Era sábado. En la finca quedaba uno de los guardianes, Juan Francisco Chub Caal, y Guillermo llegaría el domingo en reemplazo de él. De igual manera, María Toc Cab estaba mientras le tocaría a Margarita Chub Caal llegar a trabajar el domingo. Los demás se tomaban los dos días. En cuanto a TripleH, según él, se iba a pasar el día revisando alambradas de la colindancia con los Wohlers. No le hubiera sorprendido que vuelva a gatas por la noche del domingo de una jáquima con un conocido de la zona. Así que estaba solo Juan Francisco con quien se podía conversar en español. Cuando se despertó Marco, ya eran las 9:00. Había dormido como un bendito, por el cansancio que le había causado la caminata del día anterior. Finalmente ya era de noche cuando llegaron de regreso a la finca. Se recordaba haber tenido una pesadilla donde aparecía el tan simpático Don Vicente quien le estaba explicando todo, pero él no entendía nada.
Se instaló en la cocina para desayunar. La señora María estaba preparando chirmol cobanero, un sabroso pepián y un flan de moras para el almuerzo. Haciéndose el niño, Marco puso la punta del índice en el chirmol para probarlo. Se quedo paralizado, se puso rojo, empezó a llorar y luego a toser. No entendía lo que le estaba diciendo la viejita en k’ekchi’ pero estaba muerta de la risa. Mientras se tomaba su café con huevos revueltos y frijol con queso fresco, le vino la idea descabellada de hablar por sí mismo a voz alta:
- Marco, me diría mi mami ¿a qué te fuiste a meter ahí, mijo? ¿Quién, yo? Pues a ganarme la vida, pues. Y no me quejo, estoy en un lugar agradable, descansando del estrés capitalino. Como muy rico, duermo todo lo que puedo ¡incluso hago ejercicio, caminando en la montaña, respirando aire puro! Encontré unas novelas policiacas gringas, así que puedo repasar mi inglés que había perdido de vista desde la secundaria. Ninguna razón para quejarse, pues. Claro, no tengo cuates aquí pero ¿quién sabe? quizás tendré unos, solo me falta encontrarlos. ¿Una mujer? Te digo: ¿Quién sabe?
Se río, dio una mirada a María. La señora se dio cuenta que lo estaba mirando, le sonrió y volvió al arte de sus ollas. Siguió el investigador solitario:
- A parte de eso ¿el motivo de mi estancia aquí? Pues, confirmar lo que todos pretenden en cuanto a quien asesinó a esa pobre mujer y su administrador. A primera vista, no hay duda. Pues, si hay. Todos los expertos con quienes hable del tema tienen la duda también. Pero nadie propone otra versión, la verdad. Aquí mismo, no tuve todavía verdaderamente el tiempo entrevistar gente. ¡Y la mayoría no hablan español y no sé ni una palabra de k’ekchi’! Claro, la pregunta es ¿lo sabia el cliente eso? Claro que lo sabía. ¿Entonces, Señor Detective? Entonces, tengo un mal pálpito, y más después de conversar con Don Vicente. No tengo otra tesis en la mente, solo esa mala impresión que me confirmo el viejo de la montaña. Mucha confusión para mí en lo que contó pero otra vez la misma mala impresión, como que habrá otra manera de mirar los acontecimientos pero me falta los oclavios para entrarle.
A ese punto de su monologo, le vino una duda sobre María. Le dio de nuevo un vistazo: la señora seguía con la nariz en sus ollas fumando. Cuando volvió a su desayuno, se dio cuenta que alguien estaba de pie en el umbral de la puerta, un hombre joven, con un rifle en la mano. Marco se arrepintió confiar tanto en la tranquilidad de su fin de semana campestre. Andaba sin su pistola. El desconocido realizó el malentendido y dijo rápidamente:
- Perdone, Don Marco, soy Juan Francisco Chub Caal.
- ¿Quién?
- Juan Francisco Chub Caal, el guardián, uno de los guardianes. Trabajo con Guillermo con quien fueron ayer a visitar al anciano de arriba.
- ¡Ah, que bien, claro! Por favor, siéntese ¿ya desayunó?
- Ya, ya, muchas gracias, respondió Juan Francisco tomando asiento.
Se preguntó Marco desde cuanto tiempo estaba este hombre a la entrada de la cocina. ¿Había escuchado sus comentarios, todos, los últimos, ningún? Mejor ir de una vez al grano, entonces:
- Así que a usted le toca el sábado…
- Si, y la próxima semana el domingo, luego el sábado, así vamos con Guillermo. Los demás días, estamos siempre los dos.
- No me avanza mucho eso, pensó Marco, sino que estaban los dos el sábado chiquito del doble asesinato. ¿Cuántos años tiene usted? preguntó.
- Veinticuatro cumplidos.
- ¿Y desde cuando trabaja aquí usted?
- Cuatro años al fin de este mes.
- ¿Y de donde es usted? Haciendo la pregunta, el detective se dio cuenta de su torpeza.
- De aquí, del pueblito aquí, respondió Juan Francisco, sorprendido por tantas preguntas.
- Perdóneme, Juan Francisco, no es que todos los arquitectos tengamos así tanta curiosidad pero hoy me siento un poco… Dejó a propósito el resto de su frase suspendido en el aire.
- ¿Y qué? preguntó el guardián, a su vez curioso.
- Pues, usted, sabe, lo que paso aquí, poco antes de mi llegada…
- Si, que feo. Dos personas buena gente. Bien agradable la Seño Caro y este Alfredo, nunca tuve ningún lio, muy buena gente los dos, la verdad.
- ¿La Seño Caro?
- La Señora Carolina, pero todos le decían Seño Caro porque era más como amiga de todos que como la mujer del patrón, la verdad.
- Entiendo, entiendo. Pero este Alfredo ¿cómo era de apellido?
- Pop Choc, Alfredo Popo Choc.
- Pues, este señor, dicen que estaba metido en asuntos ilegales.
- ¿Usted habla de las acusaciones del periódico como que el andaba con el narco, dice usted?
- Pues sí, lo que he leído como usted.
- ¡Puras mentiras! gritó Juan Francisco.
- ¡Mierda! pensó Marco, yo me temía que me iba a aburrir este fin de semana, olvídalo… Qué bien. O qué mal, no sé todavía. Pero lo dice la prenso, alguien de aquí lo dijo en su testimonio, insistió.
- ¡Puras babosadas, le digo! ¿Qué tiene que ver el narco aquí? Sé que anda por todos lados en el departamento. ¿Pero aquí, que tiene que ver?
- Otro, y ni necesita analizar mapas, le parece evidente que aquí ¿para que vendría meterse esa gente? pensó Marco. Sin embargo agregó: dicen que encontraron no sé cuantos kilos de droga…
- Pero eso fue en una finca de Pancos, no aquí, dijo el guardián.
Se quedó mudo Marco. De hecho, no tenía respuesta. ¿Me permite? Regreso…
- Propio… respondió el guardián.
Marco se fue casi corriendo a su habitación. Encontró el recorte de prensa en el expediente del caso. A ver, con calma: la fotografía, ok, con José Luis Gramajo López. La leyenda de la foto: Destrucción de los 332 kilos de cocaína decomisada en Cobán. ¿Cobán? ¿La ciudad? ¿En el departamento de Cobán? No precisan. Ok. El representante del Ministerio Publico…blablablá… el señor José Luis Gramajo López, propietario de la finca Las Lomas del Norte, ok. A ver, el articulo: blablablá, aquí esta, Alfredo Pop Choc, tenía varios meses autorizando aterrizajes, blablablá… hubo un desacuerdo entre ello, ok, denuncio la presencia de los narcos en la zona al dueño de la finca, José Luis Gramajo López. Aquí esta: Ese último informó a las autoridades, quienes allanaron el lugar en la noche de viernes a sábado. En la casa del dueño encontraron los cuerpos de su esposa y del Administrador. La Señora de Gramajo estaba de descanso en esos días en la finca. Los dos cadáveres mostraban claras evidencias de tortura.
- ¡Puta madre! gritó Marco ¡nadie dijo que encontraron esos 332 kilos aquí! ¿O lo dijo Gramajo López cuando conversamos en la Capital? No lo afirmó así, a secas, lo insinuó, no, me dejo pensarlo, mejor dicho.
Volvió a la cocina donde estaban conversando en k’ekchi’ Juan Francisco con María:
- Lastima usted no entiende k’ekchi’, Don Marco, María se lo puede confirmar, aquí nunca hubo nada de narcotráfico, le dijo el guardián.
- Lo creo, lo creo, Juan Francisco, ustedes saben seguramente mejor que las mentiras de la prensa, no se puede confiar en esa gente, la verdad.
- Bueno, si me permite, tengo que regresar a mi puesto.
- Que tenga un buen día, respondió Marco.
El pepián del almuerzo fue una delicia. Pero le quedo en el gaznate a Marco. La mala impresión se había vuelto una muy mala impresión. La de ser un estúpido de primera.
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