La Triple N (+c)


NEO porque suena asi como que de moda

NOVELA porque a la gente le encanta las historias

NEGRA porque si no te ries te queda solo llorar

chapina, ni mas ni menos

Como que nunca llegó la primavera este año - 17

Después de despedirse de la familia Coy, habían buscado y encontrado un hotel, es decir el único hotel con tres estrellas de Senahú. Se llamaba Hotel de Senahú, con tres estrellas en la fachada pero brillaban solo dos, y no había otro, imposible confundirse. Se entendía la generosidad del Sub: no había manera gastar millones en un rincón del mundo como este, salvo tirando doblones en la fuente pintada de azul celeste de la placita central para que se realicen deseos. Los inspectores Martin Tista Rodas y Carmen Guzmán Cordón andaban de civil y tenían como consigna no ponerse en contacto con los colegas locales. Tenían entendido que el estatuto de en este municipio era algo precario. Habían ocurrido linchamientos de ladrones y secuestradores, y varios policías habían escapado de ser también quemados, acusados de complicidad con los criminales. Frente a la demanda reiterada de los vecinos, y seguro que el linchamiento del Juez de Paz incidió en esa decisión, la PNC había finalmente decido cerrar sus oficinas en Senahú. Sin embargo, a la solicitud de los mismos vecinos, hace solo dos meses se había abierto de nuevo una estación de la Policía para proteger a la población de las exacciones del narcotráfico:
-   Esos colegas caminan sobre huevos, entonces mejor no complicarles más la vida, había explicado el Sub, asegurándoles que el Jefe de la estación estaba al tanto de su llegada pero sin saber más de lo estricto necesario en cuanto a la presencia de dos inspectores de la SGIC en su territorio.
De hecho no sabía ni miércoles. Oficialmente, los dos eran funcionarios en descanso. Si podían evitar precisar funcionarios de que, mejor.
-   Resumiendo la situación, dijo Martin con tono deprimido: no podemos decir nácar, no podemos hablar con nadie, y no podemos llegar donde está este Marco.
- ¡Vamos a pasear entonces! trató animarlo Carmen.
- Si tengo ganas de ir a chompipear, me llevó la familia al Puerto, respondió el inspector.
- ¿Prefieres quedarte aquí en el hotel de día y de noche, haciendo la cuenta de las pulgas? preguntó la inspectora.
- Tampoco, tampoco…
- ¿Entonces?
- ¡Vamos a pasear, pues! dijo Martin con falso entusiasmo.
Llegaron a la famosa fuente del matrimonio. A la pregunta de por qué se llama así, una señora vendiendo licuados en la plaza les explicó:
-   Si toma su agua o se baña ahí, a los pocos días uno termina casándose. Es inevitable, insistió la vendedora.
- ¿Hay gente que lo hace a propósito, entonces? pregunto Carmen.
- ¿Cómo así?
- Buscando pareja… precisó Martin.
- ¡Ay no! se rió la locataria. Es que la fuente no hace la diferencia…
- ¿La diferencia?, cuestiono Carmen.
- La diferencia entre hombres y mujeres, así que si usted se baña en esa fuente, se casara pronto pero depende de la guasa: puede ser hombre… o mujer.
- ¡Vaya suerte! A mí no me importa, ya soy casado, afirmó Martin, riéndose. Hasta en sus leyendas, nuestro país es homófobo, pensó, que lastima.
- Nunca se sabe, señor, nunca se sabe, concluyó la vendedora.

Luego subieron un sin fin de gradas para llegar a la iglesia. Con las aberturas de sus dos torres a través las cuales se puede ver las nubes pasando atrás, se parecía a un decorado de teatro, según Carmen. Quedaron un momento observando los vaivenes de la gente en el mercado antes de ir a sentarse en un lugarcito donde pidieron dos cheves. Pensaban recoger rumores sobre los acontecimientos de Las Lomas del Norte, uno u otro chisme sobre un capitalino que hubiera llegado ahí. ¡Pero toda la gente hablaba k’ekchi’! Se tomaron otra chela, y otra. Finalmente decidieron volver al hotel a mirar televisión:
-   ¿Sabes que Martin?
- Dime.
- Aquí nos vamos a palmar, fíjate, de aburrimiento o… de alcoholismo, bromeó Carmen.
Ni le dio gracia a su colega.

Como que nunca llegó la primavera este año - 16

Lo despertaron golpes en la puerta de su habitación. Durante unos segundos creo que se había pegado las sabanas y que venía la mara para jugar póquer. Miró su reloj: las 6:00 de la mañana. Dio una mirada en los alrededores:
-  ¡Gracias! gritó Marco, pensando que desafortunadamente ya había llegado a esa etapa de la vida cuando uno necesita ubicarse de nuevo en el universo cada vez que se despierta.
- De nada, susurró atrás de la puerta la voz de Guillermo Cahuec Cu, uno de los guardianes.
Tal como se lo había recomendado, el detective se vistió para protegerse del frio, él de la mañana y él de las alturas, sin olvidar las botas de hule que le habían prestado. En la cocina encontró a María Toc Cab, una señora ya de edad, como cincuenta años, preparando huevos a la ranchera con tomate, acompañados con frijol, tortillas y mosh de arroz. Cuando les saludó, a ella y a Guillermo, ese último le respondió:
-  Buenos días, Don Marco ¿qué tal amaneció? Perdone pero Doña Margarita no habla la castilla…
- ¿Me hace el favor decirle de mi parte que la saludo y que le agradezco levantarse tan temprano para prepararnos ese desayuno?
- Ella se levanta todos los…
- Por favor, insistió Marco, paciente.
Guillermo hizo la traducción y la señora María Toc Cab miró Marco para dirigirle unas palabras en k’ekchi’. Marco miró interrogativo a su vez Guillermo quien le dijo:
- María dice que se ve que usted es buena gente. Y le recomienda que se cuide.

Después de este copioso desayuno y agradecer de nuevo a Doña María, tomaron el camino de la montaña. Para que quede claro de una vez para Guillermo su visión del mundo, como le gustaba repetir a sus cuates, Marco le comentó:
-  Las tortillas de María ¡tenía tiempo no filiar tortillas tan ricas!
Guillermo se quedó callado. Mensaje recibido, pensó Marco. De hecho, esas tortillas espesas, frescas, no tenían nada que ver con esas cosas de cartón malolientes que te venden en la capirucha, entregadas en bolsa de nilón. Pero ya no era hora para reflexiones socio-filosóficas: el pendiente de la montaña era terrible. A cabo de unos veinte minutos y que ya le costaba encontrar aire, Marco trató imponerse un paso regular, el pie pegado pero dejándose llevar por al relieve del suelo, con el cuerpo ligeramente agachado para apoyarse en su propio peso. En media hora, ya estaban envueltos del frio y de la humedad de las nubes:
-  Se despegaran por las 9:00, cuando ya esté el sol, lo tranquilizó Guillermo.
- ¡Qué bien! suspiró Marco, estoy congelado.

Alrededor, solo pinos y pinos con su perfume tan agradable, y más fresco a esa hora matinal. Marco se felicitó haber escuchado el consejo de llevarse esas botas de hule negro, feas pero bien útiles cuando cruzaban charcos de lodo puro chicle, como que si quería chuparse el caminante para llevárselo hasta las entrañas de la Tierra. De hecho, el lodo cansaba más que la pendiente, a Marco le irritaba.
-  Guardar la calma, guardar la calma, se repetía. Hacer como manejando el coche en la ciudad en los atascos, pensar en otras cosas y dejar que trabaje el pilotaje automático. ¿Pero en qué pensar que no me haga pensar en aquí? ¿Una mujer?
Intentó recordarse de la primera chava de quien se enamoró. Catarina se llamaba, vivía a siete casas de la de sus padres. Un caserío, el lugar ideal para matar al amor, donde no solo todos saben cuando te rasgas una nalga sino que también lo comentan porque su vida es tan chiquita que necesitan chupar la de los demás, por supuesto siempre lo malo para que la suya parezca la mejor. Nada de cuzquear y cantinear, la única posibilidad que tenia uno era cruzarse con el objeto de sus deseos en el monte, así por casualidad. ¿Cuál era el momento más propicio? Cuando las patojas iban a sacar agua del rio con sus tinajas de plástico, también cuando iban a recoger leña. Pero quedaba complicado el asunto, porque siempre salían acompañadas de un miembro de la familia o con otras chicas. Pero lo había logrado y era bonita la relación. Acordaban citas secretas y podían conversar casi cada día. ¿Qué edad tenían? Doce o trece años, así que llego un día que empezaron a conversar, divagar corrigió Marco, sobre el futuro. Casarse, tener hijos: ¿Cuántos quieres tener, cuatro, cinco, y tú? Dramatizaban su vida preguntándose de si sus papas les dejarían, una indígena con un ladino. Fue la primera vez que Marco se dio cuenta que existían diferencias difíciles de superar. Al final tuvo que irse a la capirucha, en casa de un tío para poder estudiar la segundaria. Lloraron mucho los dos, dándose chiclazos por primera vez. Ese penoso recuerdo trajo de regreso Marco en el pinar frio.

-  Excelente esa idea de ir a visitar el viejo ermita allá arriba, pensó. Así empiezo con los oclayos en el lugar de los acontecimientos pero desde un punto alejado.
Era un método de investigación. Otros lo hacían al revés, desde el centro, donde se cometió el crimen, hasta la periferia, los que escucharon que... La ventaja también era que la gente iba a pensar que estos de la ciudad son un poco locos y, en su caso, que no le interesaba mucho lo del doble asesinato. Faltaba solo encontrar la manera que no esté Guillermo presente todo el tiempo cuando estarán con el viejo. A ver:
-  Este señor que voy a visitar ¿solo Vicente se llama, así de simple? pregunto.
- Pues sí, Don Vicente, respondió Guillermo sin dar la vuelta. Mirándole subiendo frente él, Marco se dio cuenta que llevaba una pistola de calibre grueso.
- Bueno, es guardián, siempre debe andar con su arma, me imagino, pensó. ¿Y este señor habla español?
- Si, lo habla muy bien.
- Que bien, que bien, así no necesitaré molestarlo a usted con la traducción, comentó Marco con una pequeña tos significativa.
Siempre dándole la espalda, Guillermo se río:
-  No hay pena, sin ofender, a mí no me interesa mucho ese viejo. No tiene toda su shoia. Y tomase el tiempo, Jacobo me pidió dar un vistazo a unos mojones en la cresta. Bajaremos como a media tarde cuando ya no esté el sol tan fuerte, si es que viene este pinche sol.

Cuando bajaron, efectivamente se había ido el poco sol que hubo durante el día y a Marco le parecía aun más frio el aire. Quizás había cometido un error de no quitarse en ningún momento su chumpa como le había aconsejado varias veces Don Vicente. El anciano era impresionante, parecía tener más de cien años y se pensaba y repensaba cada palabra antes de que salga de su boca. A la hora del almuerzo, habían compartido los tamales de chipilín hechos por María con pedazos de armadillo y de malaga cocidos en una salsa de achiote por Don Vicente. Este señor bien amigable también le había regalado un vaso de boj’ de caña que calentaba el cuerpo y la mente con una eficacia sorprendente:
-  ¿Es bien fuerte, no? le comentó el ermita. Uste se va a olvidar todo lo que le conté, se río.
- Espero que no, espero que no, reaccionó Marco. Valió la pena escucharlo, se lo puedo asegurar.
En realidad, hubiera sido incapaz explicar en que valió la pena lo que le contó este señor. Le había costado mucho adaptarse al discurso de Don Vicente. No hablaba tan bien español como lo había pretendido Guillermo. Mejor dicho, lo hablaba bien pero sus frases tenían otra construcción, por lo menos otra que la que le enseñaron a Marco en la escuela. Y daba vueltas, o no, era como que daba vueltas porque Marco estaba seguro que el viejo seguía un hilo bien claro para él mismo pero invisible para un capitalino como él. Se recordaba la gente del caserío a quien entendía perfectamente por saber leer entre las líneas y distinguir lo importante de los detalles, porque lo más importante, a saber por qué razón, siempre andaba en las conversaciones con discreción. Un día, había preguntado a su padre sobre eso:
-  Importa guardar distancia con lo acontecido, dar vueltas en sus alrededores sin acercarse demasiado, sino ya no puedes pensar para entenderlo, le había respondido.

Así que bajando de la montaña la cabeza llena y confusa por los comentarios de Don Vicente sobre la historia de la finca que tuvo otros dueños antes, pero ni había finca en aquel tiempo fíjense, la muerte que se siembro aquí por pura envidia, celos, con gente armada por ahí y por allá, la memoria que no es la misma según uno y otro, la lana que corrompe a cualquier, Marco había tomado una decisión que ya se le había ocurrido tomar a veces en otras investigaciones: no analizar más el testimonio sino tenerlo siempre presente a la mente en el transcurso de su investigación.