Después de despedirse de la familia Coy, habían buscado y encontrado un hotel, es decir el único hotel con tres estrellas de Senahú. Se llamaba Hotel de Senahú, con tres estrellas en la fachada pero brillaban solo dos, y no había otro, imposible confundirse. Se entendía la generosidad del Sub: no había manera gastar millones en un rincón del mundo como este, salvo tirando doblones en la fuente pintada de azul celeste de la placita central para que se realicen deseos. Los inspectores Martin Tista Rodas y Carmen Guzmán Cordón andaban de civil y tenían como consigna no ponerse en contacto con los colegas locales. Tenían entendido que el estatuto de en este municipio era algo precario. Habían ocurrido linchamientos de ladrones y secuestradores, y varios policías habían escapado de ser también quemados, acusados de complicidad con los criminales. Frente a la demanda reiterada de los vecinos, y seguro que el linchamiento del Juez de Paz incidió en esa decisión, la PNC había finalmente decido cerrar sus oficinas en Senahú. Sin embargo, a la solicitud de los mismos vecinos, hace solo dos meses se había abierto de nuevo una estación de la Policía para proteger a la población de las exacciones del narcotráfico:
- Esos colegas caminan sobre huevos, entonces mejor no complicarles más la vida, había explicado el Sub, asegurándoles que el Jefe de la estación estaba al tanto de su llegada pero sin saber más de lo estricto necesario en cuanto a la presencia de dos inspectores de la SGIC en su territorio.
De hecho no sabía ni miércoles. Oficialmente, los dos eran funcionarios en descanso. Si podían evitar precisar funcionarios de que, mejor.
- Resumiendo la situación, dijo Martin con tono deprimido: no podemos decir nácar, no podemos hablar con nadie, y no podemos llegar donde está este Marco.
- ¡Vamos a pasear entonces! trató animarlo Carmen.
- Si tengo ganas de ir a chompipear, me llevó la familia al Puerto, respondió el inspector.
- ¿Prefieres quedarte aquí en el hotel de día y de noche, haciendo la cuenta de las pulgas? preguntó la inspectora.
- Tampoco, tampoco…
- ¿Entonces?
- ¡Vamos a pasear, pues! dijo Martin con falso entusiasmo.
Llegaron a la famosa fuente del matrimonio. A la pregunta de por qué se llama así, una señora vendiendo licuados en la plaza les explicó:
- Si toma su agua o se baña ahí, a los pocos días uno termina casándose. Es inevitable, insistió la vendedora.
- ¿Hay gente que lo hace a propósito, entonces? pregunto Carmen.
- ¿Cómo así?
- Buscando pareja… precisó Martin.
- ¡Ay no! se rió la locataria. Es que la fuente no hace la diferencia…
- ¿La diferencia?, cuestiono Carmen.
- La diferencia entre hombres y mujeres, así que si usted se baña en esa fuente, se casara pronto pero depende de la guasa: puede ser hombre… o mujer.
- ¡Vaya suerte! A mí no me importa, ya soy casado, afirmó Martin, riéndose. Hasta en sus leyendas, nuestro país es homófobo, pensó, que lastima.
- Nunca se sabe, señor, nunca se sabe, concluyó la vendedora.
Luego subieron un sin fin de gradas para llegar a la iglesia. Con las aberturas de sus dos torres a través las cuales se puede ver las nubes pasando atrás, se parecía a un decorado de teatro, según Carmen. Quedaron un momento observando los vaivenes de la gente en el mercado antes de ir a sentarse en un lugarcito donde pidieron dos cheves. Pensaban recoger rumores sobre los acontecimientos de Las Lomas del Norte, uno u otro chisme sobre un capitalino que hubiera llegado ahí. ¡Pero toda la gente hablaba k’ekchi’! Se tomaron otra chela, y otra. Finalmente decidieron volver al hotel a mirar televisión:
- ¿Sabes que Martin?
- Dime.
- Aquí nos vamos a palmar, fíjate, de aburrimiento o… de alcoholismo, bromeó Carmen.
Ni le dio gracia a su colega.
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