Le gustaba levantarse de madrugada, a la hora del nixtamalero, con el frio del alba y las nubes todavía pegadas a las montañas, para caminar por el casco de la finca antes de desayunar. Falsa rubia con ojos café, tenía puesto un grueso pullover de lana de lama, vaqueros con espeso cinturón de cuero y botas mejicanas con tacones y puntas. Le faltaba solo el sombrero blanco y un trasero quizás más imponente para parecerse a esas chavas que colean el culo en los videos de canción ranchera. Pura subcultura de bares (con o sin leonas) y cantinas para quien tiene la polla al lugar del cerebro (pero no al revés) y prefiere tomarse el sueldo que regalarle un nuevo par de zapatos al güiro. A la señora Carolina Menéndez de Gramajo, le encantaba. Mejor dicho: la excitaba. Hasta los olores del campo. No de la naturaleza, del campo, es bien diferente. Aspiró profundamente ese perfume autentico de estiércol que usan para abono.
La Doña parecía tener más o menos la trentena. Era el caso, con treinta y tres años de edad exactamente. Se había casado a los veinte por caer embarazada de un imbécil que tenía más del doble y que le servía de marido desde entonces. De hecho, y se lo masticaba de vez en cuando, de hecho la estúpida fue ella por rechazar la propuesta de aborto que le hicieron sus padres. Por respeto a Dios, repetía la pequeña necia. Arrepentida la Doña, no te puedes imaginar hasta donde… Pero, finalmente, la vida no había sido tan difícil para ella, bien al contrario. El esposo no le exigía mucho, por decir nada. Estaba quizás frustrado de no tener todavía un hijo varón para retomar los negocios. Digo quizás, porque nunca había hecho directamente referencia al tema sino por indirectas comentando el caso de tal o tal fulano.
Pasó la entrada del casco, donde se apreciaba plenamente la magia del lugar. Desde ahí se miraba la ruta de terracería que se juntaba a la carretera de asfalto después de dos kilómetros serpenteando entre las montañas. A su derecha espejeaba une pequeña laguna con las primeras vislumbres del día. A la izquierda, un inmenso potrero, de un verde muy vivo, y luego unos bosques de pino. Dando la vuelta, atrás del casco de la finca desfilaban altas montañas. A unos quinientos metros, salía un camino para el pueblito de los colonos. Ahí, desde hace varias olas, vivían los trabajadores k’ekchies de la finca con sus familias, en sus champas. En una pequeña loma atrás del pueblito se distinguía las tumbas coloradas de su cementerio. Se recordó Carolina de su primera visita del lugar.
Tenía entonces apenas veinte años. A pesar de que estaba embarazada de ocho meses y pico, que nunca había tenido la oportunidad de salir de su barrio capitalino de la zona 1, Don José Luis Gramajo López, con quien acababa casarse porque ya no había por donde, insistió para que visite, así pretendía él, la finca de sus tatarabuelos. La casa del dueño era inmensa, de buen gusto y agradable. Con sus murallas de adobe, conservaba el calor cuando venia el frio del invierno y quedaba fresca a pesar del calor veraniego. También le encantaba el sonido de la lluvia cayendo sobre las láminas y el canto de todos esos pájaros. Pero le chocó el pueblito con sus champas de paredes de palos y sus techos de posh. Apestaba a pobreza.
- Así prefiere vivir esa gente, explicó su marido. Intente arreglar unas cosas pero son felices así: tienen trabajo, casa y su lote para su milpita y su hortaliza. No me vas a creer: ¡Les propuse tener una escuelita pero lo rechazaron!
La jovencita no quedó del todo convencida. Por el contraste y sobretodo porque en veinte años de vivir en la Capital, jamás se hubiera imaginado que podía existir tanta miseria con ese olor insoportable. Sin embargo se acostumbró a la idea: cada uno en su mundo tal como le gusta. Y esa gente ni hablaba español o con dificultad, entonces... En sus momentos de sinceridad o de capricho, pensaba que al fin y al cabo no era desagradable ser la Doña de la finca. También no podía olvidar lo que había pasado en esa primera visita a Las Lomas del Norte.
Ya era de noche. Habían cenado a la luz de candelas. Carolina no se recordaba que habían comido pero si le quedo grabado en el olfato el agradable perfume del ocote. Ahora estaban conversando sentados en el salón mirando el fuego de chimenea, solo ella y ese hombre que tenia de esposo. Se asustó cuando llegaron las primeras contracciones y se puso a llorar. El la abrazó explicándole que era todavía muy temprano para dar luz. ¿Muy temprano? ¿La hora? ¿El día? ¿El año? ¿Qué estaba diciendo ese idiota? Así paso una y otra vez. Carolina ya no aguantaba el dolor y el pánico. Trataba guardar la calma pero ya no aguantaba. Más que todo la cara de estúpido del marido que hablaba como que se la sabía todo. ¡No hacia ni miércoles porque ni entendía lo que estaba pasando! Carolina se puso a gritar:
- Pero ¿vas a hacer algo a me vas a dejar así como una miserable?
Don José Luis Gramajo López salió corriendo y regresó después de una eternidad con dos mujeres del pueblito.
- Son comadronas, te van a ayudar. No te preocupes, ya lo hicieron centenares de veces.
Carolina gemía entre susto y cólera. Se recordaba la visita a la clínica de la Capital donde estaba previsto su parto, tan reconfortante. Las dos viejas pusieron candelas de varios colores por doquier. Mientras una estaba farfullando tirando un polvo en el fuego de la chimenea, la otra hablaba con Carolina acariciándole la frente. ¿Qué le susurraba esa desconocida? ¿Y porque esas incautaciones? El pánico aumento. ¿Dónde estaban los dos mundos juntos pero separados? El otro mundo acababa irrumpir en su vida en el peor momento. Las dos señoras hacían gestos, mimando como tenia Carolina que respirar. No entendía ni una palabra de las dos mujeres, tampoco lo que comentaban entre ellas. Una palpó su vientre enorme y repitió una palabra varias veces a su marido:
- Dice que es una hembra, tradujo.
- ¿Dónde estoy? pensó Carolina ¿Cómo lo puede saber ella? Quiero estar en la clínica, no entre esas brujas.
Casi se desmayó cuando escuchó el pequeño grito. Era una niña. En el mismo instante, Carolina decidió llamarla Dolores. Su esposo, el padre, estaba de acuerdo.
Hoy, Dolores tenía trece años y era una joven fuerte y hermosa. Nunca se enfermaba y era estudiosa, tranquila. En casa o en las fincas, no tenía dificultad para ligarse con los demás niños. Sin embargo, cada vez que la veía jugando con sus niños de ellos, Carolina se recordaba con inquietud de la comadrona echando polvo en el fuego. Luego se tranquilizaba rápidamente imaginándose que por ese misterioso rito, cuando se cruzaron los dos mundos en una noche de dolor y de esperanza, tal vez por eso Dolores era tan perfecta.
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