La Triple N (+c)


NEO porque suena asi como que de moda

NOVELA porque a la gente le encanta las historias

NEGRA porque si no te ries te queda solo llorar

chapina, ni mas ni menos

Como que nunca llegó la primavera este año - 22

Fue por pura chiripa. Era mediodía, estaba observando los dos mecánicos, Luis y Gualberto, peleándose con un motor de secadora, siempre el mismo parece, que no quería arrancar. María les trajo su almuerzo porque:
- Es un hábito que tenemos los dos, almorzar donde las maquinas, las queremos mucho, se río Luis.
Le propusieron a Marco compartir  la comida:
- Así, informal, dijo Luis.
Aceptó, era una oportunidad para conversar con ellos dos y conocer a Gualberto quien era, al contrario de su colega, poco comunicativo. No decía más de un palabra por hora salvo cuando s trataba de cuestiones mecánicas, pero sin embargo fue él que hizo la pregunta:
-     ¿Usted está aquí por lo que paso?
- ¿Lo que paso? preguntó Marco con cara de inocente.
- El doble asesinato, precisó Luis. Desde que habían empezado a cotorrear, siempre terminaba las conversaciones lanzadas por Gualberto, las raras veces que se le ocurría lanzar una.
- No estoy aquí para eso, ustedes lo saben muy bien, pero pónganse en mis botas: no es todos los días que llegó en un lugar donde se cometieron dos crímenes poco antes de mi llegada. ¿Ustedes estaban, así es?
- Pues sí, susurró Gualberto, mala pata la nuestra.
- Y fue de noche, si entendí bien… se atrevió Marco.
- Medianoche, dijo Luis.
- Antes, lo contradijo Gualberto, ni eran las 11:00 porque a esa hora tengo que tomar mi medicina.
- Tu tisana de bruja, se río Luis. Tienes razón, fue antes de las 11:00, alguien gritando. Pero yo pensaba que era afuera, cerca la entrada.
- Pero funciona, fíjate, ya no me duele la barriga cada vez que como algo, dijo Gualberto. Yo escuché solo un grito pero saber de dónde venía.
- Pero saliste primero, vos, shute que sos.
- Es que cuando tengo miedo, mejor me meto sino más miedo tengo, vos.
- Así que el más tímido no es siempre el cobarde de servicio, pensó Marco.
- Cuando saliste, a mi más miedo me dio, fíjate, vos, reconoció Luis.
- ¡Fíjate, cuando salí, la vieja ya se iba como que de nada a ver qué estaba pasando!
- ¿La María? pregunto Luis.
- Pues sí.
- Si, me di cuenta, tiene huevos la vieja, cuando entramos ahí, ni se asustó, es que no creas, hay mujeres que tienen más huevos que los hombres, vos, declaró Luis como que ya se lo sabía a pesar de cuanto sorprendente podía ser lo que acababa afirmar.
- ¡Puchis! ¿Ustedes entraron primero ahí? preguntó Marco.
- No, no, ya estaban Guillermo y Juan Francisco, temblando como la gran puta con sus rifles en la mano, respondió Luis. Sangre por todas partes, y la Margarita echando la momia, mira, ya se me fue el apetito, mano, cambiamos de tema.
- A mi también, mejor voy a dar un paseo, señores, dijo Marco. Se levanto y se fue a pasear, pensando que no había aprendido más de lo que ya sabía.


Marco salió del casco. Se preguntó si TripleH estaba todavía tratando recuperar un poco de lucidez en su cama o saber dónde. Avisó a los guachimanes que iba a dar unos pasos por el pueblito. Cuando entró ahí, una manada de niños dieron vueltas alrededor, gritando en k’ekchi’, riéndose. Una vez más, le choqueó los pies desnudos de los güiros. Pensó en las hijas de Don José Luis Gramajo López, comparación fácil pero real. Todas las champas tenían su puerta abierta. A fuera estaban gente platicando, sentados frente las casas, grupitos de hombres o de mujeres. Un señor lo llamó desde lejos:
- Don Marco, por favor ¿le apetece un cafecito?
Se acercó. El hombre tenía seguramente más de sesenta años, con pelo todavía bien oscuro pero un rostro que había atravesado mucho tiempo. Los demás hombres sentados con él en el suelo tenían más o menos la misma edad, también marcados por la edad.
- ¿Con mucho azúcar? Por hábito, iba a responder solo café con café pero mirando el líquido pálido, cambio de opinión:
- Si, por favor, con mucho azúcar. ¿Cómo puede ser que tomen eso cuando trabajan en un beneficio de café? Se recordó que la más pequeña máquina para hacer expresos vale mínimo sus mil dólares y que él mismo nunca había logrado comprar una. Me perdonan que no hablo k’ekchi’, se disculpó.
- No se preocupe, todos hablamos la castilla, los que estamos aquí, respondió el anciano.
- ¡Qué bien! lo dije porque en la finca hay una señora que no lo habla.
- Doña María, si, pocas mujeres lo hablan en nuestras aldeas, comentó otro señor fumando tabaco envuelto en una hoja de papel grueso. Frente la expresión interrogativa de Marco, agregó: es que los k’ekchies, no nos gusta que la esposa hable español, somos celosos.
Los demás se rieron mientras uno de ellos le ofrecía una taza de café a Marco.
- ¿Dónde aprendieron el español, pues? cuestionó Marco.
Le respondió el señor que lo había invitado:
- Es que nos somos de aquí, venimos de Cahabon. Cuando hubo el conflicto, nos cambiaron de lugar, nos organizaron en patrullas y ahí nos obligaron a aprender la castilla, a los hombres.
- ¿Los militares, dice usted?
- Si, los militares. Decían que era para nuestro bien, por la guerrilla que andaba donde vivíamos. Nos regalaron casas con agua y luz, nos dieron apoyo de abono para los cultivos. Nosotros teníamos que estar en la patrulla y aprender la castilla. Luego, nos trasladaron aquí, en Las Lomas del Norte.
Marco tomó un poco de su café con azúcar, más bien su azúcar con café, observó a los cuatro ancianos antes de hacer su comentario:
- Tengo entendido que ustedes ya saben todo de mi, por eso me permitió preguntarles a ustedes sobre esas cosas…
Se rieron otra vez.
- Así es, dijo uno, el lugar es pequeño y somos pocos. ¡Cuando llega un extranjero es un evento nacional para nosotros!
Marco se puso a reír también:
- Pasa lo mismo que sea gringo o capitalino, me parece.
- Pues sí, no es de aquí.
- ¿Y cuántas familias viven aquí? interrogo Marco.
- Pocas, respondió otro, como cuarenta, unas no quisieron pasarse aquí.


De nuevo, Marco, comiéndose una uña, miró los rostros de los cuatro señores. Lo hubiera apostado: ya sabían que iba a preguntar:
- ¿Ustedes saben lo que paso aquí antes de que lleguen?
- Claro, aquí, y no solo aquí, mataron a mucha gente por todas partes. Nosotros tuvimos suerte. Pero cada familia aquí tiene un tío, un primo, un familiar que se fue a vivir en otra comunidad y que mataron.
- Y ahora viven tranquillos, dijo Marco. Apenas terminó su frase que se dio cuenta de su torpeza.
- Tranquillos, hasta hace unos días, puntuó un señor con cara seria. Ahora, estamos otra vez con miedo y tristeza.
- Entiendo, dijo Marco, entiendo, es normal. ¿Pero ustedes no tienen nada que ver, no?
- Todo tiene que ver con todo, Don Marco. La señora era muy amiga con nuestra gente, seguimos viviendo aquí.
Se arrepintió Marco de cómo había abordado el tema. Se dieron cuenta:
- Mire, retomó la palabra el hombre con rostro severo, muchos se mancharon las manos en el conflicto, no les gustaría que les recuerdan lo que hicieron.
Marco decidió quedarse callado. De repente, apareció corriendo una joven, pero Marco no entendía de qué estaba hablando. Los cuatro señores se levantaron:
- Con permiso, Don Marco, es que tenemos que acudir con un señor que tiene graves problemas de salud.
- Si puedo ayudar en algo… comentó Marco.
- Muy fino de su parte, Don Marco, con permiso.
Sin insistir, Marco se levantó, les agradeció y volvió a la finca, preguntándose de quien podría tener las manos sucios aquí.

Tomó el camino para el casco de la finca, cuando vio Gualberto sentado en la orilla, bajo los árboles, fumando un cigarro.
- Don Marco ¿tiene unos minutos?
- Claro, todo el tiempo del mundo, sonrió Marco, sentándose a la par del guardián, entre el monte.
- Mire, Don Marco, solo unas palabras.
- Lo escucho.
- No soy de aquí, pero aquí, en el pasado, antes que lleguemos con nuestras familias, aquí pasaron cosas feas, usted ya sabe de eso.
- Si, varias personas me contaron.
- Bueno, entonces hay gente, aquí, que estuvo en esos tiempos feos ¿me entiende?
- Claro, me imagino ya estaba…
- No, no, nada de nombres y apellidos, usted lo tiene que pensar, lo interrumpió Gualberto que ya se ponía de pie.
- ¿Y porque tengo que pensarlo, Gualberto? preguntó Marco molesto de como el guardián manejaba la conversación ¿Usted me está amenazando?
- Por nada, pero se entiende que usted está aquí no solo como… arquitecto, digamos. Lo que le digo, es que aquí hay personas que no tienen la conciencia tranquilla y que si hay algo que aprendimos por toda esa sangre que se derramó durante el conflicto, es que cuando se derrama sangre es porque hay personas que no tienen la conciencia tranquila.
- Entiendo que un administrador, por su trabajo, puede tener que esconder cosas pero la esposa del…
El guardián le corto la palabra por segunda vez:
-  Lo que le dije, personas que no tienen la conciencia limpia.
Cuando termino pronunciar esas palabras, ya se había ido.
-  Bueno, no es tan tímido como parece, pensó Marco.

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