No era primera vez que Marco viajaba en helicóptero. Me diría usted, nácar extraordinario en el país del mundo que tiene más helicópteros por cabeza. Más raro que sea en el mismo país de América Latina con más desnutrición infantil, según el suplemento de Prensa Libre que se había leído Marco el domingo. Quizá no es tan raro, quizá una estadística tiene que ver con la otra y eso explica todo, pensó el detective. No le gustaba el helicóptero. Muy ruidoso. Hubiera preferido el tren como se mira en las películas gringas: rápido y silencioso. No, mejor un tren que avanza despacio para que tengas el tiempo mirar a las vacas que miran pasar al tren. En helicóptero atraparías un tortícolis buscándolas, y ellas también. Pero en ese mismo país con muchos helicópteros y mucha desnutrición infantil, no hay trenes. Hubo una vez, cuando las compañías bananeras gringas necesitaban trenes para transportar su mercancía. Un Gobierno les construyó el ferrocarril y lo usaron. Otro Gobierno les quitó unos terrenitos de lo mucho que tenían, se enojaron, provocaron un golpe de Estado. Cayó ese Gobierno, vino otro pero ya no necesitaban trenes esas compañías. De pequeño, Marco escuchaba su padre farfullando:
- Republica bananera, republica bananera, como que existiría también republicas manzaneras, piñaneras o aguacateras… No, solo bananeras y cabal nos toco ¡qué vergüenza, cariño, qué vergüenza! le repetía regularmente a su esposa. Pero no entendía Marco, quien estaba precisamente en el periodo donde uno se pregunta si las sandias y los espaguetis crecen en arboles. Sí, se recordaba de niño cuando su padre lo llevaba de vez en cuando el fin de semana en carro a la capirucha en la casa de una prima suya. Cruzaban rieles y cada vez le hacia la misma broma, como entrando en pánico con el timón del automóvil:
- ¡Mierda, mierda, viene el pinche tren!
Hasta el punto que a Marco le hubiera gustado mucho que llegue ese tren fantasma para ver, por fin, que cara tenía el monstruo de metal.
La verdad, estaba un poco confundido el detective. Don Gramajo había insistido para que salga al chilazo a Las Lomas del Norte. Entre su regreso de la reunión con el finquero y su salida para presentarse en La Aurora para salir con el helicóptero, apenas tuvo tiempo para prepararse. ¿Por qué tanta prisa? ¿No era más hábil dejar pasar unos días antes de que llegue en el lugar del crimen un señor que iba a estudiar la remodelación del casco de la finca? Pero Don Gramajo se cerró, no quiso saber más del tema. No lograba darle color al finquero. Y no es que había perdido sus capacidades de razonamiento. La prueba es que le había impuesto TripleH como acompañante. Marco sabía perfectamente lo que significaba una decisión como esta: tendría encima los oclayos y las orejas del boss a cada paso de su investigación. Pero parece que el finquero había tomado en cuenta todas esas condiciones ligeramente desagradables en su nueva propuesta económica, como la llamaba él. Con tantos hoyos en la flauta, difícil rechazarla…
Como el piloto del helicóptero hablaba solo inglés, Marco decidió aprovecharse para aclarar de una vez su relación de trabajo con TripleH:
- ¿Me escucha? murmuró en el micro.
- 5 de 5, Don Marco.
- ¡5 de 5! ¿Es ex chafarote o vio demasiado películas de acción, este? se preguntó Marco. Mire… ¿cómo quiere que lo llame en nuestra relación de trabajo?
- TripleH, todos así me llaman...
- Bueno, mire TripleH, tengo un buen amigo en la PNC en Cobán. Voy a tratar hablar con él hoy mismo antes de que vayamos a la finca. A ver si él no me puede dar más información y quizás otros contactos interesantes. Quedemos la noche en Cobán y mañana vamos a Las Lomas del Norte. ¿Qué le parece?
- Usted me dice, Don Marco. Una amistad del boss tiene un buen hotel en el centro.
- ¿En el mero centro? preguntó Marco para ganar tiempo. Se imaginaba TripleH haciendo su reporte: “Encontró unos contactos suyos y nos quedamos en la posada de su amigo tal…” Así tenía que avanzar, de manera equilibrada, una concesión para él, una para el boss. Así no habrá líos.
- Si, a dos pasos de la plaza central.
- Muy bien, entonces ahí nos quedamos para la noche. Gracias por la sugerencia, TripleH.
- De nada, Don Marco. Ahorita llamo a este señor para avisarlo de nuestra llegada.
- ¿Será que este baboso baila tanto al son que le toquen? Se preguntó el detective.
El viaje fue tan corto con esa máquina infernal que Marco ni tuvo el tiempo de medir cuanto tiempo tardaron. Sobrevolaron la región de Salamá, se parecía cada vez más a un desierto. La pinche deforestación, refunfuño. No está claro eso. Unos dicen que son los indígenas quienes roban la madera donde la encuentran para su hogar, cocinar. Otros dicen que son los traficantes con tala ilegal en complicidad con autoridades locales, policías. El resto dice que son los dos. Seguro, son los dos, pensó Marco. Pero si se entiende lo complicado de prohibirle hacer leña a pobre gente que no tiene suficientes recursos para comprar gas o electricidad ¿será tan difícil identificar las mafias que nos quitan el oxigeno y contribuyen a causar desastres naturales? Reflexionando sobre el tema, se dio cuenta que ya estaban aterrizando en la pista de Cobán.
Saliendo de la nave, lo agarró un frio húmedo, el peor, que se infiltra en los huesos. Miró su washa otra vez: claro ¡son solo las 8:00 y pico de la mañana! Más al Norte, las nubes estaban todavía asentadas en la Sierra de Chama. Sin embargo, ya se estaban preparando dos avionetas de fortuna para Ixcán, a la punta norte del Quiché. Marco había escuchado de esos pilotos locos, la mayoría ex miembros del Ejército, quienes manejaban bolígrafos y con sobrecarga de mercancía o… de pasajeros. Se contaba que se caía por lo menos una avioneta al año entre Cobán y Cantabal. Les esperaba un chofer del hotel con un 4x4.
La Posada de Doña Esmeralda era un simpático hotel estilo colonial de una quincena de habitaciones dando todas sobre un patio invadido de orquídeas y guacamayos con su plumaje multicolor y su habladuría. Uno de ellos tenía la particularidad imitar perfectamente la risa humana. Mientras llenaba el formulario de entrada, Marco dio dos veces la vuelta de golpe pero no había nadie. TripleH pelaba la mazorca:
- De noche, es peor, dijo, pero es cuestión de acostumbrarse. Este animal es mejor guardián que cualquier perro.
El recepcionista confirmó de un signo de la cabeza para mostrar que compartía esa opinión altamente científica.
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