Se veía una gran fogata con representantes del Gobierno asistiendo al evento. Era espectacular el cliché por ser tomado de noche. Sin embargo, a pesar de la obscuridad, se distinguía bien los rostros de los participantes: el representante del Ministerio Publico en Cobán, el Jefe de la Policía Nacional Civil, el Jefe del Departamento de lucha contra los narcóticos de la misma policía y un cuarto personaje un poco atrás identificado como “el señor José Luis Gramajo López, propietario de la finca Las Lomas del Norte”. Igualito como cuando recibió Marco en su salón tres días antes en su elegante casona de La Cañada en la Capital, el Don vestía ropa italiana hecha sobre medida que disimulaba sutilmente una muy fuerte corpulencia. Intrigado, se puso a leer el artículo.

Afirmaba que “según un trabajador, el administrador de la finca Las Lomas del Norte, Alfredo Pop Choc, desde hace varios meses autorizaba aterrizajes en la propiedad contra retribución de los traficantes. Parece que hubo un desacuerdo entre ellos sobre la suma que recibía y que por esa razón denunció la presencia de los narcos en la zona al dueño de la finca, José Luis Gramajo López. Ese último informó a las autoridades, quienes allanaron el lugar en la noche de viernes a sábado. En la casa del propietario encontraron los cuerpos de su esposa y del administrador. La señora de Gramajo estaba de descanso durante esos días en la finca. Los dos cadáveres mostraban claras evidencias de tortura.”

En una declaración, el Jefe de la Policía indicaba que “Sobre insistencia del mismo señor José Luis Gramajo López, nos acompaño en el allanamiento. Estaba cuando entramos en la casa. Es una pena.” Por si el lector no había bien entendido, el periodista insistía en que “vio todo y no hizo ninguna declaración, totalmente perturbado por el espectáculo de los cadáveres de su esposa y del administrador, más que todo de su ser querido”.
- ¿Que mierda es eso? pensó Marco. Un tipo lo contrata el miércoles para averiguar si no usan sus fincas para narcotráfico y matan a su esposa y su administrador el día siguiente, unas horas antes de que las autoridades descubren los cuerpos y una montaña de cocaína.
Ahora sí, empezaba el dolor de ñola.


Trató imaginarse a José Luis Gramajo López, como se sentía. ¿Estaba todavía en Cobán, en otro lugar consolando familiares o ya de regreso por helicóptero en la Capital, en La Cañada, donde vivían sus hijas? Se recordó de la llamada telefónica:
- ¿Usted es Don Marco?
- Si, el mismo.
- Aquí le habla Haroldo Hernández Herrera. Lo llamo por parte del señor José Luis Gramajo López, de Cobán, a quien lo recomendaron a usted como un excelente profesional.
- Le agradezco el cumplido. ¿En qué les puedo servir?
- Mire, Don Marco, el señor Gramajo López le propone un encuentro en su casa de la Capital el día miércoles, si es que usted seria disponible. Se encuentra en zona 14, La Cañada ¿conoce usted?
- Sí, claro.
- ¿Tiene para apuntar? Cuarta calle, 7-74.
- Muy bien ¿A qué hora?
- Después de mediodía, a la hora que le conviene mejor a ustedes.
- Digamos a las 13:30 de la tarde ¿Le parece?
- Perfecto. Lo esperamos entonces.
Y este Haroldo Hernández Herrera colgó sin más comentarios ni las habituales salutaciones de cortesía entre gente que no se conoce.