Dio otra y otra vuelta en la cama pero imposible dormir más. No por unas cheves nocturnas ¿Qué te vas a imaginar? Tampoco por el tiroteo que les regalaron como postre. Si no dormiría por los balazos que se recibió en la vida, este Marco ya se hubiera ganado el Guiness del insomnio. La molestia venia de un vecino brincando con láminas, dándole y dándole con su pinche martillo. Siempre lo hacen el sábado o el domingo. No queda claro si es para que todos sepan que un buen padre de familia tiene que chapucear el fin de semana, a horas tempranas, claro ¿sino para qué? O es que más tarde tienen muchas cosas que hacer como sentarse a mirar el partido, uno con su lirio, otro con su octavito que saca discretamente de debajo de la caja de herramientas mientras la Seño se fue a misa con la marimba de güiros. Así que Marco se levantó de bastante mal humor. No le convenía. Tenía que calmarse, concentrarse sobre los últimos eventos.
Tomando su expreso, una mezcla de café de Cobán, de Huehue y de Fraijanes acompañado de unas champurradas ya no muy frescas, le echo un vistazo a la prensa que le había dejado Ana Beatriz, su muchacha, en la mesa de la cocina. Bueno, muchacha para decirlo así porque seguro que era la única domestica criolla de todo el país, sabiendo que la mayoría de las llamadas muchachas son patojas menores de edad de aldeas indígenas, cuya necesidad e ingenuidad permite explotarles a fondo. A sus empleadores, muchos de ellos mestizos medio urbanizados y no tan fichudos, les permite creérsela, monos de la oligarquía que pueden así desahogar sus frustraciones sociales sobre más gafo y marginalizado que ellos mismos. Ana Beatriz era sobrina de un antiguo alcalde capitalino, canche de oclayos azules, quien se sentía más vasco que chapín. Cuando supo que la chava estaba adicta a la cocaína ¿con tanto pisto y aburrimiento, quien no lo hubiera estado? este hijo de conquistador no tuvo mejor idea que dar la consigna a toda la familia de no conocer ni reconocer a la joven ni cruzándola en la calle. Por pura chiripa, se encontraron ella con Marco en una panadería de la zona 10: nácar de amor eterno, nada de sexo casual, solo limpiar el pequeño apartamento dos veces a la semana, y dejar la prensa cuando pasaba ella cada mañana para ir en otra casa vecina a cuidar niños.
Nada novedoso, siempre los mismos temas de siempre: el espectro de la inseguridad y sus cadáveres salpicados por toda la bendita Nación, los últimos casos de corrupción descubiertos por casualidad o por denuncia de un rival (raras veces por investigación de los servicios oficiales encargados), y el anuncio del próximo huracán, Johnny. Los gringos le dieron nombre en inglés al pendejo, algo excepcional. ¿Será que les acusaron de demagogia por darles nombre en español a esas tormentas que no se cansan de cruzar el Caribe y América Central a lo largo del año?
-¿Por qué no darles nombres africanos con todo lo que tuvo que aguantarse la gente de la Nueva Orleans? se preguntó Marco.
Agarró su cuadernito de apuntes para empezar a poner en orden sus ideas en cuanto a su nuevo trabajo cuando una foto en la portada de Prensa Libre llamó su atención. Abajo de la ilustración, la leyenda decía: “Destrucción de 332 kilos de cocaína decomisada en Cobán.” Se veía una gran fogata con representantes del Gobierno asistiendo al evento. Era espectacular el cliché por ser tomado de noche. Sin embargo, a pesar de la obscuridad, se distinguía bien los rostros de los participantes: el representante del Ministerio Publico en Cobán, el Jefe de la Policía Nacional Civil, el Jefe del Departamento de lucha contra los narcóticos de la misma policía y un cuarto personaje un poco atrás identificado como “el señor José Luis Gramajo López, propietario de la finca Las Lomas del Norte”. Igualito como cuando recibió Marco en su salón tres días antes en su elegante casona de La Cañada en la Capital, el Don vestía ropa italiana hecha sobre medida que disimulaba sutilmente una muy fuerte corpulencia. Intrigado, se puso a leer el artículo.
Afirmaba que “según un trabajador, el administrador de la finca Las Lomas del Norte, Alfredo Pop Choc, desde hace varios meses autorizaba aterrizajes en la propiedad contra retribución de los traficantes. Parece que hubo un desacuerdo entre ellos sobre la suma que recibía y que por esa razón denunció la presencia de los narcos en la zona al dueño de la finca, José Luis Gramajo López. Ese último informó a las autoridades, quienes allanaron el lugar en la noche de viernes a sábado. En la casa del propietario encontraron los cuerpos de su esposa y del administrador. La señora de Gramajo estaba de descanso durante esos días en la finca. Los dos cadáveres mostraban claras evidencias de tortura.”
En una declaración, el Jefe de la Policía indicaba que “Sobre insistencia del mismo señor José Luis Gramajo López, nos acompaño en el allanamiento. Estaba cuando entramos en la casa. Es una pena.” Por si el lector no había bien entendido, el periodista insistía en que “vio todo y no hizo ninguna declaración, totalmente perturbado por el espectáculo de los cadáveres de su esposa y del administrador, más que todo de su ser querido”.
- ¿Que mierda es eso? pensó Marco. Un tipo lo contrata el miércoles para averiguar si no usan sus fincas para narcotráfico y matan a su esposa y su administrador el día siguiente, unas horas antes de que las autoridades descubren los cuerpos y una montaña de cocaína.
Ahora sí, empezaba el dolor de ñola.
Trató imaginarse a José Luis Gramajo López, como se sentía. ¿Estaba todavía en Cobán, en otro lugar consolando familiares o ya de regreso por helicóptero en la Capital, en La Cañada, donde vivían sus hijas? Se recordó de la llamada telefónica:
- ¿Usted es Don Marco?
- Si, el mismo.
- Aquí le habla Haroldo Hernández Herrera. Lo llamo por parte del señor José Luis Gramajo López, de Cobán, a quien lo recomendaron a usted como un excelente profesional.
- Le agradezco el cumplido. ¿En qué les puedo servir?
- Mire, Don Marco, el señor Gramajo López le propone un encuentro en su casa de la Capital el día miércoles, si es que usted seria disponible. Se encuentra en zona 14, La Cañada ¿conoce usted?
- Sí, claro.
- ¿Tiene para apuntar? Cuarta calle, 7-74.
- Muy bien ¿A qué hora?
- Después de mediodía, a la hora que le conviene mejor a ustedes.
- Digamos a las 13:30 de la tarde ¿Le parece?
- Perfecto. Lo esperamos entonces.
Y este Haroldo Hernández Herrera colgó sin más comentarios ni las habituales salutaciones de cortesía entre gente que no se conoce.
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