La Triple N (+c)


NEO porque suena asi como que de moda

NOVELA porque a la gente le encanta las historias

NEGRA porque si no te ries te queda solo llorar

chapina, ni mas ni menos

Como que nunca llegó la primavera este año - 34

Un viento con sabor a sal agitaba el potrero. Iba a llover, enormes nubes negras amontonándose arriba de las montañas. Cuervos gritando histéricamente bailaban alrededor de una ceiba. Nunca le gustaron los cuervos a Marco, no por ese color tan oscuro que tiene reflejos azules sino esa mirada penetrante que tienen, penetrante e inexpresiva. Sin embargo, se acercó, por curiosidad.
- Con cuidado, dijo una voz.
Marco dio la vuelta, le hacia un signo de la mano un guardián frente el portón de la finca, mejor dicho una finca porque no reconoció esa entrada. Seguía moviendo la mano el tipo, sus labios se movían pero no se oía lo que estaba gritando, algo como “¡Que le vaya bien!” Quizás. Ya había llegado como a unos treinta metros del árbol. Esos animales con sus gritos estridentes no eran cuervos sino como zopilotes pero con ojos amarrillos. Ni le ponían atención, ocupados que estaban de comerse los ojos de la gente ahí colgada. Por la ropa de unos cadáveres suspendidos, supo que eran indígenas, K’ekchies. Muchos K’ekchies. Una mano se puso en su brazo:
- Vámonos, Marco, aquí no hay nada bueno para ti.
- ¿Ana Beatriz, que haces aquí?
Estaba de pie, su largo pelo negro flotando, solo tenía puesto una ropa de dormir. Estaba muy pálida. Marco se asustó:
- Ana ¿Qué haces aquí? respóndeme ¿y porque andas con los pies descalzos? Te vas a enfermar.
Quiso tomarla en sus brazos pero lo rechazo, sus inmensos ojos color café oscuro siempre clavados en la nada y repitiendo otra vez:
- Vámonos, Marco, aquí no hay nada bueno para ti.
- ¿Viste lo que hicieron a esa pobre gente? ¿Quién puede merecer tal suerte?
- Vámonos, Marco, aquí no hay nada bueno para ti, repetía Ana Beatriz, temblando.
- ¿Irnos, que dices, irnos como que no paso nada? ¿Eso propones? gritó Marco.
Se puso a llorar Ana Beatriz:
- Vámonos de aquí, vánanos avisar a la gente, vámonos y les contaremos lo que hemos visto, vámonos Marco.

Caminaron hasta la salida del potrero, en el umbral del bosque, el cielo estaba totalmente negro, la luz gris, pero no llovía todavía. Marco se fijó de nuevo en los pies descalzos de Ana Beatriz:
- No entiendo, murmuraba, no entiendo.
Se quedó horas y horas la mirada pegada a los pies de la joven.
- ¿Horas, sin darme cuenta, como puede ser? Pero seguro que sí, ya estamos llegando al pueblo. ¡Ana, mira, llegamos al pueblo!
Mejor dicho un pueblo porque no reconoció esa aldea. Las calles estaban desiertas. Solo se escuchaba en lo lejano un gallo gritando con voz metálica, oxidada. Pasaron frente una capilla con sus puertas abiertas, con nada adentro, parecía un decoro de cine. Les cruzó una bicicleta pero tan rápido que no pudo ver Marco quien la montaba. Descansaron sentados en unas llantas empiladas frente un pinchazo. Ana Beatriz se puso a gemir:
- Necesito agua, siento que me voy a desmayar.
Marco la miró, con su camisola transparente, se adivinaba sus pequeños pechos, sus nalgas un poco arqueadas y bien firmes.
- ¿Será que es el lugar y el momento para pensar en eso, después de tantos años sin haberme dado cuenta? se preguntó. No te muevas, ahorita te encuentro agua.
Dio la vuelta a la esquina para encontrarse cabal en una tiendita. Había un señor en un rincón como que volando banca, pero medio agachado, no logró distinguir su cara.
- Otro bolo, pensó Marco.
En el mostrador estaban perfectamente alineadas cabezas, recién cortadas. A pesar del pelo pegado a los rostros, Marco reconoció varios: Dominique Gourbeau Velásquez ¿Qué hacia aquí, no había tomado su avión para Europa finalmente? Estaba Buey, no podía ser, lo habían matado frente sus ojos, su propio hermano sospechaba que coqueteaba con su esposa, te imaginas su propio hermano lo hizo matar ¡putos salvajes! Estaba, con los ojos abiertos, Oscar Pérez Caal, el vecino tan amable de Las Lomas del Norte. Se abrió su boca:
- Don Marco, usted ¡no entendió nada, que lastima!
- Es que es demasiado inteligente, puntuó irónicamente la cabeza cortada de Julio Chen Toc.
- No hables así, miijo, no seas grosero, lo regaño otra cabeza.
- Debe ser María Toc Cab, pensó Marco, pero era difícil identificarla por las múltiples heridas que tenía en el rostro.
- ¡Cállense, estúpidos! gritó el hombre del rincón, levantándose. Tenía una pistola en la mano y Marco no fue suficiente rápido para evitar que lo apunte en la frente, entre los dos ojos.
- ¡Triple H, el cuire de Gramajo López! ¿Estas tan bolo que no me reconoces? preguntó Marco
Solo le escupió en la cara antes de gritar más fuerte:
- ¡Claro que te reconozco, metiche, es tan buzo que a todos ustedes les metió en esa mierda, y a mí, bastante buzo que es!
Quitó el seguro del arma:
- ¡Muérete, cabron!

Marco sintió que se mojaban sus pantalones. Abrió los oclayos, le dolía la ñola. Mañana, primera hora, comprar un nuevo colchón.

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